H AY una costumbre 'universitaria', casi diré inveterada, que afecta muy especialmente en estos tiempos al campus de Humanidades. Se trata de colocar llamativos y, por lo común, horribles carteles de contenido vario -cuando no pintadas en los edificios-, alusivos sobre todo a académicas reivindicaciones asturianistas, pero también a otras ideas de sabor político, vinculadas, siempre y sin excepción, a grupos o grupúsculos de extrema izquierda que se identifican con aquellas o se hacen portadores de ellas. No quiero darles aquí, nombrándolos, una publicidad que no merecen.
La práctica, como digo, es antigua, pero se agudiza en momentos, como ahora, de predecibles cambios o crisis: toma formas de exigencia y tiende a hablar de un 'conflicto', como su modelo. Aparecen en sitios siempre muy visibles: cualesquiera puertas, vestíbulos, pasillos de tránsito, marcos de ascensores, columnas inevitables, esquinas sorpresa, escaleras, balaustradas... Cualquier sitio de paso es bueno.
A quienes los colocan no les ruboriza ni arredra el ser descubiertos cometiendo tal atropello visual y estético; al contrario, lo hacen a pleno día, a gusto, con gran parafernalia y, si por vigilante ventura, detectan que alguno de sus carteles ha sido hurtado, vuelven y colocan uno nuevo en su sitio. No les importa que previamente otro, quizá más pequeño, pero con todo derecho, hubiera 'cogido' el sitio libre para anunciar algún asunto más modesto, como una conferencia, una charla o incluso un aviso a los alumnos: si no lo arrancan impunemente, colocan el suyo encima y aquí paz y después gloria.
General característica de tales carteles es su duración: a diferencia de esos otros más modestos, se colocan un día para anunciar, por ejemplo, una manifestación a celebrar un sábado próximo; pero pasa ese sábado, pasa otro y otro y otro y el cartel sigue y sigue ahí, como encariñado con la pared que lo sostiene. Otras veces, son intemporales, es decir, no anuncian fecha de caducidad, sino una pretensión cualquiera, por peregrina que sea, y se eternizan en su sitio.
A este respecto, recuerdo cierto trapo malva, bastante grande, una especie de sábana deshilachada, que hace un par de años pendió durante todo el curso de la marmórea y blanca baranda de la escalera 'imperial' del noble edificio del Milán. Aludía con trazos pintados a brocha gorda a no sé qué derechos feministas u homosexuales. Nadie lo firmaba. Pero allí estuvo todo ese tiempo llamando la atención perpleja de quienes se detenían a visionarlo, pues, aunque no venía a cuento, o quizá por eso, a nadie pasaba desapercibido.
Como decía al principio, su contenido suele ser izquierdosamente radical, rayano a veces o entrado plenamente en la ilegalidad más provocadora. Con ocasión de la concesión de los últimos premios Príncipe de Asturias aparecieron de la nada unos sólidos y grandes carteles que rechazaban toda relación con la Monarquía, el 'Principáu' y sus Premios y reclamaban una «república asturiana, socialista y soberana», llamaban a una manifestación a celebrar el día antes de la entrega y acababa con la proclama «independencia y socialismu». Todo ello aderezado con ofensivas fotos que no hace falta describir de puro conocidas y unas alambradas que decoraban a lo ancho la parte alta del cartel. Se atrevía a firmarlo un grupo rarísimo; pero su cartel hablaba a las claras de lo maravillosa que sería esa Asturias a la cubana, de ideología monobloque, gobernada por semejantes tipos, neodemócratas de tres al cuarto con anteojeras y nuevo eslogan: ¡Asturias, paraíso radical!
Hablando de república, la bandera tricolor ¡que no falte el día que conmemora su última proclamación! La cuelgan o pintan por doquier; hay quien dice que son cosas de chavales, otros lo ven con buenos ojos, otros resignados, como ese catarro que coges a lo tonto, fuera de época y lugar, y hay que esperar a que pase. Yo lo veo como un atentado contra la ley, pues las cuelgan en edificios públicos. ¿Por qué no las ponen en las ventanas de sus casas? Una vez mandé un escrito de protesta a cierta autoridad por una enorme bandera republicana que colgó durante semanas de un edificio situado frente a otro donde viven oficiales jubilados. Pero no se podía hacer nada: en aquel «despacho de alumnos», con teléfono e internet gratis, corrías el riesgo de pisar una jeringuilla o de encontrarte cualquier cosa. Por lo visto, se había convertido en un 'locus amoenus' o lugar propicio para amor, juerga y solaz, donde cualquiera encontraba cobijo. Dicen que hasta el inmortalizado 'Manolín' de Oviedo dormía allí.
Desde hace un par de semanas cuelgan por todas partes enormes paneles de plástico, bien atados a las barandillas de todas las escaleras principales, con demandas de licenciatura en asturiano. Los últimos días han añadido banderitas de Asturias que se cruzan adornando el vestíbulo, como en una romería. Faltan la gaita y el tambor.
La cuestión quedó zanjada en junio. Pero la dimisión del equipo de entonces dejó la puerta abierta, o eso creen, a nuevas decisiones. De hecho, saben que hay una propuesta sobre la mesa que hay que debatir en Junta. Se preparan para el combate y presionan, intimidan, hacen creer que con un megáfono parecen muchos cuando no son más que tres o cuatro y siempre los mismos. Ah, pero ya han sido declarados «demanda social».
Además, han empapelado el campus con unos espantosos carteles donde se ve, sobre un macabro fondo negro, la cabeza de un machote asturianista, casi rapado, con barba de cinco días y la boca (mejor diría fauces) abierta hasta el dolor, enseñando los dientes y más, como lanzando un incitante grito de guerra, si es que no un aullido de hombre-lobo. La reivindicación de un «asturianu como les demás» en grandes letras rojas; la firma en caracteres siniestros. Qué miedo. ¿Quién financia todo ese gasto? ¿Quién está detrás de todo esto? ¿Qué intereses hay? ¿A quién o quiénes beneficia?
P ero hay que contentarlos por narices, porque, de repente, son «demanda social», o sea, votos a la larga, mientras la gran mayoría calla indiferente, preocupada por cosas de verdad, como la crisis, su hipoteca, su puesto de trabajo o, en el caso de futuros universitarios, por esa ansiada Arquitectura o esa otra Ingeniería polivalente que el otro día se proponía en la prensa. ¿Hay que pagar, en cambio, una quimera de cuatro que va a ser sufragada por todos y va a afectar a todos? Porque no nos engañemos: la licenciatura en asturiano, no es sólo eso; es eso y lo que conlleva: la dotación de una enseñanza, de momento voluntaria, desde los 3 hasta los 18 años. Luego, ya se verá.
Quienes formamos parte de esa Junta somos los únicos tenemos derecho a decidir; y tenemos en nuestra garganta voz para defender nuestras ideas, en la ley amparo para hacerlo con libertad y en la mano el voto con que hacerlas valer. ¿Seremos capaces de resistir tamaño asalto 'terra marique' («a la vez por tierra y por mar»), sin ceder a la demagogia, al chantaje, a la intimidación y a las presiones?