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Sociedad

INGRID BETANCOURT PREMIO DE LA CONCORDIA

«Queremos que las FARC acepten el juego democrático, dejen las armas y nos den la oportunidad de construir un país grande con sitio para todos»
24.10.08 -

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Seis años en la selva lo cambian todo. Ingrid Betancourt, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, ha vivido en su propia piel una metamorfosis hoy confesa fruto del cautiverio a manos de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y la propia evolución del mundo. «Sí, mi visión del mundo ha cambiado muchísimo, en primer lugar porque el mundo ha cambiado, porque yo también me siento diferente, y porque creo que este mundo siente un peligro, que sus bases están fragilizadas», decía ayer la ex candidata presidencial, aún conmovida por un premio que dice no merecer, pero que entiende como alegría para Colombia y que es por encima de todo una «alegría tranquila» para ella, la mayor desde que recuperó la libertad.
El cautiverio la cambió como persona y modificó igualmente su forma de mirar hacia la política, incluso desde el optimismo de quien observa una crisis y ve en ella oportunidades de cambio. «Creo que estamos ante una inmensa oportunidad de hacer cambios, siento que hay otra dimensión del ser humano que está empezando a tomar vigor, a actuar con el corazón».
Esa nueva dimensión con la que observa el mundo le permite saber tras esos siete años como rehén de las FARC que «mi visión de Colombia también ha cambiado». Sin ir más lejos, Ingrid Betancourt confesaba ayer que su idea de las FARC ya no es la misma. «Pensaba que la guerrilla era una respuesta a un sistema que no lo estaba haciendo bien, ahora pienso que es un subproducto de ese sistema que no funciona», confesó ante los periodistas.
También sabe ahora mejor que antes que su país está tremendamente «polarizado», marcado por los «odios y los rencores», tomado por una violencia cada vez más preocupante y que no acaba de abrirse al diálogo. «Debemos ir perdonando, aceptando al otro, no sólo desde Colombia hacia la guerrilla, sino sobre todo desde la guerrilla hacia Colombia, pues actúan con una gran rigidez mental». Si eso fuera posible, si fuera verdad, se podría caminar hacia la democratización. «Queremos que las FARC acepten el juego democrático, dejen las armas, dejen el terrorismo, liberen a los secuestrados y nos den la oportunidad de construir un país grande en el que haya sitio para todos», dijo.
Cree la política franco-colombiana en la negociación con la guerrilla como única vía para salir de la situación dramática que afronta su país, y por eso admite las críticas que le han llegado precisamente por defender esa vía. Incluso el Foro de Ermua ha llegado a pedirle que renuncie al premio por esa razón: «Es un premio de la concordia y para la concordia, debemos darle toda la dimensión y la importancia que tiene, pero no debemos permitir que sea instrumentalizado desde ninguna plataforma política», dijo. Y es que, a su juicio, debe ser el galardón que hoy recibe en Oviedo una llamada «a la tolerancia».
Emoción a flor de piel
Habla tranquila Betancourt, todavía con la emoción a flor de piel en algunos momentos, cuando se refiere al cariño recibido desde que es libre, las palabras de aliento de todas las personas que se detienen por la calle para saludarla, pero se confiesa desubicada en medio de un aluvión mediático que incluso le supera. ¿Se siente un símbolo de algo? «No sé, son ustedes los que tienen que juzgar», dice, y añade después que le gustaría «ser una voz de los que no tienen voz». Ahora es un símbolo y durante su secuestro, también lo fue. «Cuando estaba secuestrada era símbolo de lo malo, de una clase social que ellos detestaban, de unas ideas políticas que odiaban e incluso de un género que despreciaban, ser símbolo de algo bueno me hace sentir cómoda y muy agradecida», subrayaba.
Eso sí, saberse así hace que viva en «una inmensa responsabilidad», y que el aprendizaje esté siendo difícil en su continua exposición pública desde que fue liberada. «Yo no soy una profesional de esto», aclaraba ayer, en una manera de responder a quienes no ha gustado que se dejase ver tanto . «Todo esto ha sido muy difícil, para mí, para mi familia, pero lo vivo con alegría, la gente que me felicita y me saluda por la calle es mi felicidad», señala.
Eso sí, confiesa que en estos momentos también se han cometido errores, como los de los comités de apoyo que dieron por hecho que la ex candidata presidencial se haría con el Nobel de la Paz. «Lo que sucedió sucedió, es lamentable y todos tenemos que aprender», afirmó.
Ingrid Betancourt se mostraba especialmente feliz de su encuentro en Oviedo con un grupo de niños, a través de los que aprendió un sinfín de cosas que podrían ser aplicadas al proceso de paz en Colombia. «La experiencia con los niños fue tremendamente enriquecedora, hicieron reflexiones sobre su vida y las trasladaron a una reflexión sobre el mundo», dijo Betancourt, quien relató cómo algo tan sencillo como elegir un buen lugar para negociar puede ser fundamental para lograr la paz según la experiencia de unos chiquillos que cuando discuten con mamá deciden hablar con ella en otro lugar de la casa distinto al del enfrentamiento.
Su conclusión fue clara: «Los niños dicen que el mundo se puede cambiar y que para eso necesitamos amor».

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