Margaret Atwood es «mujer, escritora, de una generación en particular, bajita y canadiense». Y podríamos terminar resumiéndola así: desde esta órbita positiva que le ha permitido girar alrededor de dos centros supuestos del universo (el masculino y el estadounidense). Pero se presenta con una sonrisa y pide en castellano el capuccino y el café con leche que tomaremos durante el encuentro. Mientras lo traen, va comentando que como novelista «no me gustan las certezas» sino las historias donde existen «muchas versiones y ninguna verdadera». Y es que los escritores son fingidores («tenemos licencia para mentir», asegura). «Somos mentirosos profesionales que entendemos cuándo otra persona nos engaña porque conocemos las reglas de la ficción», dice contraponiéndolo al papel de los políticos. «Ellos se anuncian como la verdad y eso también les define».
Mira y gesticula continuamente a la vez que le explico que me gustaría comentar con ella una supuesta autobiografía en la que relacionaba la poesía con su vida, y ella acepta entre risas la ironía con la que vamos a compartir este retrato. «Dice que su pelo se oscureció cuando se convirtió en poeta con dieciséis años, sin tener ninguna intención de hacerlo. ¿Cómo surgió aquel primer poema?», le pregunto. «¿Fue en verdad un pulgar invisible que descendió del cielo presionando su cabeza?». Ríe para inmediatamente fingir que se lo toma absolutamente en serio. «No recuerdo realmente cómo fue, pero fue de esa manera», bromea.
«Lo cierto es que nunca me educaron para escribir. Apenas hacíamos en el colegio unas simples redacciones, pero sí puedo decir que leía con voracidad y que ahora lo sigo haciendo con cualquier tipo de texto que cae entre mis manos».
De aquellos versos primeros Margaret recuerda su parecido a los de Edgar Allan Poe y a los de Lord Byron porque, afirma, por entonces no había leído nada posterior a 1900 y no conocía ni el verso libre ni que existían determinados términos relacionados con el papel de la mujer que tenían connotaciones peyorativas.
Por ejemplo, la palabra «poetisa». «¿Dejó de ser despectiva en algún momento?», le digo. Y ella responde rápidamente: «En el momento en que dejaron de usarla». Acto seguido se explica: «A una mujer que escribe llamarla poetisa es tanto como afirmar que no es realmente poeta. Así era en aquel momento, de la misma manera que las pintoras de entonces que eran respetadas por su obra eran denominadas así y a las que no lo eran se las llamaba pintor-mujer».
Una época difícil
En la justificación de sí misma Atwood comenta que su afición por la escritura en la infancia hubiese sido más problemática si hubiese sido un varón pero, paradójicamente, en los años cincuenta esa misma niña, de haber escogido ser periodista, habría tenido que resignarse a redactar obituarios. «En esa época era muy difícil ser mujer y escribir porque la mayor parte de los escritores eran hombres y te decían que por tu condición de mujer tú no sabías hacerlo».
«¿Y cómo se defiende una ante esa afirmación?», pregunto. «Las mujeres no tienen que defenderse. Sólo escribir», aclara, y entre bromas va explicando cómo antes había que esforzarse y ser mucho mejor que los hombres para ser considerada. «Entonces yo habría escogido una mujer como médico con la garantía de saber que estaría mucho más capacitada que un hombre para el trabajo, pero eso ha cambiado. Ahora una mujer puede ser igual de mala en lo que haga».
Tras su primer libro de poemas, Margaret Atwood obtuvo ya el reconocimiento de la crítica, permitiéndole esto «traicionar» su imagen poética, renovar su vestuario (afirma sarcásticamente que por entonces era de riguroso color negro) e ir adquiriendo y afirmando su propia identidad. ¿Decepcionarse? «Nunca. Nada me decepciona realmente y eso es fundamental para dedicarte a la escritura. De hecho, ni siquiera tienes que someterte a las críticas que no aceptas porque lo evitas con el simple hecho de no leerlas», bromea.
Una de sus principales luchas tiene que ver con la reivindicación de la identidad nacional de Canadá y de una literatura canadiense. «¿Cómo se planteó esa necesidad?», me intereso. «Esa necesidad estuvo al principio y ahora ya no está porque tenemos muchos escritores», razona. «Por suerte no estamos en la situación de los años sesenta cuando no había editores ni autores, y los pocos que había pensaban que tenían que irse del país». «¿La convierte eso en una nacionalista?», le insinúo sonriendo, y Margaret ríe abiertamente. «Hay que explicar que el origen de la reivindicación surgió en nosotros porque necesitábamos crear una industria editorial en la que publicar, pero a raíz de eso nacieron otras cosas. La misma gente que afirmaba que Canadá no tenía una identidad propia nos reprochaba cuando leía nuestros libros que eran demasiado canadienses. Es una contradicción evidente. ¿Cómo íbamos a ser demasiado canadienses y a la vez no tener identidad? Lo que ocurre es que hasta entonces la gente no había explorado este asunto».
El Play Boy y la mujer
Hay dos evidencias en la conversación: Margaret es mujer y es escritora. Una escritora que en sus obras trabaja sobre personajes en femenino. «¿Basta eso para ser feminista a los ojos del mundo?», le digo a sabiendas de su previsible respuesta. Y ella hace una introducción explicando tres momentos clave en el pensamiento feminista -la reivindicación del derecho al voto, la reclusión de la mujer en el hogar tras la Segunda Guerra Mundial y la aparición de la revista Playboy como instigadora de «las bodas con las secretarias», bromea-, para afirmar la «situación de frontera» y de beneficio que vivieron las mujeres de su país y de su generación, quienes «éramos trabajadoras y no nos dedicábamos a pensar que vendría el príncipe azul».
De esta manera, «cuando la primera ola de feministas teoristas en los años setenta consideraban a cualquier mujer que hiciese algo un modelo de rol, poniéndoles una etiqueta, nosotras ya dábamos por sabidas determinadas cosas». Mas tenían otra seguridad. «Yo soy escritora, mujer, de una generación en particular, bajita y canadiense. Y lo que tengo en común con otras escritoras es que todas escribimos», ironiza e insiste: «Las cosas ahora son muy diferentes. Porque antes tú no habrías tenido esta oportunidad estupenda de entrevistarme», dice con sarcasmo . «Ni yo la de responder a tus palabras», termina. Y ríe porque sabe que lo hemos contado todo. Todo, y parece que no hemos hablado nada.