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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 25 mayo 2012

Cultura

LAS CUEVAS PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD: LLONÍN, PEÑAMELLERA

La 'cueva del quesu' alberga magníficas pinturas y grabados vetados a la mirada pública sobre las que los investigadores trabajan desde los años ochenta

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Eran otros tiempos aquellos que corrían allá por 1957 cuando Francisco Monje y sus hermanos se dedicaban a la elaboración de quesos. Entonces lo llamaban cabrales; hoy es picón, por aquello de las denominaciones de origen. «Fue una cosa completamente casual», arranca su relato Monje, hoy con 75 años y retornado a Asturias después de vivir casi cuatro décadas en París como emigrante. Él era un joven de Llonín que un buen día, buscando una cueva en la que fermentar el queso, se topó con algo que desde el lunes es Patrimonio de la Humanidad con el sello de calidad de la Unesco. Una tormenta tuvo la culpa del hallazgo. «El hermano y yo fuimos a preparar leña y estando allí llegó una tormenta de esas de verano». Encontraron refugio en lo que era la parte abierta al exterior de la caverna y hallaron una piedra que escondía un tesoro. «A mí me dio por quitar la piedra y me metí apostado por el agujero», recuerda desde su casa de Mier y añade que las cerillas le sirvieron de linterna. Vio que aquello prometía y al domingo siguiente volvió con su hermano, otros muchachos del pueblo y una cuerda de 16 metros de largo. Él entró el primero, se alumbró con una candil de carburo y «ya se veía que la cueva era extraordinaria».
Y eso que aún no había descubierto las pinturas y grabados que acabarían por hacer célebre a esa oquedad que se empleó para fermentar queso durante 13 años, que fue un secreto hasta los setenta. Porque, entonces, el arte ocupaba un segundo plano frente al negocio, porque incluso hubo quien aconsejó a la familia Monje que callara su descubrimiento: «Vino un amigo de Llanes y nada más entrar y ver las pinturas me dijo 'pon una puerta ahí rápidamente, que no se entere nadie que esto está ahí porque no lo vais a poder utilizar», confiesa sin pudor.
Francisco se fue a París, sus hermanos continuaron en Panes con el negocio del sabroso lácteo y el tiempo y las investigaciones acabaron por desvelar el arte que primero estudió Magín Berenguer, que incluso hizo de la caverna de Peñamellera Alta el objeto de su discurso de ingreso en el Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea). Más tarde, ya en 1984, Javier Fortea hizo un pequeño sondeo, pero no fue hasta 1987 cuando Marcos García de la Rasilla y Vicente Rodríguez Otero se unieron a las excavaciones y se comenzó a trabajar en serio. Se ha estudiado desde entonces tanto la parte artística como la historia del propio asentamiento humano que desde hace 23.000 años hasta 10.000 años atrás se instaló en estas tierras calizas ocultas hoy entre entre el verde luminoso del verano asturiano.
Todos ellos han ascendido durante estos años el empinado acceso hacia la entrada, protegida por una verja verde, vetada por completo a los turistas y a los curiosos pero que algunos vecinos de Llonín han podido traspasar para ver con sus propios ojos el tesoro de su pueblo. Como Elías, que hoy regenta un hotel-restaurante a corta distancia de la cueva, y que ha atendido a todos esos historiadores que llevan años -y aún siguen haciéndolo- empeñados en saber mucho más.
Por el momento es ya vox populi que en su interior se conservan representaciones artísticas de diferentes momentos del paleolítico inferior, porque, como explica Marcos García de la Rasilla, esta es una oquedad de «una cronología muy larga», es decir que fue habitada durante un periodo inmenso de tiempo -desde el musteriense hasta el Bronce- y todos sus moradores dejaron su impronta artística, en ocasiones superponiéndose sobre lo que hicieron sus predecesores.
Las pinturas y sobre todo sus grabados son únicos -conserva la mejor representación de los denominados grabados de trazo único de Europa- y también variados. En la pequeña cámara situada a la izquierda de la entrada principal, a la que los investigadores han bautizado como la Sala, se encuentran una serie pictórica con magníficos bisontes heridos, que tienen objetos clavados que dibujan una escena de muerte y humillación. También aparecen otros animales, como renos y cabras, además de diferentes signos asociados a un caballo.
La tarea continua: «El estudio del arte lo terminaremos en poco tiempo, un año aproximadamente, en el de los restos arqueólogicos tardaremos más», avanza Marcos García de la Rasilla, un auténtico enamorado de esta oquedad que asegura que es muy complicado que en un futuro pueda abrirse al público. No es descartable, pero antes habrá de estudiarse en profundidad la caverna, que, tal y como explica, se comporta como un ser vivo y, con una edad tan avanzada, no es ajena a los achaques. Habrá que saber cómo puede afectarle los cambios de temperatura, el C02 que todos llevamos en nuestra respiración... De momento, está bien como está, y quizá la mejor forma de preservar su arte y también mostrarlo sea a través de las réplicas. Eso creen los expertos, conscientes de que el pasado quesero ya le hizo bastante daño a grabados y pinturas.

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