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Asturias

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Alumnos y profesores confiesan su angustia y su «alivio» en los minutos posteriores a la explosión
31.10.08 -

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Terror en las aulas
Cientos de estudiantes abandonan ordenadamente el campus, mientras al fondo se puede ver la columna de humo que originó la explosión. /EFE
Juan Pablo Artero, profesor de la Universidad de Navarra, no tuvo dudas en cuanto escuchó el estruendo. Lo sintió como hace seis años. La bomba que puso ETA en 2002, que explotó casi en el mismo sitio que la de ayer, le pilló caminando por uno de los numerosos senderos que hay en este campus de Pamplona. «Noté la onda expansiva en la espalda. Cuando he sentido cómo han crujido los cristales de las paredes, y hemos oído como un trueno, sabía lo que había pasado», explicaba minutos después del estallido.
El terror volvió ayer a las aulas. La columna de humo negro marcaba de forma inquietante el camino hacia el campus, situado al sur de la capital navarra. En un día helador y lluvioso, la humareda visible entre dos bloques universitarios de pálida fachada acrecentaba la sombría sensación de que «algo gordo» había ocurrido. Con esa imagen bajaba a paso ligero un grupo de adolescentes de un centro de Formación Profesional cercano. Corrían con curiosidad y también por miedo. La explosión les sorprendió en el recreo, «metidos en un coche escuchando música». «Nos hemos asustado mucho», confiesan raudos. No era momento de poses. «¡Pero qué es esto!»
Un atentado corta la expresión. Junto al cordón policial se congregaban en fila india alumnos, docentes, personal de limpieza, trabajadores del comedor, cocineras... Incrédulos, con la primera prenda que tuvieron tiempo de ponerse antes de salir corriendo tras la deflagración. En una mañana próxima a los cero grados, había gente en camiseta, con el delantal, la boca abierta, apelotonada bajo un único paraguas. Una maestra intentaba evitar que los estudiantes hablaran con la prensa, en un intento por sobreprotegerles. Era mucho lo que habían sufrido.
Teresa Goizueta, pamplonesa de 19 años, y alumna de Derecho, estaba «empollando» en la residencia de estudiantes, al lado del parking reventado, cuando escuchó algo «como un trueno». «Hemos salido corriendo a la calle y allí he visto a la gente llorando, sangrando. Ha pillado a todo el mundo». «Se me ha parado el corazón. Tengo una hermana que trabaja en el edificio central, donde la bomba. Menos mal que mi padre me ha llamado para decirme que no le ha pasado nada», dijo.
Pero esos kilos de explosivo podían haber tenido un efecto mucho más devastador. Estallaron sin previo aviso de los terroristas en un momento en el que los universitarios y docentes disponen de un tiempo de respiro.
En el descanso
El plazo de descanso dura quince minutos, a partir de las 10.45 horas, y la comunidad lo aprovecha para ir a la biblioteca o salir a la calle. Actividades que obligan a estar cerca del parking. No es de extrañar que los afectados hablaran ayer de «milagro». En la zona de la explosión están las facultades de Periodismo, Humanidades, Informática, las oficinas centrales, el Rectorado... La fachada de granito que cubre el edificio más afectado ayudó a amotiguar el impacto de la deflagración dentro de las salas.
Una hora después de la explosión, las noticias eran más tranquilizadoras. Descartada la posibilidad de que hubiera desaparecidos, se comprobó la falsedad de una posterior amenaza de bomba en la Facultad de Medicina. Sin embargo, el nerviosismo cundió entre los estudiantes que había tenido conocimiento de que amigos suyos en la Facultad de Arquitectura estaban encerrados en las aulas por seguridad. Esta facultad fue desalojada a las 12.30 horas.
En ese momento había 500 universitarios en la Facultad, junto a 20 ó 30 profesores. El número de alumnos podría haber sido mayor. «Tuvieron fiesta anoche y algunos no fueron a clase», confiesa un compañero. Cuando el Cuerpo Nacional de Policía certificó que no había peligro de una nueva bomba ordenó un rápido desalojo. El profesor Artero se quejó con amargura de la «fijación que tienen los terroristas con esta Universidad», atacada seis veces desde 1979. «Lo sufrimos todos los españoles, especialmente vascos y navarros», lamentó.
A la una de la tarde aún se veía humo de la explosión. Tras la zona acordonada varios alumnos hablan sobre el atentado. Cuando se enteran de que los terroristas habían avisado de la bomba en Vitoria, por confusión o sin ella, uno de ellos suelta de sopetón: «Encima de cabrones, cortos». Otro dice: «Igual lo han hecho queriendo, a malas».

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