Javier Moreno (Murcia, 1972), publica en Candaya novela-pop, inquietante y sobrecogedora, galardona con el híspido y burbujeante membrete 'Nuevo Talento Fnac'. Articula la novela entorno al sonido 'Click', que parece ser el de un revólver que se dispara el protagonista contra si mismo, mientras le da vueltas a su vida y a buena parte de las de los demás, en diabólico juego de ruleta rusa o suicidio drástico que se retrasa y se va aplazando. La cita de Melville que abre el libro nos enternece: «Por el momento preferiría no ser un poco razonable». Escupe Moreno como bala o agujero inundado de sangre: «La creación no es más que un acto de coquetería» (pág. 21); «La traición es el camino más rápido cuando se trata de resolver ciertos problemas de economía afectiva» (pág. 27). Javier Moreno, niño que seguramente hacia collares con insectos, ha hecho una obra sin tema, imperecedera, radioactiva. Una preciosa y completa reflexión acerca de la mujer: amantes metidas en el porno, astrónomas, modelos, periodistas. Un planteamiento general del texto que puede resultar absurdo pero no por ello menos real: «De momento imagínense a alguien que escribe, que de vez en cuando toma el revólver que hay sobre la mesa y lleva el cañón a la sien y dispara» (pág. 42). Hombre al acecho y escritura irregular, como los mejores párpados: «Leía sin atención, como un animal contempla el paisaje camino del matadero» (pág. 47). Fragilidad o demencia inmóvil: «Desparramaría sus sesos como uno tacha un verso en un mal poema» (pág. 50). Una extraña violencia y equipaje de la memoria, un gigantesco ejercicio de la fantasía, una corporeidad de fogonazos, la fórmula del collage o del álbum de fotos más y mejor explotada que nunca. Necedad mucho antes que prudencia o calma o sortilegio. Libro joven, de los que dan fuerza, y porno sentimental estupendo, si se quiere, muy bien hecho. El esteta en su cadencia de metales cercanos: «Estamos desnudos y en tu muñeca hay un reloj que eternamente marca las 88:88, aunque a veces, debido a nuestra ingravidez, lo que veo son cuatro símbolos del infinito y en medio dos puntos: nosotros» (pág. 67). Tiene rabia y su grito me es cercano: «Sangre, no anhelo» (pag. 68). Moreno se vacía, al mismo tiempo que engulle. Deriva de los insaciables: «A veces un gesto puede acabar con el poder paralizante de un millón de dudas» (pág. 206); «Lo que pido no es sexo sino un inmenso caudal de ternura» (201). Autor de epitafios convulsos, maravillosos, frase sobre lápida que salva de la muerte: «Cualquier idiota es capaz de meter una bala en un cerebro brillante».