Gadafi es un dictador de la especie de los dictadores de toda la vida, que no deja ni una pizca de libertad a sus sometidos, que no quiere oír hablar de democracia, que reprimió, torturó y mató sin contemplaciones, que sigue encarcelando y mandando reprimir sin contemplaciones a los discrepantes y que, por sin fuese poco todo este currículo, tiene detrás un brillante pasado como defensor, propulsor y promotor de actividades terroristas, algunas la mar de cruentas y todas condenables.
Algunas veces hay síntomas de que se ha reformado y ofrece pruebas de que últimamente quiere colaborar con el pernicioso Occidente que en sus años mozos combatía con tanta saña. Además, tenía y tiene bajo su control petróleo, mucho y buen petróleo, que, señores, ¿qué les voy a contar!, es una riqueza que allana caminos, propicia la vista gorda y facilita mucho, pero que mucho, echar pelillos a la mar. Por eso, la España ex quijotesca le acaba de recibir con los brazos abiertos y ni una sola voz de protesta.
El neo pragmatismo nacional funcionó con una sincronía asombrosa, ¿chapó! Primero, se desinfló el globo del derroche viendo cómo colocaba su jaima en Lisboa, donde el sátrapa Mugabe le robó la imagen de déspota extravagante y le hizo parecer normal. Luego Sarkozy, convertido en el centro universal de la intrepidez conservadora, rompió el hielo recibiéndole en el Elíseo a cambio de sustanciosos acuerdos a precio de oro, y ante semejantes ejemplos, la opinión pública española ya empezó a mirar para otra parte.
El resto fue todo, absolutamente todo, de origen e iniciativa nacional. La izquierda desunida e independentista de diferentes latitudes no dijo ni pío en contra: aunque Gadafi no es de una cuerda definida ni resulta un buen ejemplo para nadie, funge de revolucionario, y las revoluciones, aunque sean tan desafortunadas como la cubana, a los recalcitrantes de la izquierda radical siempre les merecen un respeto, como mínimo cómplice. Y en el caso de Gadafi, también. Silencio, pues, que este árabe de horca y cuchillo no es saudita ni alauita.
Con la derecha tampoco hubo problemas. Por si fuese poco el precedente francés, que seguramente no lo era, el propio Gadafi colaboró a ponerle sordina a su presencia. ¿Cómo? Pues muy fácil, invitando a cenar al matrimonio Aznar en Sevilla. Y, no menos sorprendente, el matrimonio Aznar, tan poco colaboracionista con la situación, cogió el avión y acudió al convite. Todo muy extraño, sí; tan extraño como la vida misma que nunca para de darnos sorpresas a los peatones.
En fin, que después de la cordial cena sevillana, amenizada con flamenco puro, al que en Madrid se sumaría el arte explosivo de una bailarina de apodo tan premonitorio de los tiempos que corren como es 'La Coneja', a ver quien era el guapo en las filas del Partido Popular que se apuntaba a ponerle peros a una visita que acabaría con una previsión de caja de muchos, muchos miles de millones de euros en proyectos a desarrollar en Libia por empresas españolas. Don Quijote mientras tanto, en su limbo, mientras este país de Sanchos se va convirtiendo en un centro de alumnos aventajados en el arte de ponerse las botas.





