El Comercio

Cuando llevar pantalón suponía castigo

María José Capellín, Chelo Rodríguez Barreiros, Dulce Gallego y Chusa Casais, organizadoras de la exposición.
María José Capellín, Chelo Rodríguez Barreiros, Dulce Gallego y Chusa Casais, organizadoras de la exposición. / PURIFICACIÓN CITOULA
  • 'Cuarenta años de feminismo ' revela la dispar legislación para hombres y mujeres

  • Las organizadoras de la muestra repasan para EL COMERCIO las cuatro décadas de lucha por la igualdad de derechos y el fin de la tutela masculina

Cuando la última nació, la primera ya había regresado del exilio «por roja» y se había autoinculpado de adúltera. Luego lo haría de abortista. Sin ser ni lo uno ni lo otro. Igual que luchó por la Ley del Divorcio, sin que haya necesitado utilizarla nunca. Al contrario de muchos de los que la rechazaban. Distancian a María José Capellín y a Chelo Rodríguez Barreiro veinte años, los que median entre el nacimiento de una y otra, pero les unen cuarenta. Los que lleva en marcha el movimiento feminista gijonés. Conforman con Dulce Gallego y Chusa Casais parte del Forum de Política Feminista, el ente que ha organizado la exposición que recoge esa lucha. Se puede ver hasta fin de mes en el Antiguo Instituto.

María José Capellín Antropóloga

«Una mujer adúltera iba a la cárcel. El hombre, no»

En el colegio la castigaron por silbar en el autobús. «Las señoritas no hacen eso», le dijeron. En la Universidad, intentaron hacerlo por utilizar pantalón. «Era 1968 y las chicas teníamos prohibido usarlo. Afortunadamente, el rector decidió mirar para otro lado cuando todas nos presentamos con uno». María José Capellín (Gijón, 1950) enlaza una batalla tras otra en un discurso que repasa 40 años de feminismo en Gijón, «aunque feminista soy desde que nací».

En sus 66 años, esta antropóloga que ha sido el alma mater de la Escuela de Trabajo Social, hoy grado universitario, se tuvo que exiliar «por 'roja' a Suiza», se autoinculpó de adúltera «en 1976, porque querían meter seis años en la cárcel a una mujer. La ley castigaba a las mujeres, pero no al hombre. De hecho, el hombre, ya sea marido, hermano o padre, podía matarla a ella o al amante. Por 'honor'» y después se autoinculpó de haber abortado. «Porque, hasta 1985, abortar era delito. Salvo que el padre, marido o hermano lo decidieran». Logrados los derechos, «ahora hay que mantenerlos» y advierte de un peligro: «Las mujeres ya no tenemos un enemigo común: la falta de libertades». Y sin unión, no hay fuerza.

Dulce Gallego Trabajadora social

«Un 'rojo' no es sinónimo siempre de feminista»

A ella también la riñeron por usar pantalón. En 1968, con nueve años cumplidos, su expediente académico la llevó al instituto. «Mi abuela paterna me hizo uno azul para estrenar el primer día. Estaba feliz hasta que llegó el cura a clase. Él, que llevaba calcetines rosa, me abochornó por mi ropa». Dulce Gallego (Gijón, 1959) tuvo conciencia en ese momento de que «las niñas teníamos menos derechos». Sobre todo, cuando una profesora «me quitó dos puntos porque me había visto jugando en la calle con una pelota. Sin embargo, al niño que jugaba conmigo no le dijo nada».

Una dispar educación que llevaba pareja una dispar legislación. «Hubo que luchar por todo. A muchas jóvenes les puede resultar raro, pero es verdad que no podíamos llevar pantalones, que no podíamos tener propiedades, ni trabar sin consentimiento de un hombre». Unas aseveraciones respaldadas en leyes. hasta 1981 un hombre podía dar en adopción a sus hijos sin consentimiento de la esposa y madre. Una batalla en la que también participaron hombres, «aunque 'rojo' no es sinónimo de hombre feminista. Muchos han apoyado nuestras reivindicaciones, sí, pero también han hecho chistes. Y eso sigue ocurriendo». Unas reivindicaciones que, recuerda la exconcejala socialista de Igualdad, «les beneficiaban a ellos. Fue muy curioso lo que ocurrió con el divorcio. A principios de los 80, ya integrante de la Asociación Feminista de Asturias (AFA), le llevé a Carmen Veiga, en aquel momento concejala en el Ayuntamiento de Gijón, un papel para recoger firmas a favor de la Ley del Divorcio. Curiosamente, Carmen no se ha divorciado nunca y el único que no firmó, Francisco Álvarez-Cascos, ya lo ha hecho varias veces».

Chusa Casais Funcionaria

«En 1984 me autoinculpé de haber abortado»

A ella no le prohibieron usar pantalón, pero la obligaron a vestir mandilón rosa. «Mientras que a nuestros compañeros, nada». Y eso que Chusa Casais (Coruña, 1963) estudiaba en un colegio público de La Calzada. Un barrio al que llegó con cuatro años y en el que nació al feminismo. «En 1980, las de AFA vinieron al IES Padre Feijoo a dar una charla. Y ahí empezó todo». Con el respaldo de un profesor que es historia en ese centro educativo, Xosé Bolado, y de compañeros progresistas «con los que logramos tener delegada de curso», esta funcionaria se lanzó a la reivindicación directa. «En 1984 fui una de las que se autoinculpó de haber abortado».

Junto a otras mujeres grabaron un aborto y llegó a ser llamada al juzgado. Se cerró sin condena, pero sirvió para que, al año siguiente, España aprobara la ley que permite la interrupción del embarazo. También estuvo con las trabajadoras de IKE, que mantuvieron un encierro de cuatro años para salvar una fábrica sin lograrlo. «Luchábamos por la independencia laboral de las mujeres», una lucha que continúa hoy. «Acaban de nombrar a una jefa. En la carta de presentación nos dicen que está casada y con dos hijos. De los anteriores jefes no supimos nada de su vida privada».

Chelo Rodríguez Barreiro Profesora

«Ahora parecen inviables objetivos comunes»

Ella tenía que hacer la cama. Y su hermano no. Ella tenía que recoger la mesa, pero su hermano, no. «Había tareas de chicas y de chicos. Como en el colegio. En el recreo, nosotras jugábamos por un lado. Ellos, por otro. No se nos ocurría traspasar esos límites».

Chelo Rodríguez Barreiro (Alicante, 1969) es hoy profesora, de grado de Trabajo Social, y reconoce que a muchas jóvenes «le resulta ajeno esto que contamos. Que hace tan poco tiempo las españolas tenían menos derechos que los españoles». Tan ajeno les resulta a algunas que muchas rechazan el término feminista. «Siempre me ha descolocado la mujer que dice que no es feminista». El futuro le preocupa: «El feminismo se ha fragmentado mucho. Parecen inviables objetivos comunes». 'La lucha continúa', se subtitula la exposición.