C UALQUIER gijonés, y más si es un observador interesado por su tierra, y no digamos si su curiosidad le llevó a contemplarla desde lo alto de cualquiera de las atalayas naturales que dominan Gijón, sabe de sobra todo esto. Lo que voy a escribir, digo. Pero no estorba recordarlo, aunque no sea más que para no difuminar la perspectiva de lo que se tiene y se puede perder.
El territorio gijonés cuenta con una realidad equilibrada, que potencia el valor de su espacio: un gran núcleo de población en un concejo con la extensión justa para no poder calificarlo de municipio de hábitat urbano, pero en el que tampoco lo rural logra tener preeminencia. Resulta así que precisamente la presencia de una gran ciudad hace resaltar, por contraste, los valores del ámbito rural, al que se accede sin apenas transición alguna. Hay que añadir unas características físicas favorables: una morfología de semillanura, con suaves ondulaciones, en la que las mayores alturas son colinas de fácil acceso que se convierten en excelentes miradores de la costa y de todo el entorno, todo ello cubierto de praderías y pequeños bosques. Naturalmente, un espacio así se convierte en algo apetitoso para la voracidad de la gran ciudad, y ahí es donde uno no sabe si se es consciente de su valor y si se hace lo posible por no intervenir en él más de lo estrictamente necesario. El caso es que, entre los agresivos desmontes para nuevas autopistas y las nuevas construcciones públicas y privadas que día a día van apareciendo, nuestra hermosa campiña está reduciéndose o, cuando menos, perdiendo buena parte de su encanto. Y eso sin contar con la degradación a la que ha sido sometida en los últimos años por algunos de sus propios habitantes, hasta el punto de que, de sus elementos originales, sólo queda algún que otro hórreo y poco más. Da pena ver cómo se han introducido en nuestras aldeas, sin el menor control, estilos constructivos y materiales totalmente ajenos, como la pizarra, el aluminio y la plaqueta, o cómo se atenta contra el entorno con elementos de estética dudosa: cierres de cemento, barandillas, jardineras, todo ello con formas decorativas importadas. No hay más que darse una vuelta para comprobarlo.
Lo cierto es que ese espacio verde que nos rodea es uno de nuestros mayores y más hermosos activos, un inusitado privilegio para cualquier ciudad, pero cabe preguntarse, al margen de estar de acuerdo con esta afirmación genérica, hasta dónde llega el empeño de todos por conservarlo. Entre lo que se ha hecho, casi siempre por falta de conocimiento, y lo que se está haciendo, parte de ello por la ley de una discutible modernidad, le han ido despojando en buena medida de su atractivo original. Es posible que nuestra campiña haya de ser un «hinterland», en el sentido de que se trata de un área unida social y económicamente a un núcleo urbano, pero lo que no cabe es convertirla en lo que alguien definió con la antítesis de «campo urbano». Es cierto que, como cualquier ciudad, Gijón es una batalla ganada al campo primitivo, pero ahora no estaría de más ayudar a que el campo gane la suya.