E n una novela de Maurois, 'Climas', una de las protagonistas hacía una doble lista acerca de su amante: lo que me gusta de ti; lo que no me gusta de ti. Si hiciésemos ese balance sobre esta representación de 'La Bohème', podríamos resumirlo en acuerdos musicales y desencuentros escénicos. En primer lugar, el mayor acuerdo fue la muerte de Mimí en la voz de Svetla Krasteva. La escena del último acto que comienza con el 'Sono andati' resultó de una emotividad lírica memorable que corona una gran versión de la cantante búlgara. Esa mezcla de expansión contenida, expresión dulcísima con un fraseo sostenido, matizaciones vocales en eco, como un recuerdo, justifica y engrandece toda la ópera. Una muerte de primera que pone el broche a una versión musicalmente atractiva, escénicamente confusa.
En la balanza de lo positivo, está la dirección de Óliver Díaz muy bien respaldada por la orquesta. Gustó la OSGI, especialmente en el tercero -de una gran riqueza tímbrica- y cuarto acto. Sonoridad de detalle, y al mismo tiempo muy bien compactada y cantada en las cuerdas. Por ejemplo la articulación y delicadeza del canto de las cuerdas acompañando a 'Una terribil tose', en el tercer acto, nos da idea del grado de calidad a la que puede llegar nuestra orquesta gijonesa. También agradó la alegre y corta y intervención de las voces blancas del Conservatorio de Luarca Navia. Los niños lo estaban pasando bien en la escena, y esa alegría no sé si se transmitiría al público, pero sí a mi.
Vocalmente estuvo muy bien Sonia Munk, un timbre de voz muy bello, agilidad y seguridad en los agudos, aunque en su famoso vals 'Quando m'en vo soletta per la via' le perjudicó la escena. Solvente el bajo Zapater, que recibió, al igual que en Oviedo en la pasada temporada, las ovaciones del público tras su aria 'Vecchia zimarra'. Cansino es un buen profesional, y, pese a su anunciada indisposición encarnó con seguridad e, incluso, cierto aplomo el rol de Marcello. No tuvo su día Enrique Ferrer, forzado en los agudos, pobre de volumen y con poca homogeneidad en el paso del registro medio al agudo.
Lo negativo fue, en mi opinión, la concepción escénica del segundo y tercer acto. Y no por la cacareada actualización, que eso es lo de menos, sino por la falta de relieve poético, especialmente en el tercer acto, todo un sinsentido, y lo plano y confuso del segundo acto, en el que las soterradas relaciones entre Marcello y Musetta, sencillamente no se entienden si no se conoce previamente la obra.
Pese a ello todo, el balance es positivo y se resume en una frase, 'Mi chiamano Mimí'.