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Cultura

18.12.08 -

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'El barbero' es una ópera bufa, pero no una simple bufonada. Bajo la indudable vis cómica que todo lo inunda y sobre la que se pueden admitir las más variopintas licencias, laten unos personajes bastante reales, que Rossini dibuja con trazos precisos. Estos días se puede ver y escuchar en el Campoamor una versión peculiar de 'El barbero de Sevilla'. Una versión que en su primera representación fue, en cuanto a la realización musical, aplaudida prácticamente con unanimidad, y en cuanto a su concepción escénica, pateada o aplaudida a partes iguales. Indudablemente una puesta en escena cuestionada. A mí me parece bien que se manifiesten los desacuerdos con los pies: «pateo, luego existo». Sin embargo, creo que tampoco es cuestión de exagerar. Tampoco ye pa ponese así, que decimos en Asturias.
A la concepción escenográfica de Mariame Clément se le puede achacar una búsqueda de lo bufonesco -por otra parte no alejado del sentido original de la obra- pero el barbero no es una mera bufonería. A mí me parece correcto, y hasta logrado, la transposición de los personajes al siglo XX, convirtiendo a un soldado de dragones en un Rambo o a un religioso en un Elvis. Que Fígaro y Almaviva orinen (con discreción) frente al muro de la casa de Bartolo, carece de importancia. También orinaba Damaso Alonso contra los muros de la Real Academia de la Lengua y llegó a presidirla. Que Rosina se depile mientras en la cabaleta 'Io sono docile' salta de registro '¡Ay!' en el más puro estilo rossiniano, puede resultar gracioso en su irrespetuosidad, pero no es para rasgarse las vestiduras. Reconociendo el ingenio, la gracia o cierto sentido trasgresor que por otra parte la obra siempre tuvo, creo que tampoco ha sido una puesta en escena lograda.
Primeramente, los personajes, especialmente en Rosina, están muy desdibujados. Rosina no es la adolescente con la cabeza a pájaros y que lee revistas rosas sino la mujer aparentemente ingenua, con un toque maquiavélico y voluntariosa. En segundo lugar, una trama compleja resulta aún más enrevesada cuando a una escena se le añaden detalles o actuaciones superfluas. Es como si se pensase que un aria de Rossini es aburrida y necesita algo -una persona que abre una lata de cerveza, un sujeto que duerme en una esquina, un viandante que mira por las esquinas o una muchacha que se depila o pinta las uñas- que la haga como más digestible o cuanto menos entretenida. Y eso es un error.
Indudablemente, 'El Barbero' se juzga y valora, como no puede ser de otra manera, por la música. Por la orquesta y las voces. Y en este sentido, la realización fue magnífica. Habíamos comentado en la crónica apresurada de ayer la manera de llevar el tiempo, algo más lento que el convencional, de Albiach. Ralentiza para precisar el detalle de color e incluso para mover el tiempo y graduar las intensidades.
Impecable la OSPA y el coro e impecables las voces. Por las razones antes señaladas, Silvia Tro hace una Rosina a veces algo insulsa en el papel, pero gratísima de escuchar. José Manuel Zapata, salvo en algunos pasajes en falsete un poco inestables, tiene una emisión muy rossiniana. Vocalmente, su punto culminante fue 'Cesa di piu resistere', que además de un canto legato y elegante, fue un tratado de belcantismo.
Pietro Spagnoli es un Fígaro acanallado, y todo un barbero 'de calidad'. Dueño de la escena desde su prodigiosa aparición en el 'Largo al factotum'. La seguridad en los amplios saltos vocales, la agilidad en los parlatos, la perfecta declamación, la forma de matizar o la potencia nos indican las cualidades del cantante. Cualidades que se complementan con la seguridad en la escena, el control de las situaciones y la naturalidad dramática de los buenos actores. Actor, cantante y barbero «de calidad».

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