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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 25 mayo 2012

Cultura

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La gruta permite observar, bajo la frágil luz de una linterna, el espectacular panel principal, en el que se entremezclan trazos realizados en nueve fases distintas de actividad artística

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Como en una cárcel. No se abre una puerta del túnel artificial habilitado para el acceso de visitantes sin que la siguiente esté cerrada. El objetivo: mantener la oquedad estanca, lograr que en el interior del macizo de Ardines el termómetro marque 13 grados y la humedad se eleve hasta el 98%. Cualquier cambio podría afectar a sus milenarias pinturas y protegerlas es la prioridad absoluta para los guarda-guías que estos días de verano recorren más que nunca la caverna, realizan ese viaje interior a través de unos 900 metros guiando a asturianos y forasteros por un pasado muy lejano. «Desde la declaración de Patrimonio de la Humanidad se notan que están llamando más», dice Alfonso Millara, el responsable de la cueva, que da tickets, hace reservas y atiende el teléfono: «Del tío Bustillo no, de Tito Bustillo», le aclara, entre el enfado y la risa, a un despistado.
Es verano en Ribadesella y no falta público a unas visitas que en muchas ocasiones son bilingües. El miércoles pasado, sin ir más lejos, compartían las explicaciones de Santiago Calleja y se alumbraban con su linterna un grupo de españoles y otro de ingleses. Todos escuchaban atentos una historia mil veces repetida sobre la vida en la cueva, en la que se calculaba que habitaban grupos de una treintena de personas, siempre en el área iluminada y no en el interior de las galerías, sobre la caza de ciervos, uros, renos y cabras.... Sobre un paisaje diferente al de hoy, sobre lo que ocurría hace 14.000 años atrás, en el magdaleniense medio y superior, cuando alguien pintó los famosos polícromos del panel principal.
A la frágil luz de una linterna, primero en pie y luego agachados, se van observando esas figuras que han hecho célebre la cueva riosellana puesto que se trata una de las principales manifestaciones del arte parietal paleolítico europeo. Los estudiosos han llegado a detectar hasta nueve fases sucesivas de actividad artística en esta zona, lo que hace que se entremezclen pinturas rojas, negras y grabados, y grabados con pintura negra superpuesta. Destaca de manera muy especial la presencia de la cabeza del caballo, que no es el único equino que se dibuja sobre la piedra, en la que también comparten espacio renos.
El color rojo como fondo y los signos acompañan a esos trazos que son los únicos que pueden ver la mayoría de los visitantes. El guarda-guía explica por qué no es posible contemplar el resto de conjuntos artísticos, situados en ocasiones en áreas de la oquedad de difícil acceso, en espacios pequeños, que requieren de la presencia de muy pocas personas y a veces hasta agachadas. El Camarín de las Vulvas es el único conjunto que también puede ser visitado, aunque son sólo unos pocos los privilegiados que participan en las denominadas visitas VIP que se organizan los fines se semana con reserva previa. En ningun caso se pueden ver otras galerías, como las de Los Bisontes y los Antropomorfos. Pronto se contemplarán a través de réplicas. Las que se instalarán en el museo que en breve se construirá.

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