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OPINIÓN CARTAS

19.03.09 -

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Yo comprendo muy bien la alarma del portavoz de los obispos ante el peligro de extinción de una especie «desprotegida». Pero, por supuesto, no hay que ser un lince para comprender que no se trata aquí del lince ibérico (que ellos siempre han despreciado, diciendo que no tenía «ánima», alma) ni de un niño español (más protegido que nunca, a pesar de tantos intentos de los obispos por prohibir cuidados vitales para ellos, desde las vacunas hasta las células madres), sino de su propia subespecie, la de obispos realmente sin alma, capaces de excomulgar a quienes salvan a una niña de nueve años violada que va a morir por estar embarazada de mellizos, como estos días en Brasil. La ciencia, los derechos humanos reales y la libertad de prensa están poniendo cada día más en evidencia los gravísimos daños causados por esa subespecie invasora que quiere imponer sus antinaturales decretos a todos, por la fuerza de las leyes del Estado; decretos que ni siquiera están, ni de lejos, basados en sus mismos libros sagrados: desde que tras un conjuro sacro lo que parece pan es real y físicamente (¡!) la carne «transubstanciada» de Cristo, hasta que un feto informe, al que ellos mismos permitieron durante muchos siglos abortar en las primeras semanas, es ya un niño de un año, como en la estafadora imagen presentada por ese obispo que va por tan mal camino.
En realidad, estos obispos, a diferencia de otros obispos más sensatos y humanos de otros países, nunca se han mojado de verdad ni han salido a la calle para pedir ayuda real para defender a la infancia necesitada. Sólo les interesa crear absurdas leyes y pecados cuya posterior absolución les dé aún más poder entre sus creyentes.
De ahí que los ciudadanos se desvinculen cada vez más de esa subespecie antinatural, cuya creciente decadencia y previsible extinción constituirá un notable triunfo de la vida, en favor de las especies normales y equilibradas, tanto humanas como animales.

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