La verdad es que a nosotros (a mí y a mis amigos), nos resultaba lejana su existencia. No es pose republicana, es que, simplemente, recuerdo que nos interesaban más otras cosas. Él crecía a la par, pero indudablemente lo hacía de otro modo y con otras proporciones, y lejos, muy lejos, del Gijón de plomo de los 70. Su vida, que a veces contemplábamos en la televisión, era pero que muy distinta a la que llevábamos nosotros. Seguramente menos divertida. Pero ahí estaba, omnipresente, el Príncipe de Asturias, un chaval rubio, rizosillo que, de vez en cuando, aparecía en los «partes» con cierta cara de susto, cuando no de sereno aburrimiento, en actos que no alcanzábamos a comprender.
Esa, su imagen, se me aparece ligada a la primera nevera que entró en nuestra casa. Y a las eternas bombillas colgadas del techo, que daban una luz mortecina y triste a la vida. ¿Ay la nevera! ¿Y qué me dicen de las cocinas a gas? Aquellos eran artilugios de funcionamiento misterioso en la imaginación de un guaje. Ni les cuento la fiesta el día que mi padre nos llevó a la calle, y lució orgulloso a la puerta de casa el 'Seiscientos', su primer coche, cuya apertura de puertas al revés de lo que enseñaba el sentido común se me antojaba otro misterio insondable. Con todas esas emociones (y algún disgusto), no tenía yo tiempo para ocuparme de aquel otro niño que siempre estaba de traje oscuro.
Un día, todo el mundo se puso solemne y algunos tristes. Un señor pequeñito y de bigote se había muerto, lo que nos pareció bien porque estuvimos de inesperadas vacaciones unos cuantos días, que terminaron por ser aburridísimos. Y luego vinieron tiempos turbulentos. Los niños como yo, con sus ojos y su cabeza de niño, observábamos aquél barullo de banderas, siglas, gentes y mensajes, intuyendo que aquello debía ser muy grande. Pero no entendíamos nada. De pronto, ese niño rubio y rizosillo volvió otra vez a aparecer de cuando en cuando en los «partes». Y luego vinieron unas elecciones, y otras, y en la Moncloa (que no sabíamos qué era o dónde estaba) alguien firmaba cosas, y se aprobó una «Constitución» (quién me iba a decir que yo acabaría viviendo de ella), y llegó el día en que pudimos votar por primera vez. No recuerdo haberle visto votar nunca. Y Mao se murió, y Felipe ganó las elecciones y todo iba a cambiar; hubo desgracias donde la gente se moría, y el divorcio, y el aborto, y ETA, siempre ETA, y sus viles asesinatos y el abismo de la amargura de las familias de quienes morían a manos de esta canalla; y el mundial de «naranjito» (¿pero qué cosa tan cutre!), y la 'Expo' (con otra cutre-mascota)...
Los mismos juegos
Siempre me he preguntado si también en la vida del Príncipe los biorritmos los marcaban los ciclos de los juegos y no las estaciones. Las épocas se sucedían unas tras otra inexorablemente: las chapas, el yoyó, la peonza, los ciclistas Uno sabía que estaba en primavera porque tocaban chapas. Siempre tuve la sospecha de que Galerías Preciados y el contubernio de quiosqueros urdían una oscura trama por la cual se decidía la sucesión de aquellos entretenimientos. ¿También él suspiraba por un yoyó o una peonza de punta-lanza?
Siempre me he preguntado también cómo pudo ser para el SAR esto del descubrimiento del sexo opuesto (o del otro, según el caso, desde luego). Para mi todo comenzó con una compañera del colegio (aquella «Escuelona» en el Llano, que tanto cariño le tengo) que, aun después de tanto años, sigue siendo la imagen de la belleza perfecta. ¿Él también tendría a su «Beatriz»? Claro que luego vinieron otras (en mi caso muchas menos de las que quisiera y, desde luego, menos en cantidad y glamour que las del SAR Pero claro, él tiene buena hechura y peculio, y yo no). Digo yo, en su casa, ¿de qué hablaban? Porque en esos años turbulentos en los que crecimos, nuestros padres vivían atribulados un cambio de época y de mentes que les hacían vivir en la zozobra. ¿Cómo se vivían los asesinatos horrendos de ETA? ¿Y el atentado de Carrero Blanco? ¿Qué pensaban de los embarazos extramatrimoniales? ¿Y de que la gente se arrejuntase sin haberse casado? Seguro que él nunca vivió tan maravillado como nosotros la instalación del «gas-ciudad» en casa, o la llegada del primer televisor a color. ¿Y el 23-F? Porque yo recuerdo la intranquilidad familiar, el llanto de las abuelas que revivían el terror de una historia repetida, el bullir de teléfonos y conversaciones a media voz, mientras en la radio no hacían más que pasar música militar o zarzuelera, o el alivio de la mañana siguiente. ¿Cómo se vive un momento como ése en la Zarzuela?
Es verdad que, en apariencia, su vida es un sin fin de actividades programadas. Este chico no tenía tiempo ni para aburrirse. Hizo más mili que el cabo Cascorro (y sin poder objetar), estudio más que nadie (claro que tampoco se examinaba como nosotros; no me consta ningún cate o tropezón académico), anduvo por los mundos de Dios, lejos de casa y hogar. Vaya, que fue el primer Erasmus de entre nosotros (aunque en el continente equivocado, porque su destino fue EE UU).
La imagen «guadiana»
No le envidio, creánme. No creo que su vida haya sido fácil (y no digo que lo haya sido la nuestra). Su imagen es un «guadiana». Nuestra vida transcurrió, y transcurre al margen de la suya. Ahora reparamos más en él, porque también nos hemos hecho más conscientes de otros mundos (y por eso más tristes, seguro), que cuando éramos chicos. El SAR es un compañero de viaje que está imperceptiblemente ahí, como muchos otros. Pero con el que la mayoría difícilmente nos podemos identificar, porque no pilotamos aviones o helicópteros o lo que sea, no vivimos en un palacio, ni somos Altezas, ni tenemos yate, ni damos «Audiencias». En mi caso, la única coincidencia es que tenemos dos hijas de casi la misma edad. Pero, republicanismo confeso a un lado, este chico de mi generación me inspira confianza.
Parece preparado, sensato y a la altura de lo que le espera. Me gustar creer que cuando él llegue a ser Jefe de Estado, con él llegamos una gran generación, entre los que está mi gente, la del barrio en el que me crié y crecí, la del colegio e instituto en el que me formé, la de la Universidad donde comencé mi vida profesional. La verdad es que se le ve en forma. Como nosotros.





