El Comercio

Benigno Moran Cifuentes

  • El gijonés que acompañó a Dionisio en su primera piragua

Cuando aún suenan con fuerza los éxitos logrados por el piragüismo español en los recientes JJ OO de Río de Janeiro, no es de extrañar que los buenos aficionados a esta modalidad deportiva, que tantas alegrías ha dado al deporte español, intuitivamente se retrotraigan en e1 tiempo para hacer justicia con la historia. Aunque hay constancia de que las piraguas, entonces llamadas 'yolas' o 'canadienses', ya navegaban por la playa de San Lorenzo en los albores del siglo XX -actividad incrementada todavía más con la creación del Real Club Astur de Regatas en el año 1911-, no es menos cierto que la génesis del piragüismo, tal como hoy le conocemos, se debe a la inconmensurable labor del catalán-astur o astur-catalán Dionisio de la Huerta Casagrán. La inició cuando, allá por el verano del año 1929, se le ocurrió comprar una piragua plegable en los Almacenes El Siglo cuando iba a tomar el tren en Barcelona con destino a Gijón.

El comienzo y posterior desarrollo de esta interesante historia deportiva es sobradamente conocida y relatada por acreditados cronistas, recogiendo el testimonio del propio Dionisio. En la aldea de Coya, en el concejo de Piloña, decidió bajar junto con su buen amigo Benigno Morán Cifuentes en aquella original piragua los cinco kilómetros que por el río Coya les llevaban hasta Infiesto y que sin duda alguna supuso el trasvase de la piragua de la mar al río.

Dionisio de la Huerta, que ya había dejado constancia de sus dotes literarias escribiendo varias obras de teatro y colaborando en alguna que otra película del incipiente cinematógrafo, creó su propio escudo con la siguiente leyenda: 'Escudero, la piragua que el caballo pie no halla', adaptación del escudo de Piloña que dice: 'Adelante mi escudero, que mi caballo pie halla'.

Y con esta interesante historia, que da para mucho más, volvemos al principio de aquel primer descenso en piragua, porque curiosamente la media docena de libros dedicados al Descenso Internacional del Sella y los miles de artículos publicados sobre el mismo tema no dedican ni una sola línea a aquel joven que contaba por entonces 25 años y acompañó a Dionisio de la Huerta en aquella primera singladura entre Coya e Infiesto.

Hoy, después de no pocas indagaciones, traemos a estas páginas una breve semblanza del joven palista Benigno Morán Cifuentes, nacido en Gijón el 11 de septiembre de 1903. Fue el cuarto de los hijos del matrimonio formado por Benigno Morán Rivero y Dolores Cifuentes, hermana a su vez del conocido filántropo gijonés Dionisio Cifuentes Suárez al que recuerdan merecidos bustos en el centro de la plaza de Villamanín en Somió y en los jardines de entrada al Real Grupo de Cultura Covadonga.

Fueron los padrinos de nuestro personaje de hoy los padres de Dionisio de la Huerta, don Manuel de la Huerta Huerta-González y doña Antonia Casagrán. Curiosamente, Diniosio de la Huerta era ahijado a su vez del citado mecenas gijonés Dionisio Cifuentes Suárez, lo que ya de por sí justifica la estrecha relación cuasifamiliar entre los dos jóvenes, que disfrutaban de los veranos entre la playa de Gijón y la casona de Coya bautizada como 'La Huertona'.

El joven Benigno Morán Cifuentes cursó sus estudios en el colegio de los Hermanos de la Salle en Gijón, el Bachiller en el Instituto Jovellanos y se doctoró en Medicina en la Universidad de Madrid. Cuando, junto con Dionisio, llevó a cabo aquella primera incursión en piragua ya había concluido sus estudios y dejaba vislumbrar su reconocido prestigio como cirujano traumatólogo en el Hospital de la Cruz Roja, del que años más tarde sería su director aunque también mantenía su consulta particular en la calle San Bernardo, en el edificio conocido como la 'Casa del Probón' donde también estaban los Almacenes Simeón.

Contrajo matrimonio con Pepina Pérez Meraldini, de cuya unión nacieron sus tres hijos, Miguel, María José y Alicia, que les han dado siete nietos. Aficionado a la caza y a la pesca, fue un asiduo a las tertulias del Café Alcázar con doctores como La Saleta, Luis Ortega, Felipe Sánchez, Luis Pi y Antón Suárez Granda, entre otros. Tras la jubilación, su mayor disfrute eran los largos paseos por el Muro de San Lorenzo y las visitas al Real Club Astur de Regatas, aunque nunca dejó de recordar su vinculación con el nacimiento del piragüismo en el río Coya. Falleció el 16 de enero de 1997 a los 94 años, orgulloso de su profesión y de haber colaborado con los servicios médicos del Real Sporting, pero esa ya es otra historia.