Mueve sobre todo al recuerdo el nuevo espectáculo de La Fura dels Baus. La compañía, siempre provocadora, quiere hacer reflexionar, pero desde la cómoda butaca de una sociedad como la nuestra, en paz, el público lo que hace es rememorar, revivir las crudas imágenes que de aquellos terroristas de origen checheno que fueron abatidos a tiros con sus cinturones de explosivos aún ajustados y los pasamontañas tratando de ocultar sus identidades se repitieron una y otra vez en los informativos de mediodía. Muchos de ellos eran mujeres, como ayer en el montaje de La Fura del Baus, que bajo el título 'Boris Godunov', puso en vilo a los gijoneses con su recreación de aquel asalto a un teatro ruso en octubre de 2002.
El realismo es absoluto. El terror se apodera de la sala que contiene el aliento en cada una de las secuencias de la representación ante un grupo de actores, casi una veintena, vestidos con ropa paramilitar y armados hasta los dientes.
Los actores interpretan su papel de terroristas, enaltecen sus discursos con consignas para justificar su acción y, mientras, en la retina de la memoria visual de todos los presentes, aquel teatro, la escuela de Beslan, el 11-S, el 11-M... Como telón de fondo, la mayor amenaza a la que se enfrenta el mundo: el terrorismo.
Con 'Boris Godunov', la veterana compañía catalana vuelve a llevar a escena un tema actual. Y con él intenta de nuevo provocar, llamar la atención sobre un asunto real y, ante todo, advertir al público de que nadie está libre de ser una nueva víctima.
La obra, que anoche comenzó con un cuarto de hora de retraso, arranca con una representación teatral en toda regla. En el Moscú del siglo XVI el militar Boris Godunov se hace con el poder del país. Tras la muerte del zar, Godunov promete la liberación de su pueblo que le acepta entre vítores y aplausos, pero que no tardará en comprobar que en realidad se trata de un nuevo tirano.
«Todos al suelo»
En un momento de la función, los terroristas entran en el teatro al grito de 'todos al suelo', disparan al techo, se dispersan por el patio de butacas y comienzan a precintar todo el interior del edificio con cables que conectan entre sí varios barriles de dinamita. El público está atemorizado y el mensaje del líder de la banda es entonces muy claro: «Si queréis hacer una llamada a vuestros familiares la podéis hacer; después nos quedaremos vuestros móviles. Pueden pasar muchas horas, también días. Depende de vuestros líderes políticos». Las llamadas se producen y, el montaje las reproduce: «Hay suficiente explosivo como para hacer saltar cuatro teatros como este», le dice una angustiada mujer a su madre a través del teléfono. Los testimonios continúan. Pasan las horas, se masca la tensión en el ambiente, el drama se acrecienta y comienzan entonces las crisis nerviosas entre los rehenes, pero también entre los propios terroristas.
Tras el asalto, la función representa cómo pudieron haber sido los sucesos del teatro de Dubrovka, con saltos en el tiempo para regresar al XVI. En ese juego temporal está el mensaje. Mientras que los terroristas justifican los medios para alcanzar su fin, Godunov hizo lo propio cinco siglos atrás. Nada entonces parece haber cambiado y la sensación que queda en el ambiente es la de fracaso. Hoy, a las 20.30 horas, habrá una nueva función.