Faltan un puñado de minutos para las siete de la tarde y la temperatura se ha deslizado hasta los ocho grados en el distrito barcelonés de Les Corts, donde está empadronado el mayor estadio de fútbol de Europa. Entre la grada y la hierba, la liturgia propia de los domingos de Liga va sucediéndose en los preámbulos del encuentro en el Camp Nou. Tras el calentamiento y los estiramientos, el himno 'Tot el Camp' envuelve el ambiente a través de la megafonía y los 22 jugadores llamados a la titularidad comienzan a asomar por la boca de los vestuarios, mientras Enrique Castro González aguarda serenamente a pie de campo.
En los momentos previos al toque de silbato que descorchará el partido, una zamarra azul y una corbata grana (ninguna concesión al Barcelona, son los colores de la equipación de calle del Sporting) abrigan a Quini, que trata de camuflarse discretamente con el azul que tapiza el banquillo visitante. Pero 'El Brujo' -autor de desmarques prodigiosos en sus días de futbolista- es consciente de que no va a poder zafarse con el regate de las cámaras fotográficas y televisivas en este regreso a territorio azulgrana cargado de circunstancias.
'Quinocho', como era conocido en su etapa barcelonista, trata, pues, de abrevar la jugada. Charla y bromea con el centrocampista internacional Xavi antes de que el sorteo de campo y de saque oficiado por el árbitro y los capitanes dé paso al contraataque de los cámaras. Una melé formada por una veintena de reporteros gráficos busca la imagen del mejor delantero asturiano de todos los tiempos, mientras la afición de Can Barça, con memoria y agradecimiento, le regala desde arriba un aplauso por las cuatro temporadas de gloria que el ganador en cinco ocasiones del Trofeo Pichichi entregó al club catalán a principios de los años 80.
'El Brujo' agradece el gesto. Saluda a las cámaras con el signo de la victoria y levanta el brazo mientras mira a la tribuna entre una tormenta de flashes, ataviado con su eterna sonrisa. Por fin, se mezcla en un abrazo con Pep Guardiola antes de tomar posesión de su butaca de entrenador por un día, sentado en la primera línea del banquillo, entre el médico de la expedición, Gonzalo Revuelta, y el preparador físico Gerardo Ruiz.
Sólo él lo sabrá, pero quizás en ese momento el humilde Quini respira aliviado tras haberle hecho un quiebro a la emoción del momento. A partir de entonces les toca hablar con las piernas a los jugadores de ambos equipos, que han saltado al campo enfundados en camisetas blancas con el lema 'Tot l'any salut' (en el caso de los barcelonistas) y 'Todo el año salud' (los sportinguistas). Es la aportación a la campaña auspiciada por la Organización Mundial de la Salud con motivo de la conmemoración, el pasado martes, del Día Mundial contra el Cáncer, la enfermedad a la que se ha enfrentado con éxito 'El Brujo'.
El balón comienza a bailar por el mimado césped del Camp Nou y Samuel Eto'o juega a ser Quini en una noche llena de simbolismo. La prensa barcelonista destaca tras el encuentro que el atacante camerunés (autor anoche del gol número cien del Barça esta temporada) es el digno heredero del delantero asturiano (autor del gol número 3.000 de la historia azulgrana hace un cuarto de siglo).
Elogios de los técnicos
Antonio Rubinos Pérez interpreta el pitido final, Guardiola se despide de Quini con un beso y 'El Brujo' vuelve a convertirse en el delegado del Sporting. En la sala de prensa del Camp Nou ya es Preciado quien toma el relevo para devolverle el favor al mítico '9' rojiblanco. 'El Brujo', afirma, «está acostumbrado a emociones fuertes en su vida personal y deportiva, es muy grande. Seguro que ha sido un día especial y que en su fuero interno se ha emocionado. Todo esto se lo ha ganado».
Guardiola confiesa que Quini se ha acercado tras el partido al vestuario local, que también es el suyo. «Hemos cambiado camisetas. Es una persona muy querida aquí y seguro que está muy contento con su equipo», señala el técnico barcelonista. Quini, con el deber cumplido, guarda silencio.