A lo largo de su titánica campaña antitaurina y antiflamenca, Eugenio Noel estuvo en Asturias en tres ocasiones, si bien es cierto que esporádicamente dejaba de lado su objetivo fundamental y hablaba sobre otros temas, siempre con espíritu crítico y polémico, tales como la política o la situación de la mujer. Su primer viaje a Asturias lo realizó en 1913 y en esa ocasión pronunció conferencias en Gijón (donde dio seis, algunas de ellas, con gran éxito, en recintos importantes como el Teatro Jovellanos y el Teatro-Circo de Los Campos, además de otra sobre feminismo en el Cine Modernista), Villaviciosa, Avilés y Trubia. Estuvo también en San Esteban de Pravia, donde fue obsequiado con una merienda, y Oviedo, ciudad en la que, dice, «los clericales vencen a los jóvenes e impiden que dé mis conferencias».
En 1915 llegó a Oviedo el 5 de febrero, «donde estoy todo el día oyendo al piano cantos de Asturias». Al día siguiente ofreció en Gijón, en el Teatro Jovellanos, una conferencia sobre su admirado Joaquín Costa, «con grandioso éxito», y habló también en el Ateneo Casino Obrero y en otras tres sociedades.
Noel visitó Asturias por última vez en 1919. El 18 de julio estaba en Gijón (su auténtico centro de actividades en esta región), donde pronunció varias conferencias con gran asistencia de público a pesar de ser época veraniega. A continuación visitó Covadonga y dio charlas en Cangas de Onís, Sama de Langreo y El Entrego. De nuevo en Gijón, regresó a Madrid en tren el 8 de agosto.
Noel en Avilés
Durante su estancia en Asturias de 1913, realizada seguramente en febrero o marzo, ofreció dos charlas en el Teatro-Circo Somines. Curiosamente, esta estancia suya en Avilés la describe de forma bastante extensa, pero no precisa ni la fecha exacta ni el hotel o pensión en que se alojó.
Escribe Noel: «Fue un milagro, al decir de la gente, que acudiera público al circo de Somines, en Avilés, dos noches seguidas; nadie lo hubiera creído, nadie podía imaginarse que los buenos ciudadanos salieran de sus casas después de las diez de la noche, bajo esta lluvia implacable que cae silenciosa, continua, menuda...» Al escritor, siempre crítico con la vida española, le parece aburrida la rutina cotidiana de la villa avilesina.
Continúa su descripción: «Avilés tiene una calle mediana; una explanada frente al Ayuntamiento; casas modernas y casitas viejas muy bellas con arcos típicos que liberan las aceras de la lluvia pertinaz; vasta plaza de Mercado, un parque no feo que cabe entero dentro del enorme quiosco para la música situado en el andén central; tres iglesias negras y una iglesia blanca que es un adefesio». Se refiere a la de Santo Tomás de Cartorbery, o iglesia nueva de Sabugo, que a Noel le desagrada mucho:
«Nada más feo, pretencioso y jesuítico que esta iglesia labrada en azúcar-piedra, con barquillos rellenos de crema por torres, con vidrieras escandalosas de Luna-Park y arquitectura de salón-concierto».
Pero, para Noel, el consuelo está cerca: «Hace siglos, hombres de verdadera fe construyeron la capillita de los Salas, la capilla de Campo Sagrado, y aquella parroquia que tengo ante mis ojos». Se refiere a la capilla funeraria de los Alas y a la iglesia de los padres franciscanos, que sí le parecen edificios de interés artístico y los describe minuciosamente. También le parece notable la antigua iglesia del convento de San Francisco (parroquia de San Nicolás de Bari): «La lluvia quiere que no me detenga a contemplar la fuente y el pórtico de cinco arcos. Seis árboles, de los llamados negrillos, adornan la explanada. La fachada del palacio de Ferrera parece un convento.
Estas iglesias franciscana son muy simpáticas y aun muy populares; tienen un característico e inconfundible aspecto arquitectónico, de precisión y pobreza».
La ría y el puerto
«La ría tiene cuatro kilómetros y medio de longitud y es ancha como un río americano. Las marismas del otro lado de la carretera han enriquecido a muchos. Millones y millones se ha gastado el Estado español en estas obras. Me admira que, en vez de canalizar la ría entera, sólo hayan dejado a los barcos un hilo de agua que una escollera tan larga como la ría embalsa en las mareas. Quedan al otro lado dunas, bajos y marismas que se prestan a la explotación».
Y continúa Noel: «El paisaje es delicioso. Recostrón de Nieva; la playa de San Balandrán; los montes de Estrellín; la cantera del Estullo; las Huelgas, terrenos robados al mar y convertidos en campiñas feraces; las marismas de la Bohemia; las colinas que se suceden vestidas con mantos de terciopelo verde, de un verde renovado sin cesar, que es distinto siempre en cada monte y más hermoso cada vez; la iglesia de Llaviana, la sierra Imperial, en la bruma, a la espalda de Avilés; los montes de Arlós, lejos (..); por fin los árboles del Espartal y los vergeles de la Real Compañía Asturiana, poderosa sociedad que comercia su cinc».
A continuación, Noel se desplaza hasta el puerto de San Juan de Nieva, que recorre detenidamente: «Barcas varadas, cables enrollados, casetas, mástiles de señales, áncoras, bidones, barricas, pipas, dientes de draga, locomotoras, barras de hierro en pirámides, trenes de carbón, barriles, cadenas. y todo en movimiento a pesar de la lluvia. Hay anclados muchos barcos». Tras atravesar en coche los dominios de la Real Compañía Asturiana de Minas y «los poblados aristocráticos, casi americanos, de Salinas", regresa a la villa avilesina, en la que "la melancolía de nuestras ciudades muertas se apodera del espíritu". Y finaliza Noel su estancia con estas palabras: «He regresado de Avilés muy satisfecho de lo ocurrido con mis dos conferencias, tan concurridas».