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Cultura

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22.11.08 -

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Thomas es un tipo belga, que frisa en la cuarentena -«el tiempo pasa y cuando te das cuenta estás más muerto que vivo»-, casado con Sara en lo que pudiera parecer un matrimonio feliz y perteneciente a un grupo social donde se habla mucho de automóviles y jardinería. Sin embargo, el hombre no las tiene todas consigo. Sara posee una figura muy bien rematada, de aquellas que en una personalidad neurótica como la que sufre Thomas, pueden provocar ciertos recelos. De modo que nuestro héroe decide emprender la huida, antes de que sus infundadas sospechas le dejen al pairo. Un despropósito al que podría llamarse una fuga hacia adelante o las equivocadas artes del amor preventivo. La excursión durará cinco años por playas exóticas, donde la mayor rareza es el propio fugitivo. Las cervezas y el duro trabajo serán su compañía. Hasta que se regresa al lugar del crimen, es decir, del amor.
Una ausencia así tiene la virtud de sacudir patologías e incluso lograr que Thomas alcance el conocimiento del verdadero valor de los sentimientos. La interpretación de los dos protagonistas es medida, sosteniendo primeros planos y silencios bergmanianos.
Al final, el existencialismo cruza hacia la vía de un epílogo más o menos feliz. En la película ha colaborado Win Wenders, cuya mano se hace notar. El conjunto es aceptable.

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