La sala de exposiciones es el siguiente destino. Allí se instalan vitrinas repletas de objetos hallados en las excavaciones y también la maqueta que da cuenta de cómo fue aquella villa romana cuyos restos están a punto de ver los visitantes y que acabó por convertirse en una necrópolis medieval. Como prueba de que lo fue, algunos sarcófagos adornan los patios acristalados del edificio.
Visto lo visto, queda salir al exterior y observar lo que aún queda en pie de ese pasado. Se puede hacer en visitas guiadas, por libre y se puede incluso emplear audioguías que en ocho paradas dan complida información.
Solo o en compañía, esa sala introductoria dará paso a la visita propiamente dicha de la villa, que se realiza sobre una especie de acera con forma de zig zag que conduce hasta el gran mosaico de Veranes. Se encuentra en la sala en la que el señor recibía embajadores, invitados y todo tipo de visitas y se le suponía por tanto uno de los lugares más nobles de la casa, a la que se accedía a través de unas escaleras. Un moderno edificio revestido de madera reproduce en volumen lo que debió ser en su día la estancia, con nueve metros de altura y unos cien metros cuadrados de superficie, los mismos que ocupa el colorista mosaico, sin duda la pieza estrella del espacio arqueológico. Tal es su valor que incluso la cubierta del inmueble desde el que se puede observar, a través de una suerte de terrazas, ha sido pensada para que pueda tamizar la luz y no dañar la obra.
Desde allí prosigue una visita que va dibujando las distintas habitaciones de la casa a través de las viejas piedras y que incluye, por ejemplo, una parada en las termas. Esos espacios están en muchos casos recubiertos de piedra de toba de color rojizo para recrear otros tiempos y evitar a la par que se dañen las piedras originales halladas en las excavaciones.





