L O mejor de esas cumbres donde se habla de todo sin concluir nada es la fotografía familiar. Tras mucho hablar -dialogar es otra cosa-, siempre quedan para otro día; mucho que discutir, poco que decidir. Hay que estar, aunque sea para nada. Media sonrisa, traje, hieratismo, que quien se mueva no sale en la foto.
Hay políticos que, tras dilatada carrera, poseen un álbum enciclopédico donde guardan para la posteridad tanta reunión inútil cargada a la espalda para recordar a los íntimos su master en dialéctica de besugos concluido con un 'hasta la próxima' o 'hasta siempre', que, en este caso, es igual.
No importa su contribución al diálogo, sino ubicarse, ocupar escenario: anfitrión y sheriffs centrados; luego, los aliados; después, los tiralevitas; más allá, invitados y convidados de piedra y, finalmente, figurantes para encuadrar.
Lo de menos el contenido, consensuar acuerdos; para eso están los especialistas, gente tan elegante y gris como su traje, técnicos de la filigrana, poco amantes de la política, expertos en retórica, en exprimir y retorcer la nada, maquilladores y maquinadores, vendedores de humo afanados en ayudar a toda costa evitando costes; se llama política internacional. Discursos humanistas concluidos en acuerdos semánticamente vacíos, pero de perfecta estructura sintáctica, medidos hasta la última coma.
Hay que estar para no quedar fuera de juego, rubricar la declaración, sacar la foto, aunque, en realidad, han quedado retratados con sus gestos, no con sus gastos. Que no salga borrosa, que se les vea bien.
Y venga cumbres y más cumbres, sobre el cambio climático, donantes, el agua, el hambre, cumbres de la FAO y del G-8. mientras los demás permanecen en el fondo del valle sin una mísera fotografía que llevarse de recuerdo.
Mucho mérito tanto encuentro-desencuentro cuyo mayor éxito consiste en permanecer inmóvil desafiando cualquier movimiento, incluido el terrestre. ¿De dónde sacan esa sonrisa tan natural? ¿Cómo ensayan esa mano acogedora con la espalda ajena que desearían apuñalar? Se llama diplomacia, exige protocolo y, sobre todo, mucha vigilancia policial, no sea que algún revoltoso jorobe la instantánea.
Quizá en estas cumbres tendría sentido lo de '¿por qué no te callas?' Para evitar pervertir las palabras, quizá debería inmortalizarse su contribución mundial con mucho más que una simple foto, acaso un cuadro o un conjunto escultórico frente a la instantánea pasajera, de modo que posaran meses o años y que este tiempo, ocupados en hacer de modelos físicos, no morales, les permitiera reflexionar mientras se llena el planeta con sus bustos de mármol, más duradero que el fugaz papel (mojado) de los acuerdos y más ajustado a tamaña sensibilidad.