El aparcamiento de El Molinón, al igual que el parque Hermanos Castro, dispone de unas dimensiones en las que tan sólo hay espacio para albergar a 333 tenderetes. Pero el número de vendedores a la espera para lograr una licencia que les permita instalar un puesto en el Rastro asciende a 400, según señaló ayer la concejala de Participación Ciudadana, Pilar Pintos.
De los más de tres centenares de personas que venden todo tipo de mercancías cada domingo en el mercadillo, las opiniones acerca del nuevo emplazamiento «son muy diversas». Así lo aseguró ayer Alfonso Vizcaíno, presidente de la Asociación Libre de Vendedores Ambulantes, ALVA. «Unos opinan que esta nueva ubicación es mejor que el aparcamiento de El Molinón. Otros preferirían quedarse donde estábamos. Aún así, los cambios siempre son malos en un principio. Pero si no queda otro remedio, habrá que aceptarlos», señaló.
El mayor temor de los comerciantes es que el volumen de ventas disminuya. Vizcaíno explica que, «cuando se cambia de lugar, siempre descienden, sobre todo durante los primeros días. Pero no significa que luego no se vayan a restablecer. Nunca se sabe cuál será la mejor ubicación. Y confirma cierto «malestar» entre el colectivo de los vendedores ambulantes. «Cuantos menos cambios se realicen, mejor», señala rotundo.
28 años en el Rastro
Ángel Bermejo lleva 28 años viviendo «sólo y exclusivamente del Rastro». Ayer se quejaba de la «poca información que hemos recibido las personas que no pertenecemos a ninguna asociación». Y criticaba los cambios de ubicación que ha sufrido el mercadillo durante los últimos años. Según dijo, «estamos cansados de que lo cambien de sitio. El Parque Inglés es peor que El Molinón, porque la zona de aparcamiento es mucho menor».
Tanto Ángel Bermejo como Alfonso Vizcaíno coinciden en señalar la importancia de ampliar el horario del Rastro, que ahora es de 9 a 15 horas. «A las dos y media es cuando más gente hay y tenemos que empezar a recoger», aseguraban. La concejala de Participación Ciudadana, Pilar Pintos, no descartó alargar el horario, ya que ahora no se verán obligados a abandonar el recinto por la celebración de partidos de fútbol. Aún así, señaló que todo dependerá de «si la zona del Rastro queda limpia». Vizcaíno aseguró que en las últimas tres ediciones del mercadillo, «ya quedó mucho menos sucio que en otras ocasiones».
Hubo una época en la que el mercadillo dominical estaba en la plaza de El Humedal. En aquellos años no había semáforos, ni marquesinas de autobuses, ni tan siquiera el pavimento estaba asfaltado. Era un tiempo en el que los auténticos reyes del lugar eran los chavales del barrio. Pero su territorio era 'conquistado' cada domingo por los tenderos que acudían a vender sus productos y cachivaches. Además, en agosto, los niños cedían su espacio y los puestos se entremezclaban con las tómbolas, los caballitos y las verbenas que se celebraban con motivo de las ferias de San Antonio, de San Miguel, las romerías y las fiestas de Begoña.
El propio progreso obligó a los vendedores ambulantes a marcharse de tan céntrica ubicación, ante el comienzo de la urbanización del entorno de la Gota de Leche en la segunda mitad de los años cincuenta. El Rastro tuvo que buscarse otro lugar y fue entonces cuando se instaló en la que hoy es la calle de Severo Ochoa, detrás del Instituto Doña Jimena.
Poco tiempo después, los tenderos fueron separados, los que vendían vestimentas se quedaron detrás del instituto y los que mercadeaban con alimentos se fueron a una explanada de la avenida de Portugal.
De nuevo la urbanización del barrio obligó a buscar otro emplazamiento y así fue como los puestos llegaron a La Guía. Primero estuvieron en el solar del Palacio de Deportes antes de que éste se construyera y luego, en 1992, se trasladaron al aparcamiento de El Molinón. Tras 16 años bajo el amparo del campo de fútbol, el Rastro vuelve a estrenar ubicación.