El Comercio

Bertín Osborne, sobre el escenario de la playa de Poniente.
Bertín Osborne, sobre el escenario de la playa de Poniente. / PALOMA UCHA

Gijón es su casa

    Nunca es tarde para asistir a un gran concierto, y, aunque ya estamos en septiembre, una de las actuaciones más multitudinarias del verano tuvo lugar anoche en la playa de Poniente.

    Ni siquiera la amenaza de orbayu impidió que miles de personas asistiesen al arenal gijonés para disfrutar del recital del presentador de moda al que más famosos le abren las puertas de sus casas para confesarse sin reparos: Bertín Osborne.

    La cita estaba organizada por Talasoponiente -que, en adelante, se llamará BNFit Talaso- para festejar por todo lo alto -y gratis para el público asistente- el nuevo proyecto lúdico-acúatico que el grupo madrileño Santagadea llevará a cabo en los próximos meses y que, según prometen, convertirá al centro en uno de los referentes del norte de España en atracciones de agua gracias a una inversión que ronda los siete millones de euros.

    Y así, con esos grandiosos planes a la vista y la atracción del 'gratis total', empezaron a formarse largas colas entre medidas de seguridad, controles, zonas acotadas para los asistentes VIP, los socios y el público general (una triple distinción que enfadaron a más de uno), policías con perros y, sobre todo, mucha emoción entre quienes aguardaban a Norberto Juan Ortiz Osborne, que es así como se llama el artista de familia aristocrática y porte mayestático.

    Una marea mayoritariamente femenina y de todas las edades -aunque mandaban, que todo hay que decirlo, las de la quinta de Bertín- lista para recibir al hombre que ocupó y todavía ocupa alguno de sus sueños, según confesión propia de alguna de ellas.

    Era el caso de Carmela Tadeo, gijonesa de pro, que iba con dos amigas. «Es un nenón grande. Está un poco vieyín, pero no lo hace nada mal», describía al madrileño. O de Araceli Sánchez, que reconocía: «Soy fan de Bertín. Me parece un fenónemo desde siempre. No lo hay como él».

    Pero la cosa se alargaba y entre el respetable empezó a cundir la impaciencia. Tanto, que hubo más de una carrera a modo de 'sprint' para alcanzar una buena ubicación, alguna caída fruto de las prisas y algún desmayo que requirió la intervención de los servicios sanitarios.

    Y, al fin, el concierto. Música, maestro. Pero no el de Bertín, sino el de su telonero, Javier Moya, que arrancó con su actuación a las diez de la noche, la hora a la que estaba anunciado el 'crooner' madrileño, que ya el miércoles había actuado ante sus fans ovetenses para presentar otro proyecto del Grupo Santagadea: la reinauguración del Hotel Castillo del Bosque La Zoreda.

    Hubo incluso quien, harto de esperar, dijo que aquello no eran horas y que se iba por donde había venido, que al día siguiente madrugaba. Pero los más fieles se quedaron a pie firme hasta el final (o el principio, según se mire).

    El ejemplo era la ovetense Celia Martínez, a la que le gustan las rancheras -una de las especialidades del cantante-, pero que admitía estar un poco arta del 'Buenas noches, señora'. No como su hija, Yoneis Martín, a la que le fascina ese temazo emblemático. Y las dos reconocían estar «felices».

    A pocos metros, las respaldaba en la opinión la ex Miss España Raquel Revuelta, amiga de Bertín y también muy ligada al Grupo Santagadea: «Estoy encantada de estar por Asturias porque, además, soy una comilona y ya se sabe cómo se come aquí».

    Y, así, entre enfados de unos y felicidad extrema de otros, a eso de las once y veinte de la noche, apareció él. Entre gritos de «guapo, guapo, guapo» hacía su entrada en el escenario playero el George Clooney español, ese del que dicen que es «un soñador, aventurero y jugador. Un vividor apasionado», como él mismo se define en una de sus más exitosas canciones. Y arrancó con un bolerazo clásico: 'Tú me acostumbraste'. Dedicado a los más románticos y románticas.

    Los más tontos de España

    Para empezar, explicó que venía de visitar las instalaciones de Talaso y metió una cuña promocional: «Estaba ahí dentro y hacía un calor de la pera. Hay piscinas para ahogarse tres pueblos. Espero que lo disfrutéis». Una publicidad nada subliminal a la que siguió una promesa: «Vamos a cantar un montón de canciones que conocéis. A ver si hacemos el coro de Gijón y en el próximo disco salimos todos juntos. Venga, va».

    Para cuando llegó el segundo tema, 'Fly Me To The Moon', el Sinatra nacional ya había demostrado que sabe conquistar y engatusar a su público, como demuestran los índices de audiencia. Y no es de extrañar, porque se desenvolvía por el escenario como pez en el agua haciendo gala de una voz tan sensual como cálida y varonil. Algo impostada quizá.

    «Estas canciones son clásicos americanos de toda la vida, incluso habéis podido bailar agarrados, y no la mierda que se hace ahora. Si tenéis a alguien al lado, agarradle de la mano y bailad». Genio y figura. Chulería tal vez.

    Con sus melodías de ayer y de hoy y anécdotas de su vida, conseguía meter a su fans en harina, que se sintiesen como en el sofá de casa y que sus seguidoras no dejasen de elogiarle: «Hay que ver lo flaco que está. Se ve que la tele engorda».

    «Donde más tontos hay en España es en la televisión, en la música y en el vino. Es la leche porque los he tocado a los tres. Así que me he pasado la vida lidiando con tontos», zanjó antes de interpretar 'Amor mediterráneo'. Porque, como bien sentencia el dicho: cuanto más añejo, mejor es el vino. Y él es un Osborne. Campechano, pero un Osborne. Y se gusta. Mucho.