El Comercio

Animación por fuerza mayor

Los primeros mayores de la cola que ayer se formó en la puerta principal del recinto Luis Adaro aguardan para acceder a la Feria.
Los primeros mayores de la cola que ayer se formó en la puerta principal del recinto Luis Adaro aguardan para acceder a la Feria. / JOSÉ RAMÓN NAVARRO
  • La tercera edad responde con entusiasmo a la invitación de la Feria

Manolo y Asunción se encuentran en el grupo de cabeza para acceder de forma gratuita a la Feria, que ayer celebró el Día de la Tercera Edad. «Menos mal que estamos a la sombra», suspira ella, «cansada de esperar» por la apertura. «¿Quies callar un poco, ho?», replica él. «Todos los años ye el mismu cantar. 'Ay, los pies'. 'Ay, un cafetín'. 'Ay, voy sentame un poco'. El añu que vien, vienes con la tu fía». Y así, hasta que los guardias de seguridad permitieron el acceso a la multitud que aguardaba paciente haciendo cola. En algunos casos, desde poco antes de las 10 de la mañana -el recinto abre una hora después-.

Ya dentro, la avalancha fue dispersándose con el caminar de los visitantes. «¿No regaláis nada?», preguntaba uno de ellos en el estand de SabadellHerrero, al tiempo que hacía acopio de varios puñados de bombones. «Estarán guardando les coses pa Javier -el presidente-. Luego, volvemos», refunfuñó otro.

Los destinos iniciales fueron tan variados como posibilidades ofrece la Fidma. Así, mientras alguna esposa tramaba un recorrido alternativo, «pa no encontrase con el mogollón», un abuelo y su nieto se fijaban en un Mercedes deportivo. «¿Gustate esti?», preguntaba el mayor, que terminó por encontrarse con una respuesta de lo más madura: «Abuelo, ¡acabas de comprar un coche nuevo!».

También hubo gente que fijó su objetivo inicial en el pabellón del Grupo Masaveu, aunque no por los cuadros que allí se exponen, sino por los bloques de hormigón situados en el exterior, sobre los que muchos suelen sentarse. «¿Tienes prisa? No te van a marchar con el tresillo. Puedes estar tranquila. ¡Será por muebles!», apuntaba sonriente y socarrón un caballero que, con las manos apoyadas sobre el bastón y los ojos cerrados, trataba -o eso quería hacer ver- de disfrutar del sol. «¡Ay de mí si fuera pa ver al Oviedo!», contestaba su esposa, de pie y con cara de muy pocos amigos.

Pero la visita, obviamente, tenía que continuar. Previa y obligada parada en los aseos, «que están limpísimos y da gusto velos», la curiosidad se fijó en unos sillones masaje que permanecen expuestos en el Pabellón Central y que alguno no se atrevió a probar porque ponía un cartel de 'niños no'. Los dulces de la galería comercial, que podían probarse gratis, también provocaron una pequeña avalancha. En especial, de manos.

También hubo señoras que se hicieron las locas, moviendo la cabeza en gesto de negación, ante la insistencia de una comercial que trataba de presentar una nueva marca de electrodomésticos; y otros que aprovecharon la ocasión para ligar, sin complejo alguno por la diferencia de edad. «No me digas que no conoces León. Pues aquí tienes un guía de excepción», se ofreció un hombre, bocadillo en una mano y refresco en otra, a un grupo de jóvenes camareras que acababan de entrar a trabajar.

Pulpo y calamares

Cuestionados por los motivos que les trajeron a la Feria, los mayores apuntaron hacia la posibilidad de disfrutar del día de una forma diferente. «Eso sí, ya no podemos con el alma», bromeaba Francisco Llera poco después de poner el primer pie en el pabellón central. «El Día de los Mayores es una muy buena idea, porque con la pensión que nos queda, apenas tenemos para comer algo aquí», agregó.

Quienes sí se permitieron algún capricho fueron Antonia Temprano y Vidal Rodríguez. «A la entrada, el bocadillín de calamares y la caña de cerveza. Para comer, pulpo. Y si vemos alguna cosa que nos guste, pues también. Que solo hay Feria quince días al año», exclamaron.

Pocos fueron los que llegaron con una idea clara o con ganas de sacar la cartera. «Vengo a ver lo que hay, por no dar un paseo por el mismo parque», reconocía entre risas José Bernardo, quien, pese a todo, no se cerraba en banda ante un hipotético flechazo comercial. «¡Si surge, que surja! ¡Ya se verá!», agregó. Una mentalidad que Purita Díaz, procedente de Oviedo, compartía totalmente, aunque con unas preferencias bien marcadas: «Cocina y limpieza, aunque también me gustan ver las casinas».

Pese a ello, atraída por su estancia en el Festival Arcu Atlánticu, se dejó caer por un estand que vende productos gastronómicos portugueses, ya elaborados o para preparar en casa. «Que está todo muy bueno». Como el vino, que enamoró a Carmen Montes y Nicanor González, de Cangas de Onís, quienes aprovecharon la oportunidad, poco antes de ir a «tomar el fresco» al Pueblo de Asturias, para enviar un mensaje a la Cámara de Comercio: «El Día de los Mayores ya no está tan bien anunciado como antes. Nosotros sabíamos que el primer lunes de Feria pasábamos gratis, pero quizá no suceda lo mismo con el resto de personas mayores de 65 años. Tienen que promocionarlo más». Tampoco le gustó demasiado a Antonio Rivero que le pidiesen el DNI en la entrada. «¡Hace ya un buen montón de años que cumplí los 65!», se quejaba él, sin dar demasiada importancia al hecho de que el personal de entrada se confundiese para 'bien' a la hora de calcular su edad. «¡Hombre, que tengo más de 80 años!», agregó.

Pese a todo, Antonio, vecino de Roces, es un fiel visitante de la Feria, de la que destaca «todo». «Siempre me gustó», insistió, pese a un pequeño encontronazo mantenido ayer mismo con los dependientes de un estand donde compró peladillas. «Si un kilo vale tanto, pues medio kilo costará la mitad. Querían cobrarme de más y no hacer caso de lo que les explicaba. 'No sé, no sé', me decían, como haciéndose los extranjeros», avanzó sobre el problema sufrido.

«A mirar y ya se verá»

Aún es pronto para saber si esta edición de Fidma está resultando positiva para los comerciantes que han decidido instalar sus estands en los diferentes pabellones. Pese a ello, según se desprende de las estrategias de algunos visitantes, las ventas podrían hacerse esperar hasta los últimos días. «Venimos a mirar y luego ya se verá. Primero echamos una ojeada y, si vemos algo que nos gusta y queremos comprar, pues venimos otra vez y listo», indicaron Adoración Fernández y Paz Costales, a quienes no les importa tener que pagar en futuras visitas. «Siempre repetimos, no es problema».

Gratis o no, mayores, medianos y pequeños aprovecharon el día de ayer, en que la lluvia dio un respiro, para disfrutar de la Feria.