ES bastante singular la estrecha relación que se da en Gijón entre el mar, el campo y el desarrollo de la ciudad con las diferentes fiestas locales. Cuando Gijón era una pequeña villa marinera, eligió como patrono protector a San Pedro, el santo y tenaz pescador, cuya festividad se celebra precisamente hoy, 29 de junio. A medida que las actividades agrarias y ganaderas cobraban importancia, nacieron, al abrigo de las ferias del campo, las festividades de San Antonio de Padua, el 13 de junio, hoy desaparecida como fiesta local y San Miguel, el 29 de setiembre, y que hasta hace muy pocos años era una de las festividades municipales, ahora sustituida por San Pedro.
A mediados del siglo XIX, con el crecimiento industrial, comercial y turístico de Gijón, no sólo cambia la ciudad, que se expande hacia el sur, sino que se alteran los festejos. Así, las fiestas que se celebraban el día de Nuestra Señora de Begoña, el 15 de agosto, cobran importancia. La festividad de Begoña, situada estratégicamente en el centro del verano, lo que le da un valor de atracción turística y comercial, acabará predominando sobre las otras festividades vinculadas originalmente a la pesca y la agricultura. Begoña se convirtió en la fiesta mayor de Gijón, puesto que, sin ninguna duda, conserva. Incluso la Corporación municipal solicitó en 1955 al Vaticano la sustitución del Patrono histórico, San Pedro, por la patrona emergente, Begoña. El Vaticano, con prudencia, decidió que lo mejor era dejar las cosas como estaban, gracias a lo cual San Pedro sigue siendo el patrono de Gijón.
En un capítulo del catálogo de la exposición 'Una historia de papel: 500 años en los documentos del Archivo Municipal de Gijón', dirigido -tanto el catálogo como la exposición- por el archivero municipal Eduardo Nuñez Fernández, se describe esa variación de las fiestas de la ciudad. Hasta el siglo XIX, la fiesta más solemne era San Pedro. La Iglesia, el Ayuntamiento y las casas de la ciudad se adornaban e iluminaban, la víspera de la fiesta, con faroles de colores. Las celebraciones del día de San Pedro se iniciaban con los actos religiosos en la Iglesia, seguidas de la procesión solemne, a la que asistía el Consistorio «en forma de villa», es decir, con un protocolo ceremonial preciso y previamente fijado. Tras la procesión, tenía lugar la fiesta propiamente dicha. Juegos infantiles, representaciones teatrales, corrida de toros y, por supuesto, una opulenta comida en la propia casa consistorial.
No era muy diferente la fiesta de San Antonio de Padua, de la que se recoge en el catálogo arriba citado, según fuentes del Archivo Municipal, el éxito de una corrida protagonizada por Juan Solares, 'el Figón'. También eran fiestas tradicionales la de San Fernando, el 30 de mayo y la feria de San Miguel, que como escribimos más arriba se mantuvo como fiesta local hasta hace muy pocos años. Como caso peculiar, a finales del siglo XVIII el Ayuntamiento solicitó a la Real Audiencia de Oviedo, la autorización para celebrar una feria del 1 al 15 julio, fechas que nuestros antepasados consideraban idóneas para una gran «feria de todos los géneros, frutos y ganados, general y libre». La Audiencia se opuso, pero no deja de ser curioso que casi doscientos años después una feria quizás algo diferente pero con ciertas similitudes, se celebra en Gijón con el nombre de Semana Negra.
Creo que ha sido un acierto recuperar, desde hace años la festividad de San Pedro, con la que, además de bendecir las aguas para la temporada del verano, se cierra la Semana de la Mar. Sin embargo, esta 'semana', muy poco ambiciosa se debería, en sus actividades potenciar más. Eso sí, nos queda el festejo de la contemplación, al atardecer, de un mar que en Gijón tiene los tonos azulados de la pintura de Patinir. El agua parece mercurio, y ver la mar en estos días desde el Muro ya es una fiesta para los ojos.