Mirar la carga de la batería en lugar del depósito. Poner la palanca en situación para circular hacia adelante o hacia atrás, en lugar de cambiar de marcha. Acelerar y frenar, sin utilizar el embrague, porque no lo hay. Tener más cuidado que de costumbre con los peatones, porque no te oyen llegar al semáforo o al cruce. Son las rutinas a seguir cuando se conduce un coche eléctrico, uno de los pocos que circulan por Gijón.
Las conoce bien Sebastián Sáenz de Santa María, firme defensor de estos vehículos que, además, comercializa a través de Astur Electric Cars. Tan defensor es que se enfrentó a un auténtico laberinto burocrático para importar de Suiza el primero que tuvo, hace cuatro años. Ahora va al volante de una Piaggio Porter, una furgoneta con 6 plazas, capacidad de hasta 500 kilos de carga y un precio de 22.500 euros. Con ella circula por Gijón y va a trabajar. Con ella llega cada día al garaje comunitario en el que aparca y donde recarga el juego de 16 baterías que lleva este vehículo. Cuenta Sáenz de Santa María que cuando trajo su primer coche eléctrico tuvo que pedir una reunión con la comunidad del garaje. Solicitó disponer de enchufe y contador. Así, paga lo que gasta. En total, unos 50 euros al año, que le dan para entre 4.000 y 5.000 kilómetros.
La furgoneta que ahora conduce alcanza los 60 kilómetros por hora. Como casi todos los vehículos eléctricos que se comercian, está pensada para circular por la ciudad. No sólo por la velocidad que alcanza, sino también por el tiempo de autonomía. Lo más lejos que ha ido Sebastián en coche eléctrico es a San Martín del Rey Aurelio. Allí recargó para volver. También podría ir hasta Oviedo, pero por carretera. A 60, por la autovía, estaría complicado, porque lo que para la vía es la velocidad mínima, para el vehículo es ya un esfuerzo.
Este ingeniero industrial es uno de los dos únicos particulares que tiene en Gijón un coche eléctrico. El otro es un empleado de HC. La Autoridad Portuaria tiene dos en renting y la Agencia Local de la Energía acaba de devolver el suyo a Sáenz, que ahora lo vende por 7.000 euros. Pero, nuevo, el coche eléctrico más barato cuesta 12.000 euros. De ahí, en adelante, porque «se fabrican en series muy reducidas». Es caro, pero Sáenz defiende que «lo amortizas en 4 o 5 años, igual que uno de gasolina que te cueste 9.000». También salen caras las baterías, si hubiera que cambiar el juego entero. El de la Piaggio, unos 1.500 euros, pero puede llegar a 4.000. «Pero duran más que las de un móvil», hasta 150.000 kilómetros. También pesan más: en este caso, 300 kilos.
La furgoneta de Sebastián sigue llamando la atención. Sin duda, no estamos acostumbrados a que una luz verde te indique que la batería está totalmente cargada en el cuadro de mandos de un vehículo. Eso es lo primero que Sáenz mira por las mañanas, antes de salir del garaje. Un dispositivo de seguridad te impide arrancar (un arranque absolutamente silencioso) si el coche aún está enchufado. Y, a partir de ahí, a conducir un vehículo «cuatro veces más eficiente que uno de combustión». Lo difícil, asegura, es «volverte a acostumbrar a cambiar las marchas».