
Además, Del Valle fue condenado en diciembre de 2004 por el juzgado penal 4 de Sevilla a dos años de cárcel por abusar sexualmente de una niña de 9 años, a la que sorprendió en la escalera de su vivienda. Tampoco ha cumplido esta pena. El acusado recurrió la sentencia del caso de su hija, dictada por el Juzgado de lo Penal número 1 de Sevilla, lo que le permitió esquivar el ingreso en prisión. La condena de 2002 fue confirmada por la Audiencia Provincial de Sevilla en diciembre de 2005, pero Santiago del Valle eludió la cárcel. Se sabe que estuvo en paradero desconocido debido a sus continuos cambios de domicilio, por lo que no se le pudo notificar la resolución de la Audiencia y se retrasó todo el procedimiento de ejecutoria.
Los hechos por los que fue condenado se remontan a la primavera de 1998, pero quién sabe cuánto tiempo llevaría Del Valle cometiendo los abusos a su hija, que entonces tenía cinco años, los mismos que Mari Luz Cortés. Para rebatir las sospechas que se cernían sobre él y, de paso, sacar algo de dinero, Santiago del Valle acusó al profesor de gimnasia de la pequeña de abusar sexualmente de ésta.
El ahora detenido pidió 60.000 euros al docente y, para apoyar su versión, presentó como prueba incriminatoria un falso informe médico. Tres años después, el juez Tirado dio la razón al maestro y condenó al progenitor por los abusos sexuales cometidos sobre su hija y por falsificación de documento público. La mujer del pederasta, Isabel García, también fue condenada por encubrir los hechos y fue sentenciada a 15 meses de internamiento en un psiquiátrico penitenciario. Posteriormente, la privación de libertad fue sustituida por cuatro meses de multa.
Batalla campal
La llegada de Del Valle a los juzgados de Huelva se convirtió ayer en una verdadera batalla campal, ya que desde primera hora de la mañana numerosos vecinos de la barriada de El Torrejón -en su mayoría de origen gitano- se concentraron ante las puertas para increparle. Los ánimos se iban calentando a medida que pasaba el tiempo, y todos coincidían en que debían dejar que «ellos hicieran justicia». Sobre las cinco, el imputado por la muerte de Mari Luz, llegaba en un furgón policial. La multitud concentrada se saltó entonces el cordón policial para intentar acercarse a la puerta y lanzar pedradas mientras le gritaban «asesino, criminal». En ese momento, el abuelo de la pequeña, Juan Cortés, hizo acto de presencia y empezó a increpar a los agentes de policía «porque defendéis a un asesino, y no a los ciudadanos». La protesta terminó en revuelta con tres periodistas heridos por la acción de los manifesgtantes.





