Soto de Trubia fue una de las cinco poblaciones para las que el Principado decretó mensaje de confinamiento. El alcalde de barrio de la pequeña localidad ovetense, José Manuel Suárez Sánchez, fue la persona que hizo de correa de transmisión de la orden de alerta del Gobierno regional para que ninguno de sus convecinos resultase intoxicado por la nociva humareda.
Cuando se enteró de que no se trataba de ningún simulacro, sino de una emergencia real, movilizó a todo el vecindario desplazándose casa por casa con su propio coche para alertarles de que se encerrasen en sus hogares a cal y canto. El mensaje que transmitió era claro: confinarse en las viviendas con las puertas y ventanas cerradas y si había alguna rendija, colocar un paño húmedo. También trasladó la recomendación de permanecer atento a los medios de comunicación. El mayor temor del alcalde pedáneo, según él mismo relató, no era tanto los efectos de la nube tóxica en la población, sino el peligro que estas emisiones pudieran ocasionar en el medio ambiente, además del temor que las llamas se extendieran a otras partes de la factoría química. «Pensé desde el primer momento que no era una nube muy tóxica», reconoció el dirigente vecinal.
Reunión en el bar
Sin embargo, un buen número de residentes no perdió los nervios en ningún momento y prefirió encerrarse en un sitio público, el bar Galicia, para organizar una improvisada tertulia sobre lo sucedido en la cercana factoría. Todo lo contrario al comportamiento de tres vecinas que se enteraron del incendio de vuelta de realizar sus compras en Oviedo y corrieron despavoridas a encerrarse en sus respectivas casas.
En Trubia, el otro núcleo de población más próximo a la factoría de destilación de alquitrán junto a Soto, los vecinos respiraron «aliviados» cuando vieron que el viento dirigía la enorme nube tóxica de naftalina hacia el Este. En dirección a los pueblos de Soto, Godos, Pintoria, Perlín, Sograndio, Las Caldas y San Juan de Priorio. Esta circunstancia evitó los confinamientos y desalojos (como el de los 780 habitantes de Godos) de que fue objeto la gente cuyas viviendas quedaron envueltas por el negro y nocivo humo para las vías respiratorias.
Aun así, ninguno de los habitantes de Trubia se libró del «susto y el sobresalto» cuando vieron cómo el perímetro de Química del Nalón era tomado a media tarde literalmente por las fuerzas y cuerpos de seguridad. «Prácticamente todos los vecinos del pueblo tienen un familiar o un conocido que trabaja allí y, en un primer momento, todos nos temimos algo mucho peor», explicaba anoche una mujer que tiene un sobrino empleado en la planta productora de breas y naftalina.
Jesús Gabarri, trabajador jubilado de la planta química, conoce bien las consecuencias de la inhalación de los vapores de este subproducto del alquitrán, porque lo manipuló durante 30 años. «Te pican los ojos y se te mete para adentro. No afecta seriamente a la salud, salvo que tragues mucho humo. Además, es un material muy volátil y quema como la gasolina», resumió. Gabarri relató que la tranquilidad del pueblo se vio alterada a las 18.30 horas, cuando la carretera vieja de Godos quedó cortada para el tráfico y vieron elevarse un cortina de humo negro sobre sus cabezas.
Otro habitante de Trubia, José Manuel Gómez Iglesias, recordaba ayer en un bar de la parroquia ovetense otro incidente ocurrido hace quince años en la misma factoría y del que fue testigo cuando vivía a la otra vera del río, en Soto. «La onda expansiva de la explosión me abrió la ventana», evocó. En esta ocasión el sobresalto ha venido en forma de incendio y nube tóxica.
30 metros de llamas
«Las llamas imponían mucho. Subían por lo menos 30 metros», comentó este vecino. José Manuel señaló también que «resulta inevitable pensar en lo que habría sucedido si se llega a propagar el fuego, porque allí hay mucho material inflamable». «La Química lleva aquí toda la vida y sólo te das cuenta del riesgo que supone vivir cerca cuando pasa algo. La suerte es que, al final, todo ha quedado en un susto», concluyó.