Los seres humanos nacemos libres, pero la libertad está limitada por la convivencia y el respeto a los demás, aspectos esenciales de nuestra vida. Vivir es un regalo, pero si no tenemos libertad, no podremos decidir el futuro. La Iglesia católica se ha aprovechado de sus dogmas para engañar al ser humano y controlar su conciencia. El precio que pagamos es el del sometimiento al control de sus jerarcas, esos obispos nombrados a dedo desde Roma por una curia reaccionaria. Así las cosas, Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid, manifiesta que: «la Iglesia vive tranquila cuando se respeta la familia cristiana». Obviamente, sin "sus" familias, la Iglesia Católica, poderosa organización multinacional, diría adiós a una serie de eventos de los que se nutre: bautizos, comuniones, bodas, funerales, etcétera. Perdería una parte importante de su suculento y muy poco trabajado 'sueldo'.
Pero quiero profundizar más en mi reflexión. La familia no ha sido inventada por el cristianismo, como tampoco el matrimonio. Cuando los dinosaurios, no existían Adán (pura ficción de una novela mal narrada llamada Biblia) ni Eva. Existía el planeta Tierra, y al supuesto Creador, que según los católicos lo divinizó todo desde el principio, se le debió olvidar crear al mencionado Adán y luego a Eva a partir de su costilla... pura historieta para niños. La familia no es 'per se' la familia cristiana, sino que es la pareja la que en la sociedad civil asume su vida en una convivencia ética de respeto. Eso es la familia humana, nuestra especie, nuestra vida. Y si surge el matrimonio conyugal entre el hombre y la mujer, bienvenido sea, siempre que se respeten los mínimos universales de la convivencia. Y si el matrimonio se celebra entre personas del mismo sexo, sea también bienvenido con las premisas anteriores. Por todo ello, la familia cristiana forma parte de todo un conjunto colectivo que es la Humanidad, que tiene un origen natural, no religioso.
Hoy, en nuestro planeta, existen múltiples tipos de familias, todas ellas tan respetables como la cristiana. Esa es la única realidad, fija e inmutable. Y la familia cristiana que defienden (entre otros) los obispos Rouco, García-Gascó, Camino y Cañizares, es la que nos ha condenado durante 2.000 años a la hipocresía y al sometimiento de la hembra al varón, asegurando que el parentesco garantiza el cariño (algo totalmente falso), o afirmando que la mujer casada con varón, sólo es limpia si es una buena cristiana... suena casi a chiste. Celebremos el compromiso por una sociedad solidaria, y desterremos el dogma torticero de una Iglesia que no sabe que hacer ante su imparable pérdida de poder. Y para terminar, una pregunta: ¿sobrevive la unión de la 'familia cristiana' al reparto de las herencias familiares? Yo, que formo parte de un bufete, aseguro que no, he tratado cientos de casos. En cuanto hay que repartir dinero y propiedades, los 'cristianos' se olvidan de la familia, de los diez mandamientos y de todo lo que les 'estorbe'. Ante mi pregunta y respuesta, el Cardenal Rouco y sus edecanes callarían como muertos, porque estos obispos son reaccionarios, pero en absoluto tontos. En cualquier caso, el avance de la sociedad civil es imparable, y el presente de la Humanidad sólo se fragua en la respetuosa libertad que todos nos debemos. Quizás por todo lo expuesto, coexisten tantos tipos diferentes de familias... y los que aparecerán.
Se dice que las abuelas, como los viejos roqueros, nunca mueren. En 1918, un enfervorecido Lenin profetizaba: «Cuando hayan muerto las abuelas, nadie recordará que hubo una Iglesia en Rusia». Tengo un verso que hice hace tiempo sobre las manos de las madres y las abuelas, que creo que encaja perfectamente sobre lo que de ellas acabo de leer. Dice así:
Las manos de esas mujeres, / que ahora vemos tan nervudas, / todas ellas son de vidas / que amaron como ningunas. / Han lavado y han planchado, / han querido y arropado, / y cuanto a los suyos, / habrán ellas... abrazado. / Manos que han lavado / en ríos y en lavaderos, / conocido y soportado / el frío de los inviernos. / En el campo a muchas vi / hasta labrar y segar, / y también para sus fuegos, / cuánta leña vi picar. / Manos de madres y abuelas / que habría que venerar / y a todas por lo buenas, / ponerlas... en un altar.