El Comercio

Uno de los usuarios del parque de Teodoro Cuesta.
Uno de los usuarios del parque de Teodoro Cuesta. / P. CITOULA

«Por culpa de los cuatro de siempre pagamos todos»

  • Los usuarios habituales del parque de Teodoro Cuesta piden que se les diferencie de las personas conflictivas

Pasan las horas muertas en los bancos del parque de Teodoro Cuesta «porque no tenemos adónde ir». Llevan años ocupando este espacio verde «sin que hubiera problemas». Por ello, los usuarios habituales piden que se les distancie de los individuos que causan incidentes, día sí y día también, en las inmediaciones. «Por culpa de los cuatro de siempre pagamos todos», señala un langreano, de 62 años, que prefiere permanecer en el anonimato pues sus hijos no saben que atraviesa una situación tan delicada que le ha llevado a buscar refugio en el Albergue Covadonga.

Asegura que los conflictos registrados en los últimos meses -peleas, incendios en coches y mobiliario urbano, insultos a los vecinos...- son provocados por unos pocos sujetos que no forman parte de los parroquianos del parque de Laviada. «Esto pasa a raíz de que se abrió Calor y Café por las noches», apunta otro de los ciudadanos que pernocta en centros asistenciales o en la propia calle, al que llamaremos Fernando para preservar su verdadera identidad. Fue en julio de 2013 cuando este servicio municipal, destinado a atender a personas sin recursos, pasó a abrir durante el período nocturno y se integró en el edificio del Albergue Covadonga.

De la plaza de Europa

Desde entonces, relata este hombre de mediana edad, comenzó el trasvase de individuos conflictivos. Algunos de ellos ocupaban antes la plaza de Europa, que convirtieron en escenario de sus fechorías. También llegan del centro de día Milsoles, de la Fundación Siloé, «que cierra por la tarde en El Coto y bajan aquí». Él, que lleva «un par de años parando por este parque», considera que es «triste que se juzgue a la gente» tan a la ligera, en referencia a la protesta protagonizada por los vecinos de Laviada el pasado martes. «Cuando acabó la manifestación, una señora rubia nos llamó indigentes. Y hay que saber diferenciar a las personas», apostilla Antonio (nombre falso), otro de los habituales del espacio de recreo. Incluso, destaca que, en el propio jardín, «los de siempre» se sientan en una zona y el resto, en otra. «La gente del parque no hacemos absolutamente nada. Los que llevamos parando aquí mucho tiempo, como mucho, podemos mear, pero nada más», afirma Fernando.

Tanto es así, que los vecinos más próximos a Teodoro Cuesta les dan comida y ropa con frecuencia, relatan. Una buena relación que no se ha visto enturbiada por los altercados e incidentes ocurridos recientemente porque, aseguran, los residentes en el barrio les conocen. Incluso la Policía «sabe quiénes son» los responsables de la inseguridad que tanto preocupa a los ciudadanos que viven en Laviada. Tanto es así que los agentes no necesitan ya pedirles el documento de identidad a estos compañeros de banco, a los que distinguen de los otros que ocupan el parque. «Ya nos conocen», aseguran. Quieren que se despejen todas las dudas en cuanto a su comportamiento e, incluso, piden que «se coloquen cámaras» tanto en el espacio lúdico como en las calles adyacentes.

Porque quieren que los culpables paguen por las acciones ilegales que llevan a cabo. Denuncian que el presunto autor del incendio de un coche el pasado 22 de septiembre, que es «el mismo» al que la Policía le requisó una pistola de fogueo el mismo día, «ya está en la calle otra vez». Respecto a los supuestos tocamientos de los que fue víctima una chica, según explicó un vecino durante la protesta de esta semana, se muestran tajantes: «Es mentira. Aquí a las mujeres se las respeta. Si hubiéramos visto algo así, les habría caído una somanta de palos a los que lo estuvieran haciendo».

Nueve meses bajo un puente

Los alborotadores «empiezan a dar voces y los vecinos se asoman a la ventana», explica el langreano, pero no atienden a razones. «Da igual que les digamos que no lo hagan», lamenta. «Van pasados de vueltas», apunta Fernando. En medio del revuelo que se ha formado, se sienten desamparados. «¿Por qué no se hacen manifestaciones por nosotros? Las hacen por los refugiados de Siria y me parece muy bien porque no tienen a dónde ir. Pero yo voy a la Cocina Económica porque no tengo ni una paga», sentencia Fernando. En este sentido, reclama atención hacia las personas sin recursos.

«Necesitamos un sitio donde dormir y no hacerlo en un banco con un cacho de cartón y una manta», subraya. Fernando conoce de primero mano lo que es dormir al raso. «Pasé nueve meses debajo del puente de Carlos Marx y Cruz Roja solo vino dos veces en ese tiempo», cuenta. En cambio, los vecinos «iban todos los días a llevarnos bocatas y vino». En ese refugio improvisado le acompañaba Antonio, que llegó a enfermar gravemente en tales circunstancias. «Me dio un 'yuyu' al corazón cuando estaba allí. Me cogieron en coma y desperté en el HUCA». Permaneció ingresado en el hospital ovetense 28 días. Ahora su hogar es un rincón del parque de Teodoro Cuesta.

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