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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

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GIJÓN
Ver para creer
06.02.08 -

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EN un momento de celebración familiar, la abuela le pide al nieto que le pase la «máquina de retratar» para inmortalizar el momento. La sorpresa del nieto es mayúscula. ¿De qué me hablas, de la cámara de fotos?, contesta divertido, como si su abuela viniese de otro planeta o acaso estuviese loca al expresarse así. Esta pequeña anécdota, a poco que se pare uno a pensar, delata el inmenso poder evocador de las palabras; su valor simbólico para definir, mucho más allá de su significante aparente y de la intención con que se usan, los universos mentales en que se mueve el emisor de las mismas. Si esto sucede en nuestro mundo familiar y privado, qué decir de la comunicación en el espacio público, en un momento como el actual en que la proximidad de las elecciones hace que los partidos se afanen por condensar en dos o tres frases potentes la totalidad del mensaje que quieren trasladar a los electores. No hay tiempo para más, se requiere brevedad y contundencia.

Miren por dónde uno descubre que la frase elegida por los gurús del PSOE para condensar su mensaje resulta ser «razones para creer». Curioso. En este momento de claro enfrentamiento con la jerarquía católica, nuestro partido gobernante, en combinación además con el término razón, invita a los ciudadanos a creer. Cualidad que, como sabemos, es tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado. La invitación, por tanto, es a tener fe.

Fe en que alcanzaremos el «pleno empleo», ése es el 'leit motiv' de un anuncio pagado que aparecía ayer con gran alarde tipográfico junto a la foto de un juvenil y satisfecho ZP, aunque el pasado haya sido el mes de enero en que ha crecido más el paro en toda la historia reciente de España. Fe en que «si vivimos juntos decidimos juntos», otra de las consignas muy queridas del presidente, aunque luego se haya optado por la vía confederal para el desarrollo del Estado de las autonomías y en su programa electoral el propio Partido Socialista Catalán avance en la profundización del modelo, con aspiraciones indisimuladas a que Cataluña disponga de un sistema de financiación equiparable al cupo vasco o disponga de los mecanismos para nombrar sus representantes en el Banco de España, CNMV y demás organismos reguladores. Y mucha fe es la que hay que tener para sostener lo de «comprometidos con la igualdad» el día que el presidente Chaves se descuelga con el plan del estudio del catalán, vasco y gallego en las escuelas de idiomas andaluzas para facilitar a los parados el acceso a un empleo, o cuando se propone la devolución de 400 euros de forma lineal a todos los declarantes de IRPF, dejando fuera precisamente a los ciudadanos que menos ingresos tienen y por ello no llegan ni al mínimo para declarar.

Este lenguaje basado en la creencia, en la mitología de las frases hechas y los eslóganes electorales, se acompaña, además, con la imagen fresca, juvenil y optimista de un presiente Zapatero inasequible al desaliento, que concentra en sí mismo todas las virtudes del partido. Tanto las concentra, que su letra, una gigantesca 'Z', constituye el atril mismo donde se apoyan todos los discursos de campaña. Nunca una sola letra ha sido capaz por sí misma de concentrar tanto poder evocador, tanta fuerza simbólica, y eso que es la última del abecedario. Resultaría de sumo interés -y estoy seguro de que algún estudioso de la publicidad electoral ya lo habrá hecho-, para apreciar la magnitud de la caída, comparar este mensaje visual con los entrañables carteles electorales dibujados por José Ramón Sánchez para las campañas de los años 1977 y 1979. Tampoco estaría mal pararse un momento a pensar si hubiese sido posible ver a Felipe González, en el cénit del felipismo, parapetado en sus multitudinarios mítines por pabellones y plazas de toros en un atril constituido por una inmensa letra 'G'. Aunque no hay cuidado, en la acera de enfrente, el señor De Lorenzo no va mal tampoco de lenguaje simbólico y evocador, como para imaginar a todo un señor Aznar salido de la refundación de AP y en plena búsqueda del centro político, mandando a sus críticos a comprarse un piso en Alcobendas junto con Tarzán y su p madre.

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