El Comercio

Miguel Barrero, con un ejemplar de su último libro.
Miguel Barrero, con un ejemplar de su último libro. / PALOMA UCHA

«El crimen de Rambal sigue causando conmoción en Gijón 40 años después»

  • Miguel Barrero, Autor de 'La tinta del calamar. Tragedia y mito de Rambal'

  • «Estaría bien que una placa recordase en la plaza de Arturo Arias que allí vivió y murió Alberto Alonso Blanco, un personaje histórico»

El escritor y periodista Miguel Barrero (Mieres, 1980) acaba de publicar 'La tinta del calamar. Tragedia y mito de Rambal', que presenta hoy en la Casa del Chino. Se trata de un ensayo de no ficción que intercala píldoras noveladas, donde el autor reflexiona sobre la atracción que sigue ejerciendo, cuatro décadas después, el asesinato de Rambal en el imaginario colectivo de la ciudad. Un enigmático crimen de apariencia pasional, ya prescrito, que ha hecho de este querido personaje de Cimavilla toda una leyenda.

-¿Por qué ha elegido este famoso episodio de la crónica negra de Gijón para escribir su libro?

-Este es un proyecto que llevaba atascándoseme por uno u otro motivo desde 2008, cuando por primera vez pensé en escribir sobre este suceso. Todo cambió la pasada primavera, con las informaciones aparecidas en El COMERCIO en las que un mando policial que llevó la investigación revelaba que el caso llegó a estar policialmente resuelto y hablaba de la autoría de dos hermanos. La conmoción y estupor que causó aquella noticia 40 años después me hizo ver que en realidad no me interesaba tanto la historia del crimen en sí, sino que quería escribir sobre el carácter simbólico que este episodio ha ido adquiriendo hasta convertirse en un hito para explicar la transformación de la ciudad desde el franquismo hasta hoy.

-¿Quién era Alberto Alonso Blanco?

-Una figura muy peculiar dentro de un entorno con características muy peculiares como es la Cimavilla menestral de la época en que se produjo el crimen. Era un tipo extravagante que tenía mucho arraigo en el barrio. Nacho Currás, uno de los vecinos que consulté para escribir este libro, le define como el primer asistente social del vecindario. Cuidaba a los niños, se ofrecía a hacer la colada... Era una especie de ángel tutelar de la vida del barrio. Pero por otro lado estaba su vertiente nocturna y canallesca como homosexual transformista y en cierto modo precursor de 'drag queens' y travestis. En ese contraste está lo que le hizo convertirse en una figura muy particular y una especie de síntesis de la Cimavilla de los setenta. En vida ya fue histórico. Sería bueno que una placa recordase en la plaza de Arturo Arias que allí vivió y murió Rambal.

-¿A qué fuentes ha recurrido para documentar su trabajo?

-El sumario del caso fue la fuente principal. También acudí a fuentes directas (vecinos de Cimavilla que le conocieron personalmente), investigadores del crimen, la hemeroteca y diversa bibliografía. He tomado como referencia crónicas y publicaciones de Pachi Poncela, Juan Cueto, Mauro Muñiz. También novelas inspiradas en el crimen de Rambal como las de Vicente García Oliva y Pablo Antón Marín Estrada.

-¿Por qué el título de la tinta del calamar?

-Es un título que me regaló Pablo Marín Estrada. Es como él iba a titular su novela 'La ciudá encarnada'. Ejemplifica lo que fue el crimen de Rambal. El calamar es un molusco cefalópodo que despliega su tinta y crea un telón de confusión para escapar. En cierto modo es lo que hicieron el asesino o asesinos de Rambal aquella noche del 19 de abril de 1976 en su piso del Campo de les Monjes (actualmente sustituida por un edificio de nueva planta donde estaba el VenyVen).

-¿Se llevó mal la investigación para dar con los autores del asesinato?

-En 1976 las técnicas de investigación no eran tan sofisticadas como en nuestros días y la metodología tampoco era la más apropiada. Por poner un ejemplo, solo era posible tomar una huella dactilar si ésta se encontraba sobre un superficie totalmente plana. A ello hay que añadir que el piso de Rambal estaba hecho un desastre cuando la Brigada de Investigación Criminal llegó a él. Los bomberos tiraron de manguera porque entendían que las posibles víctimas lo serían únicamente del fuego que provocaron el autor o autores del crimen.

-La información más reciente del caso, publicada en estas páginas, señala que dos hermanos de Cimadevilla asesinaron a Rambal.

-Para mí esa resolución es más la convicción personal de un policía. La figura de los dos hermanos que vivían al lado de Rambal aparece en el sumario cerrado en octubre de 1976 y reabierto diez años más tarde. El menor de ellos, que actualmente vive de la mendicidad en Gijón, cuenta una historia extravagante en Villablino (León) sobre él y un marinero portugués a la que los jueces no dieron en su día credibilidad. Yo tengo mis dudas de que pueda darse un crimen por esclarecido si no hay una confesión de alguien ni pruebas incriminatorias, pero tampoco descarto esa autoría.

-Una de las hipótesis más célebres a las que dio pábulo la rumorología fue la que apuntaba al hijo de un gerifalte franquista de Avilés.

-Era una de las teorías más extendidas junto con la del Pepsicola (el misterioso joven con el que se le vio reñir en la calle horas antes de su muerte). Sí, se investigó y yo mismo localicé la fuente para desmontarla. Un periodista que supuestamente había presenciado en una churrería cercana al Muro la escena de un joven sudando que pedía por teléfono un coche oficial en Avilés que le recogió.

-¿Qué acogida del libro espera en Cimavilla, barrio del que también hace un retrato de época?

-Espero que buena. El libro está hecho con cautela y sin ánimo de frivolizar. Cuando elucubro aviso al lector.