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15.04.09 -

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Diagnóstico fallido
D ESPUÉS de leer el documento íntegro con la declaración final de la cumbre de los líderes del G-20, se me ocurren algunas reflexiones. La primera sería que esta declaración apunta, aunque no de manera contundente, hacia la superación de los viejos supuestos de Adam Smith sobre el individualismo, el juego del mercado y la mínima intervención de los gobiernos en la orientación de la economía colectiva, porque la declaración habla de soluciones globales, de crecimientos compartidos, de recuperaciones ecológicas y sostenibles y de planes que respondan a las necesidades reales de la población, aunque, al mismo tiempo, apunta el rechazo al proteccionismo como la fórmula para apuntalar la prosperidad. La cumbre y sus conclusiones vienen a fortalecer (quizá sin pretenderlo) las llamadas teorías de la dependencia generalizada que afirman que la explicación válida de la realidad económica está en la percepción del poder, con sus encadenamientos, jerarquías y variables. Los procesos económicos son el resultado de decisiones colectivas que dependen del poder que prevalece. Deduzco, por tanto, como segunda reflexión, que aquellos que hoy tienen el poder en el mundo han pretendido salvar de la ruina a un mercado sin más brújula que el beneficio y carente de cualquier tipo de orientación social. Y como tercera reflexión pienso que la declaración de Londres desbarata los confines divisorios entre economía y política, y lo hace confundiendo las dos disciplinas y constatando que cualquier intento de distinción entre ambas no sería más que artificiosa y vana palabrería.
De los 29 artículos, sólo en uno se hace referencia a la Tierra, y se hace para expresar un compromiso (quizá sólo una intención) de afrontar la amenaza del cambio climático irreversible apelando a la responsabilidad compartida. En diferentes momentos de la declaración se habla de los más pobres y vulnerables, de los que no tienen trabajo, de los países más necesitados, y se recitan ayudas globales, pero esto se hace más desde una posición expiatoria (para mitigar el impacto social de la crisis) que desde la convicción de la necesaria renovación de los actuales valores y principios esenciales que fomentan la economía sostenible. Hay un diagnóstico claro al asegurar que los fallos en el sector financiero y en su regulación y supervisión son la causa de la crisis. Por esto la casi totalidad de los artículos declaratorios se refieren al mundo de las finanzas, y se habla de nuevas regulaciones, de integridad, de decoro, de transparencia, de disciplina, de estímulos fiscales, de fomentos y, claro está, de ayudas monetarias (lo cual no parece que los líderes interpreten como proteccionismo)
La economía de mercado ha acudido a la cumbre con un cáncer terminal que afecta a sus principales sujetos (consumidores, empresas y gobiernos) y a todos sus objetos (recursos naturales, trabajo humano y capital) y sale de ella con unas pocas recetas para el dolor de muelas, o, lo que es lo mismo, con un mínimo tratamiento que afecta únicamente al dinero. Se vuelven a alabar las perfecciones del mercado y así se habla una vez más de competencia, del ajuste de la oferta total a la demanda y de la libertad del consumidor. Hace muchos años que magníficos economistas del mundo vienen rebatiendo estas bondades con sólidos argumentos. Por hablar de alguien próximo podemos acercarnos a los artículos de Sampedro, recogidos en Debate (Economía Humanista). Las medallas del mercado tienen su reverso inicuo. El de la competencia es la falta de información, los monopolios o las dificultades en el acceso a ciertos productos. En cuanto a la oferta y la demanda, basta fijarse en las superproducciones y en las escaseces del mundo o en los productos destruidos o en las demandas no satisfechas. Con respecto a la libertad, cabe decir que nunca se puede elegir desde la pobreza.
La no intervención total de los gobiernos en los mercados conduce a dejar las manos libres a los más poderosos. La crisis actual es la crisis del proceso de desarrollo seguido hasta ahora, es la constatación de que nuestra forma de vivir ha llegado a sus límites: naturales, políticos y psicológicos. No es algo trivial el que hoy la palabra fundamental sea seguridad, porque supone una obsesión propia de sociedades inseguras y en crisis. La nueva palabra para un nuevo sistema (apuntada en la cumbre, pero sin argumentos creíbles) debe ser la solidaridad (tolerancia frente a la provocación, cooperación frente a la competencia, distribución justa de los beneficios frente a los enriquecimientos desmedidos, nueva cultura que promueva el afán de mejorar frente el afán de poseer y ecología frente a la destrucción del planeta). En este nuevo desarrollo, que se aleja del mercado imperfecto tanto como de la economía planificada, no sólo serán colectivos los errores y las pérdidas ocasionadas, también lo serán los grandes beneficios privados. Entonces se contemplará la crisis como una contingencia de renovación de los valores de una especie humana que opta por vivir y no por acumular poderes y objetos.

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