N uestra sociedad es masculina y hasta que no entre en ella la mujer, no será humana» (Ibsen). Haciéndome eco del momento y a propósito de la formación del nuevo y casi reciente Gobierno socialista, aprovecho la coyuntura para resaltar el extraordinario papel que la mujer va a jugar en el devenir de España durante los próximos años. De diecisiete carteras ministeriales, nueve han sido adjudicadas a otras tantas féminas. De ahí, que sea necesario incidir en este tema de la mujer, siempre desfavorecida, negándosele la posibilidad de ser ella misma, sobre todo en la actividad pública, donde se echaba en falta un modelo en que poder basar un ideal.
En nuestro país -lo comprobamos a través de la violencia de género-, aún existe una recurrente falta de identidad femenina, en una colectividad que, simuladamente, continúa siendo patriarcal, en la que el hombre quiere seguir dictando la norma y desde ahí, que cada cual, él o ella, se adapten a lo que se espera de su propia condición. Dos universos, masculino y femenino, antagonistas y como consecuencia, cruentos.
Las normas, percibidas como naturales, nos decían que el hombre es el cabeza de familia, que, como padre, debe proteger a su clan. La mujer, aún en este tiempo, en muchos casos, continúa ocupando el espacio privado, expresándose como «cuerpo» que ha de proporciona placer al varón, aparentemente pasiva, en su condición de ama de casa. Esta última profesión, para mi gusto, importantísima, parece poco apetecible y, sin embargo, desde ella, además de los múltiples quehaceres entre las ollas y dulcificar los momentos difíciles del entorno familiar, habría que destacar un cometido impagable e intransferible: la educación y formación de los hijos (hago homenaje a todas las madres y a la mía en particular).
La situación de las mujeres ha sufrido un cambio positivo excepcional. A través de una dinámica actuación y un tesón fuera de toda duda, la mujer aparece hoy como puntera en estudios superiores, cátedras, investigación, directora de empresa, judicatura, abogacía, arte y en trabajos múltiples, deporte y otros y, ahora, además, en el panorama político, ministras, alcaldesas y presidentas de partidos, que dan buena cuenta del esfuerzo realizado en busca de su equilibrio y realización particulares, para ser al fin oída, respetada y apreciada.
La sociedad actual ha ampliado notablemente el número de mujeres que, por su valía, están imponiendo otra forma de vivir y de actuar, determinante en muchas ocasiones de una nueva sensibilidad y conciencia. Creo que era razonable acercase a un asunto de tanta trascendencia. Confiemos en que estas mujeres, generosas y vitales, hagan honor a la responsabilidad de que han sido investidas y cada una, desde el lugar correspondiente, forje entre la maraña de documentos, planes y actuaciones, una leyenda de buen hacer. Se lo deseo de todo corazón. De ello, para sí, dependerán muchas cosas en el porvenir.