Nowhere man (Nowhere man, 2008)
En el segundo día de proyecciones del 46ª Festival Internacional de Cine de Gijón, tenemos la oportunidad de ver Nowhere man, de la directora belga Patrice Toye, cuyo estreno en el Festival de Cine de Venecia tuvo una buena acogida.
'Nowhere man' nos cuenta la historia de Tomas, un hombre de mediana edad que tiene una feliz vida con Sara, su mujer. Sin embargo, una fantasía recurrente le persigue en todo momento, ya que le gustaría saber como sería su vida si un día, simplemente, pudiera desaparecer. Paseando encuentra accidentalmente el pasaporte de un desconocido acompañado por la foto de un ruinoso bar del Caribe, con lo que finge su muerte y decide marcharse en busca de su sueño, con lo que así hace realidad su fantasía reiterativa. Pero como toda fantasía, también tiene su parte negativa, y no tardará en darse cuenta de que su decisión ha sido un completo error, pero aun pasarán unos años hasta que tome la decisión de regresar. Una vez de vuelta descubre que todo ha seguido su curso y que su mujer ha rehecho su vida con otro hombre. Su principal idea a partir de este momento es intentar recuperarla.
'Nowhere Man' es una película formalmente sólida, que deja caer todo su peso en los dos protagonistas, Frank Vercruyssen y Sara De Roo. La directora, que ha co-escrito el guión junto con Bjorn Olaf Johannessen, intenta demostrarnos como ambos protagonistas ponen a prueba su concepto de compromiso de una manera imaginativa por parte de la directora, apoyándose en el uso de escenas oníricas y surrealistas para intentar conseguir una mezcla perfecta entre drama y crítica social, sobre todo dirigida hacia el concepto de relación de pareja actual de nuestra sociedad. Una vez más, después de la magistral "Rosie", hace 10 años, la directora demuestra su especial habilidad para la exploración de sus auto-inducidos dilemas internos a través de personajes complejos y muy humanos. Un detalle de agradecer es que el ritmo de la película se mantiene constante, permitiendo que los detalles de la historia y los personajes los veamos venir con claridad.
Toda esta historia se ve apoyada por un cuidado uso de la fotografía, usando colores cálidos para todo el tiempo que Tomas pasa en su exilio, contrastando fuertemente con los colores fríos que usa a la hora de mostrarnos los ambientes urbanos, donde aparentemente vivía tan felizmente la pareja protagonista. El movimiento de cámara, bastante activo durante la primera parte del metraje, se vuelve más contemplativo según van avanzando los hechos, con un acompañamiento magistral de la guitarra de John Parish.
En definitiva una película intimista, que muestra sus cartas desde el principio y que invita al espectador a dejarse llevar por la singular historia de sus protagonistas.