El Comercio

Pilar Fernández-Peña Molleda, en un parque de Gijón.
Pilar Fernández-Peña Molleda, en un parque de Gijón. / J. PAÑEDA

Gijón pierde a Pilar Fernández-Peña, puntal de la lucha por los derechos de la mujer

  • La impulsora de la Asociación de Separadas y Divorciadas de Asturias murió la pasada madrugada, tras batallar un año contra el cáncer

Pilar Fernández-Peña Molleda, una mujer menuda pero con una sonrisa más grande aún que su personalidad, falleció la madrugada del domingo mientras dormía en su casa de Gijón a los 78 años, tras uno batallando contra un cáncer que la privó del habla. Impulsora de la Asociación de Mujeres Separadas y Divorciadas de Asturias, fue una de las primeras asturianas en ser atendidas, en 1986, precisamente el año de la fundación del colectivo, al que recurrió para pedir ayuda en su duro proceso de divorcio. En seis meses era nombrada presidenta. Estuvo en el cargo hasta 2011. «Pero yo no soy importante», repetía siempre.

En marzo, cuando parecía que había llegado la recuperación de su enfermedad, Pilar Fernández-Peña participó en la asamblea que eligió a Jessica Castaño nueva presidenta de la asociación, tras la renuncia de quien fuera sustituta y mano derecha de Pilar, Ana Isabel Ruiz. Allí se mostró entusiasmada tanto por el trabajo de su amiga Ana como por el equipo formado por la nueva presidenta. «Son magníficas», dijo. Volvía aquellos días a practicar con el habla y se confesaba volcada en una exposición de pintura que, como integrante del Colectivo Teselas, realizaría en los locales de la Fundación Alvargonzález.

«Un referente»

La suya ha sido una marcha discreta para una figura «que siempre luchó por los derechos de las mujeres, defendiendo posturas en torno al aborto, salarios iguales para hombres y mujeres o permisos de maternidad, que parecían ser extremas entonces y, muy duramente, contra la violencia de género», recordaba ayer Jessica Castaño. «Perdemos a un referente para todas las mujeres de Gijón».

Contraria a la custodia compartida y defensora feroz de la inexistencia de denuncias falsas de malos tratos, la máxima lucha de Pilar Fernández-Peñase centró en conseguir que se considerara delito que un padre no pague la pensión de alimentos de su hijos. Lo logró en 1989.

Esa fue precisamente la principal batalla que mantuvo contra su exmarido, que la dejó sola con cuatro hijos y sin medios «porque, en aquel momento, no se veía bien que la mujer trabajara fuera de casa». Pero ella lo hizo. Y no dejó de hacerlo hasta poco antes de que le detectaran la enfermedad, para poder disfrutar de una pensión. Con los 70 cumplidos, seguía acudiendo cada día a un comedor escolar con el fin de lograr la cotización suficiente para jubilarse.

En su lucha por los derechos de las mujeres, Pilar Fernández-Peña siempre decía que todos sus logros llegaron por el apoyo de su familia. «Mis padres, que aunque nunca habían podía creer que su hija se tuviera que divorciar, estuvieron a mi lado. Incluso mi primo, Senén Guillermo Molleda Valdés, que tiene una ideología muy diferente a la mía, siempre me dio su apoyo». Aunque el más importante, sin duda, fue el de sus hijos: Roberto, Pastorela, Martín y Liliana. Algo que ellos dejaron patente en 2011, cuando el programa de este periódico Luces de la Ciudad entregó a su madre el 'Pegoyu Asturianu'. Roberto, el único hijo que, por problemas burocráticos, no ha cambiado sus apellidos, como sí han hecho sus hermanos, recordó que «eran tiempos duros, cuando oír la llave en la puerta era sinónimo de peleas, violencia y miedo». Dijo que su madre decidió no tolerar esa situación «por nosotros», pese a «que le costó la salud» y que algunos familiares «nos decían que no todo era blanco y negro». Frente a ellos, su hijo apostilló: «Nos enseñaste que hay matices. Gracias, mamá, por darnos criterio».

Un criterio que les ha llevado a que una de sus nietas, Llara, lleve en primer lugar los apellidos de su abuela. «Mi hija y su marido decidieron que fuera así. Mis hijos son maravillosos». Unos hijos que la lloran ya y la despedirán hoy, a las siete de la tarde, en el tanatorio de Cabueñes, adonde ayer acudieron numerosas personas a devolverles a sus hijas y a sus nietos parte del cariño que Pilar les había dado en vida. Muchas fueron mujeres anónimas que encontraron en ella un hombro en el que apoyarse en los peores momentos de su vida. «Era una luchadora y una mujer muy fuerte y esa fortaleza era la que trataba de transmitir a todas las mujeres que acudían a la asociación en momentos muy adversos de su vida, posiblemente en los peores a los que se enfrentaban», recordaba ayer Liliana, una de sus hijas. Su hermana Pastorela añadía que el legado que les deja su madre «es inmenso». «Era una bellísima persona, que sacó fuerzas de donde prácticamente no las tenía en los momentos en los que peor lo pasó. Eso queremos poder conservar de ella», comentaba. El calificativo de «buena persona» es común para definirla por parte de todos aquellos que tuvieron la suerte de cruzarse con ella en la vida.