C UENTAN las crónicas de la vida del Padre Ferris, jesuita valenciano, que una noche de invierno de 1900, cansado y hambriento después de una misión popular en un recóndito pueblo valenciano, invitado por una familia a cenar y compartir lo poco que tenían, oyó los quejidos de una persona cerca de la casa. Era un leproso, al que no se le permitía la entrada en el pueblo. El 17 de enero de 1909, el sanatorio-leprosería de San Francisco de Borja abrió sus puertas a los primeros ocho enfermos. Fontilles -así es como es conocido popularmente este sanatorio- impulsó a lo largo de 2008 un total de 35 proyectos en 18 países, atendió a más de 9 millones de personas que se beneficiaron de los programas internacionales de la entidad en 2007, de prevención, sensibilización, formación y erradicación de la lepra y de otras enfermedades ligadas a la pobreza. La Asociación de Lucha contra la Lepra 'Fontilles', que cuenta en la actualidad con 10.000 colaboradores en España, atendió el pasado año a 55 residentes en el sanatorio San Francisco de Borja, ubicado en la localidad alicantina Vall de Laguar, así como a 130 pacientes en régimen ambulatorio.
Durante algunos años pasé algún tiempo de mi verano con alumnos de Bachillerato en este lugar, la única leprosería que queda en España. Está en un precioso valle, cerca de Denia, en la provincia de Alicante. Allí conocimos, trabajamos y compartimos nuestro tiempo con todos los enfermos. Todos recordamos a María, una guapa gitana, muy mayor, que se arreglaba todos los días, se perfumaba y la sacábamos en su carrito de ruedas a pasear. Los pies y manos se los había llevado la lepra. La piropeábamos y ella, coqueta, siempre nos respondía: «Nadie viene a verme».
Para el Antiguo Testamento, la lepra, la enfermedad de Hansen, era una enfermedad maldita, una consecuencia del pecado. El leproso contraía además impureza legal: la pérdida de su integridad física le incapacitaba también para el culto. Les echaban de comer desde lejos, vivían apartados, en guetos. Su contacto hacía impuros a los demás; estaba prohibido tocarlos. Este contexto es importante para comprender el gesto de Jesús en el evangelio de hoy. Una norma del levítico declaraba impuro a aquel que tocara a un leproso. El evangelio se recrea en ese gesto de Jesús, «extendió la mano y lo tocó». Podía haberlo curado con su palabra, pero «extendió su mano y lo tocó», con lo que el mismo Jesús se convertía en impuro. Una constante que recorre la vida de Jesús es la tensión entre la ley y la vida. Entre una normativa rigurosa y el sentimiento humano sobre alguien al que se le ha quitado la vida 'en vida'. Jesús eligió la Vida. El Padre Carlos Ferris también. Y también la coqueta María.