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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Cultura

18.05.09 -

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Enciendo la luz para que me comunique que se fue Mario Benedetti justo la misma persona que me regaló uno de sus libros con el fin de que leyera y así, con la luminosidad del poema, me curase de la insegura adolescencia cómo un conjunto de imperfecciones armónicamente ordenadas producen algo mucho mejor que la belleza. Y me lo dice en el mismo instante en que alguien me susurraba lo maravilloso de la infancia: ese periodo exento de prisa, donde la muerte lisa y llana no existía. Pero el poeta uruguayo me había advertido a través de sus palabras que llegaría este momento en que la muerte es la muerte de los otros. Y también ese instante en que ya empieza a ser la nuestra. Porque así es. Se ha muerto Mario Benedetti.
Aquel con quien muchas generaciones aprendieron que el olvido está lleno de memoria. Y lo recordaba desde el muñón doliente con el que despedía los barcos uno de aquellos torturadores que tan atinadamente retrató (y condenó) a través de cuentos como los de 'El porvenir de mi pasado', versos como los que recogió en sus diferentes 'Inventarios', y novelas como 'La tregua' o 'Primavera con una esquina rota'. Lo escribió el exiliado: el hombre sereno, irónico y ciertamente un poco triste, que nos regaló poemas de amor como 'Táctica y estrategia', 'No te salves' o 'Te quiero'. Al que cantamos en la voz de Nacha Guevara. Y a quien Ana Belén y Víctor Manuel parafrasearon en una gira al asegurarnos que en la calle, codo a codo, / somos mucho más que dos. Mas cuanto nos advirtió de que estaríamos listos cuando aquellos que no distinguen el ser del estar viniesen a inyectarnos democracia. Ahora, cada cual en nuestra particular crisis, ya lo entendimos.
Pero se va dejándonos luz. Esa claridad retratada en el corazón de la poesía, que en este caso, por cercana, fue más que nunca de las manos y los ojos del pueblo, en el que creía en general. Y en tus ojos y tus manos en particular, decía después. Y se plegaba en la página, como en este final de la vida, invocando su propia iridiscencia: a esa Luz (su mujer) que lo iluminó, como siempre.

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