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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Cultura

02.10.08 - 11:27 -

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Y sí, parece que es verdad, que los rumores son ciertos y la muerte lo puede todo. O se los lleva a todos, que viene a ser lo mismo pero en fin. También a él. También a Paul Newman, aunque yo me negara a creer.
Desde pequeño albergué la idea de la inmortalidad. Para mí, pensar que ciertas personas nunca faltarían representaba un obelisco de orden en medio de la vida: este desierto absurdo que nos ha tocado cruzar; este caos de arena y vacío, de miedo y de dudas, de cansancio y de nada. Un bloque de piedra al que agarrarse en medio del naufragio (para hundirse más, sí, pero comprendiendo) o, cuando menos, al que vislumbrar a lo lejos en la tormenta, imaginando que señalaba algo, una seguridad.
Como mi padre murió joven (demasiado, ¡ay!, hace ya tantos años y tantos lloros), pronto hube de sustituir su figura inmortal –porque en el fondo- por otra que aún no, por otra que todavía, por otra que nunca.
¿Extrañará a alguien que eligiera la de un hombre veinte años mayor? Me dije –tal como lo veo- que para un ser inmortal veinte años no es nada.
Yo no podía concebir un mundo sin Paul Newman, y cuando digo esto me refiero a Paul Newman vivo, tomándose una cerveza, aliñando una ensalada, o pisando el acelerador de un bólido. A fin de cuentas, el cine queda en segundo plano. Cuando una persona te ha hecho tan feliz con su trabajo, ¿no le deseas lo mejor al margen de este? ¿No tienen los héroes derecho al sueño y los guerreros a la paz?
La muerte difiere de mis teorías, y hoy me he despertado con su zarpazo en los telediarios. Lindo sueño era, pero ya no. Hacía meses que se decían cosas, pero yo no quería escuchar. Apoyado en el nivel del periodismo actual, si este existe, me escudaba en la falta de rigor y de noticias interesantes, en mi propia tendencia a negar. Era verdad esta vez, por desgracia.
Claro, ahora yo podría hablar de la tristeza súbita y de la carencia del alma; mencionar la soledad del silencio; entonar una plegaria ultratumba por alguien a quien jamás conocí, que nunca supo de mi existencia, y al que, sin embargo, me siento tan unido por puentes que, si no puedo explicar, al menos la muerte tampoco puede destruir. Creo que se trata de algún tipo de magia.
También podría acudir al tópico: ahora yo salgo con eso de que siempre vivirá en sus películas y hasta aquí todo parece normal, pero hay más. No me van a creer si les cuento. Tampoco me importa; me basta con saber.
La primera indignación tras una muerte va para con el mundo: éste, orgulloso, sigue girando como si tal cosa. Siempre es así, tristemente lo sé de sobra y, no obstante, esta vez tenía la esperanza de que fuera distinto. Error tras error. A esta hora, todavía no he escuchado siquiera que alguno de los dos candidatos a la Casa Blanca (espacio falta en mi llanto para mencionar sus nombres) haya suspendido su campaña electoral. La historia los juzgará, no yo; pero que no cuenten con mi voto.
Tristemente lo sé de sobra: siempre es así. En los partidos de fútbol de hoy no se ha guardado un minuto de silencio, los relojes siguen marcando las horas y la luna ha acudido a su cita nocturna, indiferente, incapaz de guardar luto aunque sólo sea por una noche.
Parece una tontería, pero me deprime pensar que Paul Newman ya no va a tomarse otra cerveza, o a preparar otra salsa de espaguetis, o a ver otra carrera de coches de esas que tanto le gustaban. En el fondo todo se reduce a eso, pero sólo me queda el cine y en fin.
Enfrentado a la realidad de la muerte, me he aferrado al único homenaje posible. No hace falta escribir cuál es. He comenzado por Veredicto final, porque me parece una de las cumbres de la interpretación, una de las cimas del genio; ¿cómo imaginar entonces que aún podría escalar más alto en los años siguientes? Tal vez porque se trata de un intérprete genial, me respondo evitando cuidadosamente el pasado en la forma verbal, porque las palabras hacen mucho y si escribo en presente quizás todavía.
El caso es que yo estaba allí, frente al televisor (pero también en un bar de Boston), deleitándome con lo que veía y escuchaba y preguntándome si realmente era posible que aquel hombre que hablaba y se movía hubiera dejado de existir para siempre.
Entonces ocurrió
Es una de mis escenas favoritas, y hay que reconocer que nadie ha fumado jamás tan bien como lo ha hecho Paul en el cine. Yo me la sé de memoria, porque esa pausa tras el comienzo de la frase, mientras enciende el cigarrillo con maestría, me ha fascinado desde la primera vez que la vi. Desde entonces han sido seis u ocho (tirando por lo bajo), y puedo asegurar que me gusta fijarme en los detalles.
Ocurrió entonces: Paul encendió el cigarrillo con su elegancia habitual. Pero había algo. Algo distinto. Algo nuevo. ¿El encendedor? ¿Eso era? La llama era exactamente la misma, el sonido igual, la tapa idéntica, el movimiento rítmico de las manos. Yo vislumbraba, pero no veía. Y entonces comprendí: era la mano. Era la mano zurda la que accionaba el mechero plateado, cuando siempre había sido la derecha. Así de leve y sencillo. Así de mágico.
A los impacientes que ya me están refutando con fotogramas vueltos del revés y deuvedés mal editados, permítanme que continúe. Déjenme que les cuente la nueva pirueta que Paul practicó sobre la bici ante la mirada atónita de Katharine Ross (también ella parecía sorprendida) en la última versión de Dos hombres y un destino, la del primer día sin Paul Newman sobre la tierra, o mejor, la del primer día con Paul Newman en el olimpo de la memoria, en la eternidad de los que no van a morir nunca.
Pero no es sólo eso. Hay vida. Lo comprobé al visionar por enésima vez El color del dinero. Son cambios pequeños, porque el hombre de la nariz perfecta es demasiado profesional como para alterar el guión o reconvenir las órdenes que el director dio en su momento, pero lo suficiente para entender. Así, esa bola naranja que el hombre de la mirada infinita siempre metió al medio de forma sencilla, esta vez entra en la tronera central opuesta, después de tocar la banda contraria y con idéntico resultado para el juego y la película, pero con distinto sabor (más fresco y vibrante) para el que la juega y actúa.
Sólo he tenido tiempo de ver una más, pero ha sido suficiente para comprobar que cuando el hombre del mentón cincelado –si no por los dioses, al menos por Lisipo- enseña su póquer de Jotas, esta vez ha variado su trampa, porque la quinta carta que lo acompaña no es el habitual seis de corazones (cuántos años ha estado ahí), sino que tan pronto es el cuatro de picas como el dos de diamantes, si rebobino para confirmar lo imposible, para acabar poniendo la misma cara de asombro de Robert Shaw, que es mayor cada vez, si cabe, y a la que Paul responde con esa sonrisa cada vez más guasona y, siempre, inolvidable.
Creo que se trata de algún tipo de magia
Yo ya no tengo dudas, y por eso he querido dejar este testimonio por escrito, subido a la ola del entusiasmo, antes de continuar mi tarea. Buscaré esos detalles de vida, no sin la secreta esperanza (que ahora publico y por lo tanto ya) de que me dedique un gesto nuevo, un gesto de esos suyos que no hay actor que estudie que lo consiga, ni método que lo tenga en su repertorio, porque sale del alma de un hombre único e irrepetible y, ahora me doy cuenta, inmortal sobre el tiempo y las ausencias.
He buscado en mi filmoteca y preparado un termo de café. Estoy deseando volver a ver toda su filmografía. A tenor de lo expuesto, añado una frase al tópico para convertirlo en novedad bienvenida.
Paul Newman sigue vivo en sus películas. Y se lo está pasando en grande.

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