El Comercio

«Gastaba 600 euros en dos horas»

Los asistentes a la reunión de Jugadores Anónimos en la sede de la calle Pedro Duro, 13.
Los asistentes a la reunión de Jugadores Anónimos en la sede de la calle Pedro Duro, 13. / PALOMA UCHA
  • Pocos acuden a tratarse ya que, según afirman desde Jugadores Anónimos, solo «decides dar el paso cuando ya lo has perdido todo»

  • La amplia oferta de apuestas 'online' hace que el ludópata sea cada vez más joven

Nueve jugadores compulsivos toman asiento alrededor de una mesa. Mientras unos preparan los libros del programa de recuperación, otros van a por pastas y refrescos, que reparten sobre la mesa. «Me llamo Sergio y soy jugador compulsivo. Ayer no he jugado, hoy no he jugado y mañana espero no hacerlo», enuncia uno de los habituales a las reuniones. Así, uno a uno se presenta, reconoce su condición e informa al resto de las novedades respecto a la última reunión. Desde el jueves pasado, nadie ha recaído. «El primer requisito para ser miembro de Jugadores Anónimos es el deseo de dejarlo. Venir aquí por obligación no tiene sentido, ya que la recaída es inevitable», relata un hombre, de unos cincuenta años de edad. El segundo, y casi tan importante como el primero, es trabajar día a día, ya que aunque resulte costoso «esta enfermedad es para toda la vida. No hay cura».

Hoy en día, además, la tentación está a la vuelta de cada esquina, con la publicidad y el juego online bombardeando los hogares a todas horas. «La televisión nos hace mucho daño. Fútbol, casinos... hay apuestas en todos los lados. Ofrecen bonos para que te enganches y después muchas personas ya no lo pueden controlar», relata Manuel, que lleva 14 años coordinando distintos grupos de Jugadores Anónimos en Gijón. Pese a que todos los presentes en la reunión acuden por problemas con las máquinas tragaperras, uno de los temidos 'juegos calientes', el póquer online y las apuestas deportivas están haciendo que el perfil del jugador compulsivo sea cada vez más joven. «No me imagino los problemas que habrá dentro de unos años con la masificación y normalización que se le está dando a este tipo de juegos. La gente no es consciente de lo peligroso que puede llegar a ser», afirma Manuel. Pese a ello, pocos jóvenes se acercan a las reuniones, una muestra de que «solo te decides a venir a por terapia cuando ya lo has perdido todo».

«Tuve cincuenta recaídas»

De momento, según estiman mientras conversan en la reunión, ahora hay mucha gente perdiendo dinero y teniendo problemas en casa, «pero simplemente tiran hacia delante sin querer ver la magnitud del problema».Todos coinciden a la hora de señalar el momento crítico en el que, por primera vez, se reconoce la propia enfermedad: el abandono familiar, el despilfarro del sueldo mensual en apenas unas horas o el robo a familiares para seguir jugando al día siguiente son algunos de los más frecuentes. Por ello, la experiencia común sobre la que giran las intervenciones habla de recaídas, de que aunque se lleve ocho años 'limpio' nunca se puede conceder un solo ápice de esperanza a pensar que ya se está curado.

«Tuve cincuenta recaídas antes de que un familiar me trajese aquí», afirma Felipe, que actúa como moderador leyendo uno de los doce pasos sobre los que gira la terapia del grupo. «Estuve sin jugar nueve años y, cuando ya creía que lo tenía superado, volví a ello. El día anterior de reincorporarme al grupo gasté 600 euros en apenas dos horas de tragaperras», recuerda. El dinero, por tanto, no llega a saciar del todo al jugador compulsivo, según relata. La única satisfacción se produce cuando ese dinero permite seguir apostando: «Yo al dinero no le daba importancia. Mi política era volver a casa todos los días sin un duro», explica un hombre de jersey verde, antes de añadir, «llegas por la noche y ya estás pensando en la forma de sacar dinero para volver al día siguiente».

«De mentir no te olvidas»

En casa las mentiras se vuelven rutina frente a los familiares, ante los que prefieren evitar dar explicaciones inventando historias cada vez más inverosímiles. «En estos años se me olvidaron muchas cosas. Pero mentir, nunca», reconoce. Durante la noche, según confiesa Felipe, «muchas veces te quedabas sin dormir pensando en que tienes que estar a primera hora de la mañana en la máquina, ya que de no ser así te iban a quitar el premio».

A través de la charla y de la experiencia mutua, «que nadie mejor que nosotros conoce», se pasa el taller con un único objetivo: no olvidar. Antes de abandonar la sala, la única mujer que asiste a la reunión pide silencio para recitar el particular mantra sobre el que día a día confían su capacidad de seguir adelante. «Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia». Mañana será otro día. Para el jugador, la lucha sigue.