El Comercio

La Virgen de la Soledad no está sola

Un grupo de vecinos traslada a la Virgen de la Soledad desde la rula hasta los barcos de la procesión marinera.
Un grupo de vecinos traslada a la Virgen de la Soledad desde la rula hasta los barcos de la procesión marinera. / FOTOS: DAMIÁN ARIENZA, JORGE PETEIRO Y PURIFICACIÓN CITOULA
  • Cientos de fieles acompañaron a la patrona de Pescadores en la procesión marinera

  • Moreda revivió su infancia, Cimavilla llevó flores a Fleming antes de comer en el Cerro y Caldones honró a Daniel Méndez y Maruja Menéndez

Faltaban pocos minutos para el mediodía cuando varios voladores rompieron la tranquilidad que se vivía en esos momentos en el muelle del Rendiello, en El Musel. Una decena de pescadores disfrutaban de los suaves rayos del sol y la mar calma cuando se empezaron a oír las gaitas y los tambores que acompañaban a la procesión de la Virgen de la Soledad. Como si supieran lo que pasaría a continuación, numerosas gaviotas tomaron asiento en el tejado de la rula para ver en prima fila cómo los vecinos de Pescadores escoltaban a su patrona. Ataviados con el traje de pescadores y pescaderas, los más pequeños, unos a bordo de una chalana 'motorizada' y otros a pie, fueron los encargados de llevar los atributos que definen al barrio: unos remos cruzados, redes de pesca y la corona de laurel que, como manda la tradición marinera, más tarde se arrojaría a la mar en memoria de quienes perdieron la vida faenando.

En medio del cortejo, y a hombros de cuatro mujeres, la pequeña Virgen descendió de la parroquia marinera para terminar presidiendo la improvisada capilla en que se convirtió la sala normalmente acoge las subastas del pescado. Como de costumbre, fue José Manuel Álvarez, párroco de Santa Cruz de Jove, el encargado de oficiar una misa en la que no faltaron las alusiones a la mar que dio y da de comer a gran parte de los vecinos de la parroquia. Tampoco se olvidó el sacerdote de mencionar la actual crisis económica y política, aunque aún es peor, aseveró, la «crisis de valores que sufre nuestra sociedad y de la que todos somos un poco responsables». Es deber de todos, continuó, transmitir valores «importantes» como el amor. «El amor es lo más importante, ni economía ni historias. Debemos estar dispuestos a prestar servicio a todas las personas, pero especialmente a quienes peor lo están pasando», instó Álvarez, quien finalizó su homilía animando a todos los presentes a hacer que sus hijos crezcan «en amor y humildad».

Fueron los niños, muchos de los cuales asistieron a la misa a los pies de la patrona, grandes protagonistas de la jornada. Llamó especialmente la atención de los vecinos la presencia de la pequeña Claudia, de apenas tres meses y a quien no le faltaba detalle: llevaba su camisa, mandil, falda y zapatos de pescadora. Sus padres, Raquel Aguirre y Rubén del Busto son originales de Portuarios, pero no se pierden, desde hace años, la festividad de la Virgen de la Soledad, de quien la hermana mayor de Claudia, Irene, es fiel a sus seis años gracias a la abuela Pili. En el otro extremo, pero con la misma ilusión por ver a la pequeña Virgen, se encontraba África Fernández, quien a sus 92 años es una de las vecinas más veteranas de la parroquia. Viuda de pescador, no hay año que falte a la llamada de la patrona «más guapina de todas».

Una vez la misa hubo finalizado con la 'Salve marinera' cantada por la Coral Villa de Jovellanos, que arrancó un sonoro aplauso a los asistentes, llegó la hora de hacerse a la mar a bordo de siete barcos para, a la altura del Elogio del Horizonte, hacer la ofrenda en honor de los caídos. La jornada festiva continuó con una comida de hermandad en la que se repartieron más de doscientas raciones de fabes. A continuación, los vecinos entregaron una placa al veterano Bernardo Couso. Después de mover el esqueleto con la música de Mercedes Ben Salah y disfrutar de lo lindo con el espectáculo de Tatolandia, pequeños y mayores despidieron las fiestas con una verbena amenizada por La Fiestona.

Despedida con manjares

Las despedidas son menos duras si se hacen ante una mesa bien provista. En Cimavilla y Moreda lo saben bien y por eso ayer optaron por decir adiós a sus fiestas con sendas comidas de hermandad. Los primeros lo hicieron disfrutando de las vistas de la bahía gijonesa que ofrece el cerro de Santa Catalina después de haber realizado, como cada año, la tradicional procesión desde el barrio hasta el parque de Isabel la Católica para llevar flores a la estatua de Fleming. En Moreda la comida también fue campestre, y más de medio millar de personas compartieron las viandas que cada uno había llevado de casa. Con el estómago lleno, los mayores revivieron su infancia enseñando a los más pequeños a jugar como se hacía antaño, cuando no había móviles ni videoconsolas. Juegos tradicionales como los zancos, las carreras de lecheras, las partidas de chapas y los campeonatos de peonza tuvieron gran éxito. La jornada terminó con una romería amenizada por la orquesta Trapecio.

En el barrio alto la tradicional procesión de Nuestra Señora de la Soledad puso la guinda a doce días de fiesta plagados de actividades para todos los públicos.

Los vecinos de Caldones, por su parte, se trasladaron al mediodía al vecino concejo de Villaviciosa para homenajear, con una comida de hermandad en el restaurante El Pinal, al matrimonio formado por Daniel Méndez y Maruja Menéndez, uno de los más veteranos de la parroquia. Minero y ama de casa, los dos estuvieron acompañados por sus hijos, nietos y bisnietos.