El Comercio

Amores que superan a la muerte

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Clara Barredo adecenta el nicho de su marido en Deva.

  • Carmen Hernández lleva claveles rojos a su marido desde que murió, en 1938

  • Miles de gijoneses acudieron, un año más, a visitar y llevar flores a los seres queridos que descansan en los camposantos del concejo

1 de noviembre. Día de Todos los Santos. Como es costumbre, miles de gijoneses se dirigen, solos, en pareja o en familia, hacia los diferentes cementerios del concejo para visitar un año más a los seres queridos que en ellos descansan. Allí está ella. De riguroso luto y sentada con gesto afligido sobre una de las losas que, rebosantes de flores, sellan la fosa común del cementerio El Sucu de Ceares. Emocionada, Carmen Hernández le susurra palabras cariñosas a quien fue su único amor, como viene haciendo desde que se lo mataran, hace ya 79 largos años.

A sus 97 primaveras, a esta gijonesa afincada ahora en León, de donde era originario su marido, todavía se le ilumina el rostro cuando recuerda cómo ella y Abilio Álvarez se enamoraron siendo apenas «unos críos». Lo seguían siendo cuando se casaron, con diecisiete años ella y diecinueve él, y también cuando la Guerra Civil los separó para siempre, apenas un año después. El joven, camarero de profesión, fue fusilado un fatídico 28 de julio de 1938. «Me quedé sola con dieciocho años y una niña de pocos meses», lamenta Carmen, quien prefiere evitarse el dolor de hablar de cómo el conflicto que partió el país por la mitad se llevó por delante la vida que ella y Abilio habían planeado juntos.

Destrozada, Carmen fue incapaz de volver a casarse y tampoco abandonó el luto, pese al paso de los años. Ahora, reconoce, cada vez le cuesta más acudir a su cita en el camposanto gijonés, pues los achaques de la edad pasan factura. «Estos días de atrás estuve muy malina y temí no poder venir, pero reuní fuerzas para hacerlo. No puedo faltar, es lo que pido cada año, de cara al siguiente: poder venir una vez más a verle», explica. Desde hace unos años, es una de sus nietas quien le sirve de apoyo para seguir trayéndole a Abilio un ramo de rojos claveles en el día de Todos los Santos.

Miles de historias

Pero la de Carmen y Abilio no es la única historia que se esconde tras las lápidas y nichos de los cementerios gijoneses, pues cada nombre, cada inscripción, tiene la suya propia. Historias que cada 1 de noviembre vuelven a la vida, al menos en la mente de quienes dirigen sus pasos al lugar donde yacen los que algún día fueron padres, madres, maridos, esposas, hijos, hermanos o familiares y amigos más o menos cercanos. Para muchos la visita a la sepultura del ser querido es una cierta forma de consuelo, invita a la reflexión y al recuerdo de las vivencias compartidas. Es el caso de Clara Barredo, quien visita el nicho del cementerio municipal de Deva en el que descansa su marido, Enrique Manuel Álvarez, prácticamente todos los meses. «A veces hablo con él y otras simplemente recuerdo los buenos momentos que pasamos juntos», explica.

A unos pocos metros, las hermanas Rosa María y María José Pariente se afanan, sobre una escalera, en limpiar, adecentar y adornar con flores frescas el nicho en el que reposan, juntos, sus padres. Cuando terminan, con los ojos bañados por la emoción, pues todavía no hizo un año que perdieron a su madre, se despiden acariciando su nombre grabado en el mármol. «Venimos todo lo que podemos, pues el respeto por nuestros difuntos es algo que nos inculcaron ellos desde pequeñas», explican.

También en familia acuden cada 1 de noviembre a visitar a dos de sus tíos, en el camposanto de Deva, Rosario Núñez y Aníbal Baizán, éste último acompañado además por su esposa, Josefina Fernández. «No faltamos nunca, pues consideramos que es nuestro deber venir a ver a quienes nos hicieron bien en vida en agradecimiento por todo el cariño que nos dieron», apuntan. Mari Cruz, por su parte, afronta, arropada por varios amigos, el segundo día de Todos los Santos que pasa sin su marido, Herminio Rodríguez. «Vengo casi todas las semanas a verle y traerle flores, pues la pérdida es todavía muy reciente y, en cierto modo, me reconforta», reconoce a EL COMERCIO.

Tampoco faltan a la cita en El Sucu las hermanas Filomena y Amparo García. Andaluzas de nacimiento, se trasladaron a Gijón siendo todavía muy jóvenes y desde hace años visitan a su madre religiosamente. «Es una costumbre que se está perdiendo, pues los jóvenes llevan el luto de forma diferente», lamentan. Una pena compartida por Olga Espina, quien se esmera en colocar cuidadosamente los ramos de flores que adornan el árbol junto al que reposan las cenizas de su hija Luz María, en el bosque de las cenizas de Deva. «No podemos dejar que se pierdan estas costumbres tan nuestras», pide.