Cuando uno llega el último domingo de julio a la fonda de Aristébano, le resulta difícil creer que lo que se celebra allí es una boda. Es tal la cantidad de puestos, barracas, mercadillos; tan grande el despliegue, con varias patrullas de la Guardia Civil, Protección Civil, un par de puestos de emergencia que rezan 112, que uno tiene la impresión de estar en unas fiestas patronales más que en un enlace matrimonial. Aunque lo cierto es que lo que se celebra es un casorio y, por eso, la fiesta también se respira en el aire.
La fonda de Aristébano está a rebosar y aún así siguen llegando más y más autobuses cargados de gente que se mezcla con las personas ataviadas con los trajes tradicionales de la región y que calientan sus gaitas y castañuelas. Desde hace cinco siglos, los vaqueiros han vivido en el occidente asturiano sin asentamiento fijo, pastores estacionales que en invierno buscabann refugio en la costa, y que a primeros de mayo alzaban sus moradas a las brañas altas. Hoy en día, este pequeño grupo étnico pone color a un día del año, el día que se celebra la boda vaqueira, una fiesta declarada de Interés Turístico Nacional, y una ceremonia esencial para la perpetuación de su cultura.
Una cultura que cada vez se acerca más a otras. Buena prueba de ello es que el novio que ayer se casó en la braña nació en Ecuador. «El primer ecuatoriano, pero no la primera persona americana que se casa aquí», matizó Carmen Martínez. «Hace unos años se casaron una estadounidense y un vecino de Luarca», recordó.
Carminina, como la conocen todos, es la persona indicada para retraerse a los inicios de la celebración de esta ceremonia. Ella es quien más sabe y la organizadora y presidenta del festival vaqueiro, además de una de las fundadoras de este festival en 1959, amén de otras muchas cosas, como presidenta de la asociación de amas de casa, vicepresidenta del casino... «En fin, todo lo que no se cobra», comenta entre risas. Y así narra Carminina algunos entresijos de esta tradición vaqueira: «La figura más importante de esta tradición es, sin duda, Rogelia Gallo, la conocida como la 'juglaresa de las brañas', nacida en 1854 y que impulsó la recuperación de los coros y danzas de la tradición vaqueira", dice.
«Incluso llegó a bailar para Hitler», apunta Paulino Lorences, otro vaqueiro añejo. Al parecer, «con todo eso de la raza aria, se interesó por los vaqueiros, que somos descendientes directos de los celtas». No sabemos si a esto se le puede llamar mérito, pero lo cierto es que da una idea de la imagen que Rogelia impulsó de la cultura vaqueira y la dimensión que alcanzó a escala internacional.
Trasncurre la conversación hasta que al mediodía se arma un revuelo. El novio y la novia, que generalmente solían vestirse en la fonda, salen de un coche ya vestidos. Ella, con pañuelo negro; él, con capa y sombrero negro de fieltro bien calado en la frente y, entre la música que empieza a sonar a su paso, comentan su historia con alegría. «Estoy un poco nerviosa», admite, como todas las novias, Carmen Marcos, que explica cómo se decidieron por una boda tan inusual. «Es una tradición de la tierra de mi familia, para mí es todo un honor». Él, Marco Antonio Pullas, también se confiesa. «Cuando me lo propuso me interesé mucho, algo tiene de mi cultura, algo que las une. Pero por supuesto no me esperaba esto», dice sonriente al comprobar los miles de personas que no le quitan un ojo de encima y se han dado por invitados al cereminial.
El ritual, entonces, echa a adnar. De la fonda, entre música y cantos, todos los vaqueiros peregrinan a a Aristébano, hasta donde suben a lomos de caballos o a pie y desde donde la comitiva se encamina a la braña, el lugar del enlace. «¡Lo que te queda, hija!», dice una señora a la novia convertida en amazona. «¿Por el caballo o por el esposo?», bromea ella. «A mí éste me dio buen resultado», dice otra, cogiendo del hombro a su marido.
Romería hasta el altar
Por una caleya ribeteada por muros de piedra, la romería se encamina hacia el altar. Primero, un abuelo con unos pequeños de la mano; luego, banderas y parejas de vaqueiros; detrás, los más jóvenes, y a la cola unos bueyes que tiran de un carro muy especial, el del ajuar de la novia, con una cama blanca encima, y en ñla forja del cabecero unas barras de pan y un orinal que cuelgan del carro. Miles de personas rodean al séquito, y al pasar los novios a caballo, los '¡vivan los novios!' no se hacen esperar.
La llegada al altar les asoma al valle. Miles de personas guardan silencio. Los novios están nerviosos. Hay mucha gente, mucha prensa. No es el marco típico para una boda, pero al final triunfa el amor. «Sí, quiero», se dicen emocionados ante el cura. Acaban de casarse entre el valle verde y el cielo azul, entre los suyos, los vaqueiros, y curiosos, entre el presente y el pasado.
El resto, forma parte de su historia.