Esta novela necesita una película. Y hay una película por ahí que necesita esta novela. Me refiero a 'Los números del elefante', de Jorge Díaz.
Quizás no les suene mucho, pero esa es mi labor: ponerle un cascabel. Imagínense 'Uno de los nuestros', de Scorssese, pero en el Brasil de los cincuenta. Imagínense la misma rapidez de planos, la misma contundencia en las situaciones, los mismos personajes que sólo respetan una ley: la ley de la gravedad, aliñado todo con una lectura política que alterna la anécdota con el análisis. Eso es 'Los números del elefante'. Las conciencias cortadas a medida. El mafioso que todos llevamos dentro. Ese lenguaje político que no es más que la pura legitimación de lo dominante, una sublimación de los intereses, una superestructura que falsea las contradicciones de lo concreto, como nos recuerda Karl Mannheim.
Los personajes saben, como los buenos deportistas, que si en la vida lo tienes todo bajo control es que no vas al límite. Y también que si quieres hacer reír a Dios, no tienen más que contarle sus planes. La historiaavanza con la contundencia de una fresa periodontal a través de los sueños y las ambiciones y los amores y los odios y las favelas y el juego y lasplayas y la melancolía y Bernardo y Albino, los protagonistas que se marcharon a conquistar su particular Nuevo Mundo y terminaron descubriendo el reverso tenebroso de los sueños. Como Al Pacino en 'El precio del poder' o Robert de Niro en 'Érase una vez América'.
El fútbol, la sensualidad, la samba, el carnaval, el sol implacable deltrópico, un país que intenta inventarse a sí mismo se entrevera con situaciones tan inolvidables como la del pragmático cura que tiene su iglesia en Ipanema, la primera del mundo con aire acondicionado, porque el sacerdote decía que él no competía con el diablo sino con la playa, y que donde tenía que hacer calor era en el infierno, no en las iglesias. O con la reacción de Juscelino Kubitschek cuando una periodista le reprochó que construir su capital Brasilia en un desierto le parecía absurdo, a lo que él respondió que lo que le parecía absurdo era el desierto. O con el futuro presidente Janio Quadros, que siendo aún gobernador de Sao Paulo recibió durante una cena de gala la noticia de un incendio y salió corriendo para llegar minutos después, y en lugar de un traje vestía la chaqueta del pijama y decía que había saltado de la cama, en la que yacía con gripe, para estar junto a los afectados. O con el mundial de Suecia, en el 58, cuando el psicólogo de la selección brasileña diagnosticó que no podían ir ni Pelé por infantil, ni Garrincha por vago, ni Didí por mercenario. al final quien se quedó en casa fue el psicólogo.
Un lento goteo de muertos y balas perdidas y traiciones hasta que la novela misma acaba por desangrarse, y en sus últimas páginas recurre al imán de la memoria, una memoria desnortada que apenas puede mantenerse recta sobre su guía. Si algo habría que reprocharle a esta novela es la excesiva concisión, una adjetivación quizás demasiado plana, pero que se compensa con la agilidad de la ficción y las tablas de quien lleva toda la vida dándole a la pluma. A la postre, Jorge Díaz ama Brasil. Y nos hace amarlo a quienes hemos tenido el gusto de leerle.