a su propósito: guiar a la gente en la azarosa vida, guiarla por los caprichosos caminos que propone la naturaleza. Estoy viendo desde mi ventana las cerezas coloradas, festín de los pájaros, y esas ramas tan cargadas son un prodigio. En Kyoto, por estas fechas, se celebra el festival de la cereza. El recuerdo alegre de los cerezos florecidos se solapa con el descubrimiento de la fruta recién madura. La fugacidad renovada de la belleza, decía un filósofo chino que cita en algún sitio Somerset Maughan, es condición de la calidad de la belleza. Como la raitanina que se ha posado un momento en sus cañas, me ha mirado sorprendida, ha picoteado levemente una cereza y se ha echado a volar, así los momentos que nos conmueven verdaderamente. Yo no estoy en Kyoto, sino en Caces d'Uvieo, antigua capital de La Ribera de Baxo, y contemplo las cerezas, el suave viento acariciando las hojas. La tarde es muy cálida: amenaza lluvia pero no es difícil distinguir en esta extraña transparencia las vías imprevistas del verano.
Hay otro refrán asturiano que dice que 'la lluna d'otubre, siete meses cubre'. Quiere decir que si por la primera luna de octubre sopla la envernada, lo que a veces suele suceder, siete meses se mantiene el mal tiempo. Cuenten ustedes de octubre a ahora y verán cómo es verdad que nunca llovió que no escampara. Yo veo lo álamos crecidos, los caminos yermos que conducen a las brañas de Siones, en las sebes donde se entrelaza el boj antiguo y la rosa nueva se ha escondido la raitanina. Atardece lentamente, pienso en Somerset Maughan y en su libro de estampas 'El biombo chino'. De todos los de él, éste es el que más me gusta. Por algún lado andará. Recuerdo que en una de sus estampas, que algo de barojianas tenían, le hacía decir a un filósofo chino lo dicho sobre la belleza y esta declaración tan certera: «El drama literario es siempre el mismo: es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. Por lo cual todo el mundo opina». Si miro dentro de mí mismo, ya ven, también a veces encuentro cerezos en flor.
Unos caballos pastan en el prado de al lado: un caballo, una yegua y dos potrillas. Los caballos tienen la quietud de la atardecida, las potrillas la alegría de la nerviosa promesa de la noche. Yo escribo. Quisiera que mi página fuera una trampa donde quede atrapada la belleza, la paz de esta tarde. Ahora es una lavandera guapa la que se ha posado en la caña más alta del cerezo. Picotea una hoja levemente orbayada, saciando su sed.
Pronto será de noche y habrá que hacer renacer dentro de casa el calor antiguo. Poner velas por los que somos y los que fueron con nosotros es algo que se hace si se ha vencido la prisa, si se ha cercenado el ansia y se ve como posible la tranquilidad. Aún tengo, afortunadamente, una hora para demorarme en la descripción. Después llegará la noche y el momento de las historias. ¿Qué veo?: un paisaje cargado de tiempo se refleja tembloroso en mi retina. Antes que yo, alguien labró esos montes, colocó las piedras en los muros, plantó los avellanos. Mi cerezos, que están algo enfermos y necesitan una buena poda, saludan la noche que llega, pero como yo se detienen asombrados en este instante. ¡Es tan hermoso tener los brazos cargados de tiempo!
No sé cómo será el festival de las cerezas de Kyoto, tan celebrado. Leo que los japoneses tienen la costumbre de colgar pequeños poemas de las cañas, después de retirar las cerezas privándole a la noche del rubor juvenil de la tarde. Esos poemas hablarán del adiós, de la promesa del mañana, de la melancolía -que es la peor-por lo que se tuvo y no se retuvo. Habrá en ellos, de cualquier manera, celebración de la vida. También yo, hoy, celebro la vida y la suerte de ser feliz con los míos. La primavera dispone sus últimos pasos, háganme caso y aprovéchenlos; que no venga la torcida memoria a cambiarles sus planes. Sé de lo que hablo: ya ronda demasiado la muerte en cada esquina como para no detenerse un momento en el camino y recordar lo hermosa que es la vida.
'Pela Ascensión, cereces n'Uvieo y trigo en Llión'. De momento, es verdad: el cambio climático se estará dando, pero por esta parroquia no se nota. Hace apenas una semana todo eran comentarios sobre la fatalidad del tiempo: que si había llovido demasiado, que las noches eran demasiado frías, que a ver quién entendía que un día hubiese sol y al otro premoniciones de invierno. Las cerezas están ahí iluminado el mundo. Yo les cuelgo este poema en sus cañas. Yo, que soy ateo, y rezo por los míos.