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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Deportes

MONTAÑISMO

La tragedia del fin de semana, cuyo número de víctimas no oficial seeleva a 18, constituye el aviso más claro del riesgo de la alta montaña

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Ruleta rusa en el K2
El holandés Wilco Van Rooijen, jefe de la expedición, se recupera ya en un hospital militar. / AP
El número oficial de fallecidos en la cadena de desgracias del fin de semana en el K2 se eleva a once, según la Secretaría de Turismo de Pakistán. Pero la cifra exacta no se conoce aún. Ayer mismo, el riojano Alfredo García, testigo indirecto de los hechos desde el cercano Broad Peak, calculó en 18 el número de muertos. En cualquier caso, el baile de números tal vez sea lo menos importante en la mayor tragedia ocurrida en el 'Chogori' desde 1986, cuando un cambio radical de tiempo se llevó la vida de 13 alpinistas. En 1995 fueron seis los montañeros que encontraron la muerte tras una tormenta. El K2 suele lanzar estos avisos.
Montañeros expertos y páginas especializadas se han preocupado estos días de analizar los hechos. Y prescindiendo de matices, en casi todos sus comentarios parece hallarse un hilo común. En la alta montaña los alpinistas asumen riesgos de forma consciente y voluntaria. Por muy preparados y veteranos que sean, la mayoría es plenamente consciente de que la montaña tiene la última palabra y de que en la balanza ponen su propia vida, nada menos.
No es una casualidad de que en los 'ochomiles' haya una línea denominada 'zona de la muerte', donde el organismo pierde reservas de forma constante, aunque permanezca tumbado en la tienda. Puede morir de frío, por agotamiento, deshidratación o todo al mismo tiempo. Se expone a un accidente en forma de resbalón, un seguro mal fijado o una imprudencia a la hora de conocer sus propios límites. O puede caer por pura mala suerte: una avalancha, un desprendimiento...
El florecimiento de las expediciones comerciales ha llevado a cotas hostiles a muchos aficionados mal preparados. Pero, según los expertos, en el grupo de fallecidos en el K2 no todos eran unos inexpertos alpinistas. Había gente preparada y con conocimientos. No se les puede tachar de imprudentes con ligereza, porque la montaña es un deporte de riesgo, expuesto a factores incontrolables. Y el que va sabe a lo que se expone.
Al parecer, en el K2 confluyeron todas las calamidades posibles. El 1 de agosto, un día perfecto de buen tiempo, un grupo que algunos cálculos sitúan en las 20 personas se prepara para atacar la cima, a 8.611 metros de altura, desde los campo III y IV. Uno de ellos es el alavés Alberto Zerain, que debido a su fortaleza impone un fuerte ritmo, abre huella y hacia las tres de la tarde hora local -las once en España- hace cima. Baja y al llegar a una zona estrecha denominada 'Cuello de botella' se encuentra un rosario de alpinistas. Tiene malas sensaciones por lo avanzado de la hora y porque siente que la nieve es inestable. Sigue el descenso y llega al campo III a dormir. A esa hora, un desprendimiento de un bloque de hielo arrastra a cinco alpinistas y las cuerdas fijas instaladas en los tramos más duros. Los supervivientes del grupo anterior que quedan aislados por encima de los 8.000 metros, una muerte segura si se tarda en bajar. Así que cada uno lo intenta como puede. Unos se despeñan y otros -un italiano y un holandés- logran descender con grandes penalidades.

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