El Comercio

Un manantial de salud bajo Contrueces

Entre estas calles del barrio de Contrueces, se ubicaba un manantial al que acudían numerosas personas tras desvelarse sus propiedades saludables.
Entre estas calles del barrio de Contrueces, se ubicaba un manantial al que acudían numerosas personas tras desvelarse sus propiedades saludables. / DAMIÁN ARIENZA
  • A principios del siglo XX, las aguas de la llamada Fuente Milagrosa atrajeron a cientos de gijoneses por propiedades

  • El médico Antonio Cachero pasa a la historia por ser el primero en describir los beneficios de la bebida, en 1880

La confluencia de las calles Río Nalón y Río Sil, hoy parte de Contrueces, no es más que una vía de asfalto cercada por edificios. Pero en ese punto exacto, a finales del siglo XIX, de allí manó agua milagrosa. Al menos como milagrosas consumieron los gijoneses de la época las aguas del manantial situado bajo la finca de recreo de José Palacios.

El primero en comprobar las propiedades beneficiosas del agua de Palacios fue el médico de la familia, Antonio A. Cachero. Corría 1880, cuando el facultativo ingirió las aguas del pozo en el transcurso de una fiesta. Tras comprobar la presencia de bicarbonatos en un rudimentario análisis, el médico comenzó a recomendarlas entre sus pacientes.

La noticia de las aguas milagrosas se extendió en los siguientes años. «Fue tanta la concurrencia que diariamente visitaba el manantial, hubo días de contarse más de 800 personas, que la carretera que desde Gijón conduce a la finca parecía una romería por el ir y venir de gentes que provistas de vasijas o botellas acudían a la Fuente Milagrosa o la Fuente de la Higuera, que con ambos nombres la ha denominado el público», relata la memoria publicada en 1905 para promover el expediente de utilidad pública del manantial.

Enfermedades respiratorias, renales y digestivas son las dolencias que llegaron a curar las aguas, según testimonios de principios del siglo XX. «Los médicos me decían que mi enfermedad era neurastenia, catarro gástrico, dispepsia flatulenta y doy testimonio de que todo ello ha desaparecido», cuenta Francisco Muslera en una misiva dirigida a Palacios y fechada en Gijón a 18 octubre de 1905.

«Estaba enferma del estómago hasta el punto de no poder ingerir alimento alguno, viéndose precisada a contraerse al régimen exclusivamente lácteo», escribe desde Madrid Domingo Chinchilla acerca de su hermana. «Al cabo de ocho días de beber dichas aguas, empezó a sentir apetito y a comer de todo, incluso carnes», concluye.

También afecciones dermatológicas curó la Fuente. «Me brotaron por la cara y piernas unas postillas que según me decían era herpético. Comecé el pasado año a tomar el agua de su huerta y a lavarme con ella y pronto comencé a notar que se iban secando las postillas», detallaba Francisco Suárez en agosto de 1905. A la par que se confirmaron los beneficios para la salud, José Palacios descubrió la posibilidad de hacer negocio. El propietario de la finca embotelló el agua y pasó a venderla en las farmacias como 'Aguas Fuen- Palacios'.

Una fuente de negocio de la que también quiseron beber otros industriales del barrio. Es el caso de la Primitiva Indiana, fábrica de chocolate con acceso al mismo manantial. Sin embargo, no pudo desbancar a la de Fuen- Palacios, única milagrosa a vista de los usuarios.

Recuerdo que iba a por agua

A partir de 1930, la fama del manantial se diluyó con el fallecimiento de José Palacios y el peregrinaje a la finca en busca de la salud perdida se fue secando. Con la industrialización de los años 60, esta zona del barrio de Contrueces adquirió su actual estampa. Bloques de pisos y asfalto enterraron la memoria de la finca y sus aguas, de la que los vecinos guardan remotos recuerdos.

«Yo sé que iba gente a buscar agua a ese sitio», recuerda Manuel Moure sobre la finca Palacios. «Entré ya cuando estaba abierta, había una huerta y me mandaban a por agua a veces», rememora Conchita López sobre su niñez en esa zona de Contrueces. «Decían que era medicinal ese agua, me acuerdo yo», precisa Dulce María LLamazales.

Junto a la memoria de los vecinos se han desvanecido las demás fuentes que un día poblaron el barrio. Una de las últimas en servicio, la conocida como Fuente de Contrueces. «Ha quedado olvidada, de tener agua de una calidad francamente buena ha pasado a no potable», lamenta Fermín Suárez.

Solo el rumor del agua hace intuir que bajo la maleza se esconde una fuente. Como hace 80 años ocurriese con la Fuente Milagrosa, la de Contrueces también desaparece.