
Pero nada tiene que ver ni la muestra madrileña ni la monegasca con ésta más íntima de Cornión, en la que Pelayo se reencuentra con su «etapa más tranquila», como dice Amador Fernández, propietario de la única sala de arte que permite al creador de Gijón nacido en Mieres romper la exclusividad que tiene con quien desde hace diez años lleva su obra por medio mundo.
Estarán en esta exposición limitada por los años 1997 y 2003 todas sus materias, las que saltan con energía plena a los puntos de máxima tensión del cuadro y las que habitan debajo del horizonte de sus colores, en sus iconos, en su paz y en la riqueza de su inevitablemente fingida sencillez.
Estarán sus hombres consumiendo el tiempo y reinventando el espacio con humo de pipa, las sillas sin personaje, pero con todo el peso de su pensamiento. La lluvia impenitente, en estas pinturas siempre de primavera; las escaleras, algo obnubiladas a veces, sin posibilidades de ascensión en uno de sus cuadros 'Taller'. Y, por supuesto, estará la música. El ritmo que guía todas sus pinturas, como la poesía con las que se emparenta y el propio sonido de los instrumentos, invisibles, pero eficaces siempre. En 'Quinteto', por ejemplo, una composición de sillas de nuevo solitarias, que vibran como ocupadas por el espíritu de cinco músicos, que lanzan colores de notas en el aire, la amistad del pintor con el blues, el jazz y las sinfonías de los clásicos es más que evidente. Será, por tanto, esta retrospectiva de Pelayo Ortega, a la que acompañará un libro-catálogo con más pinturas en papel que telas colgarán en la galería, un encuentro consigo mismo.






