Vio la nube de humo y no se lo pensó un instante. Adolfo García, alcalde de barrio de Godos, había vivido otros accidentes antes y quería evitar a toda costa que la historia se volviera a repetir. En 1990 saltaron chapas sobre este pueblo de 75 habitantes, a sólo 300 metros de la Química del Nalón. Y con la secuencia de los hechos todavía fresca en su memoria, corrió a avisar a sus vecinos. «Aunque los servicios de emergencia recomendaron no salir de las casas, cuando te ves en medio de ese humo, nadie quiere quedarse encerrado», justificó su acción.
Todos salieron por su propio pie, excepto María y Regina Rubio, dos hermanas discapacitadas: una no puede caminar y la otra es ciega. Aunque «nerviosas y asustadas» por su integridad y la de sus hijos, que viven en Soto de Trubia, permanecieron en todo momento en su casa con las ventanas y puertas bien cerradas. La Policía Local les ayudó a mantener la calma. Mientras, los bomberos trabajaban al otro lado del río Nalón en la extinción del fuego que ayer puso en jaque a la villa cañonera y los pueblos de alrededor.
Cuando se declaró el fuego, Bernardino Alonso estaba en el jardín de su casa. Conoce la Química como la palma de su mano. Durante 38 años trabajó allí, desde los 22 a los 57 que se prejubiló. Vio salir el humo en la planta de naftalina, pero no se asustó a pesar de que este derivado del alquitrán, explicó, «arde como la espuma» y de que ya había vivido la explosión de 1990. Su mujer, menos confiada, se había marchado a Oviedo con su hija. «Estas cosas las recuerdas toda la vida. Las imágenes se repitieron en mi cabeza porque también estaba allí en 1990». Manuel Rodríguez comentaba, en animada tertulia con unos amigos en el bar Galicia de Soto de Trubia, la experiencia que vivió hace casi dos décadas, cuando, como Bernardino, trabajaba en la fábrica. Alguno de sus contertulios, ex empleado de la Química, recordaba «tres incendios peores que éste».
Bromas en la barra
«De morir, morir en el chigre», bromeaban con enorme tranquilidad, a pesar de que la nube negra eclipsó el cielo. Por donde pasaba, parecía que se había hecho de repente de noche. Por efecto del viento reinante ayer, la columna de humo se movió hacia el Este y, además de Godos y Soto, otros tres pueblos se declararon en alerta: Sograndio, San Juan de Priorio y Las Caldas. Entre los cinco núcleos y Trubia casi alcanzan los 3.000 habitantes.
Cuanto más lejos estaban del foco del incendio, los ánimos de los afectados estaban más apaciguados. En Sograndio, a medio camino entre Trubia y Oviedo, la calma acallaba cualquier atisbo de nerviosismo. «Los vecinos están tranquilos», apuntó uno de sus habitantes, Marcelino González. Aún así, en estos casos, cualquier precaución es poca, y la Policía Local desalojó y cerró el centro social. Los vecinos se fueron a casa y, obedientes a las recomendaciones, cerraron puertas y ventanas y pusieron toallas húmedas para prevenir las consecuencias de la nube tóxica: irritación de la garganta y las vías respiratorias.
En Priorio y Las Caldas, la calma es el paisaje habitual. Y ayer no consiguió quedar empañado. Nadie avisó a sus habitantes de las recomendaciones a seguir. «Aquí no vino nadie. No nos enteramos», explicaron José Luis Hernández y Lucía Marín, de Priorio.
En el balneario de Las Caldas, los clientes se mantuvieron ajenos al incidente. Su tranquilidad tampoco se alteró y salieron de los tratamientos, tan campantes, con sus albornoces. Los responsables les advirtieron de lo ocurrido y les avisaron de que no abandonaran el recinto. Las mascarillas que habían preparado para utilizar llegado el extremo se quedaron en el armario.