El Comercio

Fortalezas medievales

Picu l'Alba, lugar donde se levantó el Castillo de Curiel, en Peñaferruz (Cenero).
Picu l'Alba, lugar donde se levantó el Castillo de Curiel, en Peñaferruz (Cenero).
  • Gijón conserva restos de varias torres y fortalezas, vestigios de un pasado inestable en el que el control territorial era ejercido por importantes familias nobiliarias

A pesar de recibir Carta Puebla por parte del rey Alfonso X en 1270, el Gijón medieval no pasaba de ser una pequeña y modesta población contenida en la ladera del Cerro de Santa Catalina por las murallas tardorromanas, las cuales habían sido aprovechadas y reforzadas en los convulsos siglos posteriores a la caída del Imperio romano en los que la piratería era un peligro real y constante. El principal episodio bélico sufrido en la Edad Media acaeció en 1395, cuando las tropas del rey castellano Enrique III asediaron y conquistaron Gijón al insurrecto Conde Alfonso, momento en el que se destruye e incendia la villa, desastre del que tardaría mucho tiempo en recuperarse.

Durante este periodo histórico, la zona rural gijonesa adquiere bastante importancia, construyéndose en sus fecundos valles algunas pequeñas fortalezas, bien con el objetivo de convertirse en centros de poder feudal desde los que administrar el territorio, o bien como atalayas defensivas desde las que controlar pasos y caminos. Este último es el caso del desaparecido Castillo de Curiel, centro del coto del mismo nombre, ubicado en el Picu l'Alba, en el lugar de Peñaferruz, parroquia de Cenero. Actualmente la prominente peña de escarpado perfil todavía sugiere la situación de dicha fortaleza, de la cual tenemos muchos datos debido fundamentalmente a los resultados de las prospecciones arqueológicas dirigidas por el profesor José Avelino Gutiérrez entre los años 1997 y 1999. Se trataba de una sencilla fortaleza construida en tiempos de Alfonso III para controlar el paso desde el centro de la región hacia la villa gijonesa, y en origen se concibió como un simple recinto amurallado de planta ovalada, adaptada a la irregular forma de la peña, con unos muros que alcanzaban un grosor de dos metros y medio. Posteriormente la fortaleza fue reforzada con la construcción de una torre rectangular. En su interior fueron hallados restos de diversas edificaciones, incluida una fragua. Todo parece indicar que la actividad cesó en el castillo a finales del siglo XIII, perdiendo su importancia a raíz del otorgamiento de la carta puebla a las poblaciones de Gijón y Pola de Siero.

La parroquia de Cenero tuvo un papel transcendental en el Gijón medieval, relevancia heredada de época romana. Cuando la importancia estratégica del Castillo de Curiel decayó, el poderoso linaje de la familia Valdés estableció en Trubia su casa fuerte. Hoy en día todavía perviven los desnudos muros de lo que fue una torre defensiva y residencial levantada en este lugar en el siglo XV, conocida popularmente como el Turruxón, posiblemente erigida sobre otra anterior incendiada por Alfonso Enríquez en 1383. Se trata de un edificio de planta cuadrada en el que destaca la existencia de muros cortafuegos en la fachada meridional. En el interior de sus potentes paredes de mampostería aún se pueden ver los mechinales donde apoyaban las vigas de madera que formaban los forjados que dividían interiormente su altura en varias plantas. Tal vez lo más interesante sean los vanos de distinto tipo abiertos en sus fachadas. Los más destacados son las ventanas de carácter residencial formadas por dos huecos geminados con arcos apuntados que se disponen a modo de cortejadoras, con bancos a ambos lados. En el antepecho de estas ventanas se abren estrechas saeteras desde las que poder disparar para defender la torre en caso de ataque desde el exterior.

El concejo contó con varias torres más, como la de San Pablo de Poago, la de Porceyo, la de San Andrés de los Tacones, o la de los Cienfuegos de Cabueñes, interesante casa blasonada actualmente muy transformada. En la parroquia de Lavandera aún se conservan los restos de la casa-torre de los Laviada, situada en el barrio de Linares. La torre se encuentra hoy en día integrada dentro de una quintana, conservándose transformada y desmochada pero manteniendo en pie casi toda su estructura original consistente en dos plantas de traza prácticamente cuadrada. Lo más destacado de esta torre es el vano de ingreso que conserva en planta baja, y otro en planta primera que seguramente daba salida a un corredor o cadalso, ambos compuestos por arcos apuntados formados por grandes dovelas de sillería.

El florecimiento económico de Gijón al amparo de las relaciones comerciales facilitadas por el puerto ocasionó que estos centros de poder periféricos fueran perdiendo importancia en los siglos XVI y XVII, convirtiéndose en el mejor de los casos en centros de explotación agropecuaria. Esto, unido a la aparición de nuevas tipologías residenciales más cómodas, ocasionó la ruina, desaparición o, en el mejor de los casos, la transformación de estos interesantes edificios medievales.